«Dios hace palanca con un churro»: la aventura vocacional de la Madre Olga María del Redentor
Vocación, providencia y redes en la fundadora de las Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús

La madre Olga María del Redentor es la fundadora de las Carmelias Samaritanas.
La Madre Olga María del Redentor , fundadora y priora de las Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús, se ha convertido en una de las voces jóvenes más llamativas de la vida consagrada en España. Su carisma une una fuerte vida contemplativa con una intensa acción samaritana, al servicio de los más heridos del cuerpo y del alma, desde la casa madre en Viana (Valladolid) y a través de una presencia muy viva en redes sociales y medios digitales.
En esta conversación, habla sin filtros de la vocación como una «sed de absoluto» que solo Jesús puede colmar, de la providencia que se deja ver con más claridad cuando se mira la propia historia con distancia y gratitud, y del uso de la tecnología como un instrumento potenteísimo que puede hacer mucho bien… o muchísimo daño. También se dirige de modo muy directo a los jóvenes que sienten una posible llamada a la vida consagrada, recordándoles que la vocación es un regalo que implica necesariamente la cruz, y explicando qué significa para ella «elevar la humanidad hacia el cielo» en una cultura marcada por el secularismo, el cansancio espiritual y el olvido práctico de Dios.
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-Yo describiría la vocación, ante todo, como una sed. Yo experimenté una sed profunda de amar y de ser amada casi desde que tengo uso de razón. Otra cosa es que esa sed tú la vas comprendiendo poco a poco conforme va pasando el tiempo: vas entendiendo qué es eso que te pasa por dentro, que al principio simplemente te sucede, acontece dentro de ti, pero no sabes lo que es, no sabes cómo explicarlo, ni cómo definirlo, ni qué nombre ponerle.
Poco a poco vas entendiendo esa sed, después de probar aquí y allá y buscar dónde saciarla, porque, evidentemente, cuando uno tiene sed busca beber. Pero no todas las aguas la calman; algunas incluso generan más sed. Después de buscar entendí que esa sed solamente podía ser saciada por Alguien, con mayúscula, que es Jesús. Fui probando y vi que mi corazón no se iba a conformar con nada que fuera menos que Él, y entonces poco a poco fui comprendiendo que esa sed de Jesús, esa sed de absoluto que solamente Él podía llenar, tiene un nombre: vocación, llamada.
Llamada a la consagración total, a la entrega total de mí misma. Después fui viendo que esa entrega total de mí misma el Señor me pedía que se canalizara a través de la vida religiosa, y ahí comienza ya una búsqueda más concreta: cómo, dónde, en qué orden, en qué congregación… Yo me vi muy identificada con esa pasión de amor absoluto por la cual santa Teresa luchó desde que tuvo uso de razón: una pasión de amor absoluto por Cristo. Entonces yo dije: «Yo quiero como ella».
Luego me enteré de que, para ser como ella y ser hija suya, había que ser carmelita descalza, que de entrada no fue un plan que me subyugara, pero era lo que el Señor quería. Así que fui caminando, encontrando, descubriendo. «Flipé» muchísimo con lo que descubrí, porque siempre la realidad supera todas las expectativas: lo que el Señor te puede dar es siempre una pasada.
En mi discernimiento vocacional, ¿qué significó el Sagrado Corazón de Jesús? Si te digo la verdad, en ese momento no mucho, porque para mí era simplemente Jesús: Jesús mi Maestro, Jesús el Señor. Todavía no había «pillado» –tardé bastantes años en comprenderlo– la hondura y el significado de que el hecho de que Jesús sea hombre implica que también tiene un corazón humano, con sensibilidad, afectos, deseos, ilusiones. Eso yo tardé mucho en entenderlo, ¿vale? Me costaron años. Entonces, propiamente en mi discernimiento vocacional, el Sagrado Corazón de Jesús como tal no tuvo mucho que ver.
-Uff… pues de manera constante. Puedo decir que siempre y continuamente he palpado esa Providencia de Dios, manifestada de diferentes maneras, porque Dios no se repite.
Siempre he tenido la seguridad de que Dios estaba conmigo, de que me cuidaba, de que me sostenía, de que guiaba mis pasos. Lo mismo a nivel personal –de mi propia vocación y de mi propia persona– que a nivel de la comunidad. Cuando pensamos en la providencia, no sé por qué, solemos pensar en medios materiales y en el dinero; a mí también me pasa a veces. Lo que intento es ir corrigiendo eso dentro de mi cabecita.
Es verdad que los medios materiales son una parte, pero yo he visto la providencia también en las personas que Dios ha ido poniendo en mi vida, en esas personas que me han llevado de la mano y me han enseñado a caminar. Porque a veces caminas tropezando, caminas mal, no caminas derecho, te haces daño en los pies porque no sabes caminar bien. Yo me he encontrado muchísimas personas que me han enseñado.
Pienso en mi vida y digo: cuántas gracias tengo que dar a Dios por mis padres, por las hermanas del colegio –sobre todo por sor Margarita–, por el padre Jacinto María, por el padre Luis María Mendizábal, por Ricardo Quintana, por supuesto, por la madre Pilar, por tantas y tantas personas que me han enseñado y me han ido ayudando en la vida. Personas. Después la providencia también ha puesto delante de mí libros, posibilidades de formación que me han dado una visión impresionante de muchas cosas y que me han llenado de alegría y de luz.
Entonces, ¿cómo experimento la providencia? De muchas maneras. Y sigo experimentándola. Lo que pasa es que, con el tema de la providencia, tenemos que tener en cuenta que necesitamos tomar distancia para entender cómo funciona.
En el momento en que tú estás viviendo una cosa, la estás viviendo, pero no la estás valorando. Ahora mismo, en este momento de mi vida, año 2026, la providencia me está cuidando, por supuesto; me está mostrando caminos y me está llevando de la mano. Pero en este momento yo voy viviendo el presente y no tienes mucho tiempo de reparar en la providencia que te está guiando ahora. Te quedas un poco perdida en esto que te toca vivir, pensando en cómo saltar este bache del camino, en cómo elegir en una bifurcación entre derecha, izquierda o de frente… y no te das cuenta de que hay Alguien que te está acompañando y guiando.
Después, cuando pasa un tiempo y tienes un poquito de perspectiva, dices: «Fíjate cuánto me ayudó esta persona en aquel momento del 2026, de qué manera el Señor me dio luz con este documental o con este libro». Para entender bien cómo nos cuida la providencia necesitamos la perspectiva del tiempo. En el mismo presente en que lo estamos viviendo, no solemos verlo; no suele ser fácil verlo.
-Yo lo veo genial: me parece una gran herramienta, me parece una pasada. Siempre teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, es solo una herramienta, un instrumento. Lo mismo que lo son un libro, cualquier publicación aunque no sea digital, un retiro, los Ejercicios espirituales de san Ignacio, un sacerdote que te guía, una película… Incluso una enfermedad, una guerra, una pandemia: todo eso son instrumentos que la providencia puede utilizar para el bien, porque todo concurre al bien de los que aman a Dios. Dios se sirve de todo.
No olvidemos que «Dios hace palanca con un churro», ¿vale? Entonces, si se sirve de todo, obviamente también se sirve de la tecnología. La tecnología es genial: nos permite difundir muy rápido y a bajo coste. Por ejemplo, imprimir un libro cuesta dinero; preparar un documental cuesta dinero y proyectarlo en una sala de cine cuesta dinero. Las redes permiten rapidez, agilidad, llegar muy lejos, que mucha gente acceda a los contenidos. Eso es muy bueno, pero también puede ser muy malo, porque hay gente que dice y hace verdaderas burradas en redes.
Entonces, ¿las redes son buenas o malas? Depende de cómo las uses. Tener una voz potente es maravilloso, depende de cómo la uses: si la usas para cantar, precioso; si la usas para pegar voces y atronarnos a todos, fatal.
Así ocurre con todos los instrumentos que están en el mundo: los cristianos tenemos la obligación moral de utilizarlos para el bien, pero sabemos que Satanás está ahí y nos va a tentar, nos va a empujar a utilizarlos para el mal. Por eso: cuidadín con las redes, pero al mismo tiempo, adelante con las redes. Yo lo veo así: no hay que tenerles miedo, pero hay que vivir, como en toda la vida cristiana, un discernimiento, poner a Jesucristo en el centro, pedir la ayuda del Espíritu Santo. No hay que trivializarlas: no son un juego. Son una herramienta que puede ser muy buena –repito–, pero también muy peligrosa.
Así que todo es bueno y para el bien si se quiere utilizar para el bien; y todo puede ser malísimo y para el mal si se quiere utilizar para el mal.
-Yo les diría, ante todo, que enhorabuena. Enhorabuena, porque la llamada a la vida religiosa es un regalo. Lo mismo a la vida religiosa que al sacerdocio, a la especial consagración en general. Independientemente del carisma concreto que cada uno reciba –porque hay diversidad de carismas, diversidad de almas y Dios tiene un misterio precioso de amor para cada uno, una «pedazo sorpresa» que lo flipas–: enhorabuena, enhorabuena, enhorabuena.
Se te ha dado la mejor parte, la que nunca te va a ser arrebatada. Cuídala, mímala. Cuando uno tiene un tesoro, lo cuida muchísimo, lo valora muchísimo y lo disfruta muchísimo. Pues tu vocación, cuídala, valóralo y disfrútala. La vocación no es un baldón que te ha caído encima y te hace decir: «Buah, qué marrón, lo que me faltaba, ahora va y me llama el Señor, qué agobio». No. Enhorabuena, porque –repito– es una pasada: la capacidad que tiene Dios para hacer feliz a una persona y para sorprenderla es infinita, como su propio corazón, como Él mismo, que es infinito.
Ahora bien, no te olvides nunca, tú que me estás escuchando, que sin cruz el invento no funciona. La cruz va a llegar, antes o después, por alguna vía; no sé cuál, porque cada vocación es un mundo, pero toda vocación necesita ser probada y debe ser probada. Sin cruz no se puede ser cristiano, por mucho que a veces nos quieran vender otra cosa. Nos lo dice san Pablo: no podemos vivir como enemigos de la cruz de Cristo.
En definitiva, mi palabra es: enhorabuena, enhorabuena, enhorabuena. ¡Guay, chapó, adelante, flipa, me encanta, te felicito de todo corazón! Eso, lo primero.
Lo segundo: ¿cómo se puede responder en este mundo cada vez más secularizado? Pues, siendo sinceros, igual que siempre: la respuesta es personal. Hoy, en el año 2026, igual que lo fue en 1900 o en 1100. Responder es responder, y solo tú puedes decir sí o no al Señor.
Si respondes con un sí, en ese sí ya viene implícito un regalo: estar con Jesús. Porque nos llamó para que estuviéramos con Él, independientemente de que te pida ser sacerdote secular, dominico, carmelita samaritana o hija de la caridad, yo qué sé. Da igual el carisma: la llamada es a estar con Él, a estar con Jesús. Estar con Jesús es lo máximo, es un premio. Estar con Jesús es el cielo.
En la eternidad, después de esta vida, nuestra llamada es estar con Jesús eternamente, estar con Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero claro, cada uno tiene su manera de enfocarlo, y yo pienso: «Voy a estar con Jesús para siempre». Y no solo «para siempre» en el tiempo, sino sin ningún límite, porque ahora, por mi pobreza, mi fragilidad, mi limitación humana, yo misma le pongo límites al Señor y no puedo disfrutar del «a tope» del todo, porque yo misma freno las cosas con mis pobrezas y mis miserias. Pero el cielo va a ser disfrutar a tope, sin freno: va a ser el «desenfreno a lo Dios».
Respondiendo a Jesús, ya empiezas a vivir ese Cielo. ¿Y cómo, en este momento y en esta situación difícil? Solo hay una manera —ahora y en cualquier época—: una voluntad que libremente diga: «Sí, yo quiero estar contigo, yo me fío de ti, yo voy contigo, yo me entrego».
¿Que va a haber tentaciones? Claro. ¿Que va a haber dificultades? Por supuesto. ¿Qué va a haber mil impedimentos para que digas que no o para que recortes tu sí? Por supuestísimo. Pero me gustaría matizar la pregunta: no es que sea más difícil responder en un mundo cada vez más secularizado; es que es difícil responder siempre, porque la lucha de Satanás contra Jesucristo dura hasta el fin de los tiempos. Satanás se adapta a los tiempos, a las circunstancias sociales, y se disfraza de lo que haya hoy —que no es lo mismo que había hace 100 años—, pero en el fondo el patrón es el mismo: que tú, libremente, digas sí y te mantengas firme en ese sí, caiga lo que caiga, pase lo que pase.
Yo ya he dicho sí, y eso no se negocia. Podemos negociar la manera, el lugar, alguna circunstancia… Yo no negociaría mucho, la verdad, pero bueno. Mi sí ya está dado y la palabra dada no se retira, y menos aún a Dios. Así que: adelante, caiga quien caiga, pase lo que pase, «si quiere hunda el mundo», dice santa Teresa. Pues eso: si quiere, hunda el mundo; yo digo sí.
-Esto enlaza un poco con la pregunta anterior. Elevar la humanidad hacia el Cielo es elevarla hacia la verdad, hacia su propósito. La humanidad no está aquí para patear el planeta Tierra, morirnos y pudrirnos. No. La humanidad no ha sido creada ni pensada por Dios para eso. La humanidad ha sido pensada por Dios para la felicidad, para vivir con Él, para disfrutar de su amor en una relación interpersonal con Él.
El Cielo es eso: estar con Dios sin límites de ningún tipo, ni de tiempo, ni de espacio, ni de intensidad. Sobre todo, sin los límites de nuestro pecado, que es lo que más nos limita, no a Dios, sino a nosotros a la hora de disfrutar de Él.
Entonces, elevar la humanidad hacia el Cielo es elevarla por encima de su miseria, de su desesperanza, de su pecado. Es reconocer el pecado, reconocer que está ahí, que es un freno más o menos potente en cada uno, y que eso me impide ser feliz porque me impide llegar a Dios. Por eso quiero luchar contra él. Mi lucha contra el pecado va a ser sin tregua.
Y luchar contra el pecado es elevarnos hacia el Cielo, porque cuanto más lucho contra el pecado y más me libero del pecado y de todos sus efectos sobre mí, más feliz soy, más libre soy, más hacia el Cielo voy, más participo ya desde ahora de la vida del Cielo.
Para mí, elevar la humanidad hacia el Cielo es liberarla del yugo y del dolor que el egoísmo y la autoreferencialidad nos causan. Eso es muy brutal hoy día –siempre lo ha sido–, pero hoy se disfraza de maneras muy sutiles. Elevar la humanidad hacia el Cielo es recordarle que estamos aquí de paso y que, en este paso, hay muchos obstáculos y zancadillas que quieren que nos quedemos aquí, arrastrados, mordiendo el polvo de la tierra, que se nos olvide mirar al cielo y mirar a Dios.
Elevarla hacia el Cielo es recordar que Jesús está vivo, que Jesús tiene corazón, que ese Corazón nos desea y nos espera, y que no podemos quedarnos arrastrados por el suelo mordiendo el polvo. Si nos hemos dado una torta y nos hemos comido el suelo –que suele pasar, nos ha pasado a todos y nos seguirá pasando mientras estemos aquí–, todas las veces que yo me caiga, muerda el polvo y me trague el suelo, me levanto, vuelvo a mirar a Jesús, que me está mirando sin parar, que no aparta sus ojos de mí ni un segundo. Le miro y le digo: «Otra vez. Te necesito. Ayúdame». Y Él te dice: «Ven a mí y yo te curo, ven a mí y yo te abrazo».
Las Carmelitas Samaritanas contribuimos a esto recordando precisamente eso: que el Corazón de Jesús está ahí, que los ojos de Jesús no se apartan de cada uno de nosotros ni un minuto, que cuando la estamos liando pequeña Él está todavía más atento para intentar que nos hagamos el menor daño posible y que, cuando ve que nos hemos dado «el tortón del siglo», sigue mirándonos, a ver si en ese momento, en medio del tortazo, levantamos los ojos para encontrarnos con los suyos, que es lo único que en esa oscuridad, ese dolor y ese porrazo nos puede aliviar.
Y nuestra misión como Carmelitas Samaritanas es recordar todo esto. En eso estamos; ahí vamos.