Trump, la fuerza y la paz
Una reflexión católica, de Ormuz a Ucrania e Irán, desde la paz desarmada de León XIV

El casco, las cifras y el Evangelio sobre la mesa: imagen de las decisiones entre guerra, intereses económicos y paz desarmada.
La escena parece sacada de un manual de geopolítica, pero se está escribiendo en tiempo real: guerra en Irán, estrecho de Ormuz bloqueado, el precio del petróleo disparado y la inflación acechando de nuevo a las familias europeas. Al mismo tiempo, la ayuda económica a una Ucrania devastada se ataca en Bruselas por vetos nacionales, mientras Washington impulsa una doctrina que mezcla promesas de evitar “grandes guerras” con operaciones militares contundentes en escenarios como Venezuela o Irán. En este tablero, Donald Trump defiende una estrategia de fuerza que se presenta como defensa de la seguridad y del crecimiento, y el papa León XIV responde reclamando una “paz desarmada” y denunciando la “diplomacia basada en la fuerza”. Para un católico, la pregunta no es solo quién tiene razón, sino cómo mirar todo esto desde el Evangelio, la Tradición y la Doctrina Social de la Iglesia.
El estrecho de Ormuz no es solo una coordenada en el mapa: es la garganta por la que respira buena parte de la economía mundial. Por allí pasa una porción decisiva del petróleo y del gas licuado; cuando se cierra o se amenaza con cerrarse, la primera víctima no es la gran empresa energética, sino el bolsillo del más débil: suben los combustibles, encarece el transporte, se disparan los costes de producción y termina creciendo el precio del carro de la compra. Los bancos centrales europeos advierten ya del riesgo de una nueva ola inflacionaria y de “pobreza energética” si el bloqueo se prolonga. Una coalición internacional para asegurar la navegación —como la que la UE y otros países anuncian bajo el paraguas de la ONU para el “día después” de la guerra— puede responder al deber de los Estados de proteger el bien común también en su dimensión económica. Pero la cuestión cristiana va más hondo: ¿se piensa esa coalición como instrumento de paz y de estabilidad para todos, o como jugada estratégica en la disputa entre potencias? La Doctrina Social recuerda que el bien común tiene siempre una dimensión universal y que los pueblos más pobres deben ser la medida de cualquier decisión; usar rutas y recursos como palanca de castigo masivo se aleja del destino universal de los bienes y de la opción preferencial por los pobres.
Entre anteayer y ayer (24-25 de marzo de 2026), la administración Trump ha presentado formalmente a Irán un plan de alto el fuego de quince puntos, distinto del paquete de veinte puntos que se manejó para Gaza en 2025. Ese documento, enviado a Teherán por mediación de Pakistán y hecho público ayer 25 de marzo, ofrece un mes de tregua como ventana de negociación a cambio de exigencias muy duras: fin práctico del programa nuclear militar iraní, fuertes limitaciones a la producción de misiles y reapertura plena del estrecho de Ormuz al tráfico internacional. Coincidiendo con la propuesta, Estados Unidos ha anunciado además el despliegue de miles de soldados de élite en el Golfo Pérsico como medida de presión y de seguridad. El gobierno iraní ha reconocido de forma indirecta haber recibido el plan, pero lo ha calificado de “excesivo” y niega que existan negociaciones directas bajo esas condiciones, mientras continúan los bombardeos. De momento, la paz se juega más en los papeles que en el terreno.
Mientras el foco se desplaza al Golfo, en el corazón de Europa continúa la guerra en Ucrania. Un pueblo que se defiende de una agresión injusta —algo que la tradición de la “guerra justa” reconoce como legítimo bajo condiciones muy estrictas— depende en gran parte de la ayuda exterior para sostenerse. El bloqueo de un gran paquete de apoyo económico por vetos y cálculos internos revela hasta qué punto la solidaridad se resquebraja cuando implica costes electorales o económicos. El Evangelio no deja margen de ambigüedad: el prójimo herido, sea ucraniano, iraní o de cualquier otra nación, no puede convertirse en instrumento de la táctica política.
Sobre este fondo se entiende mejor el choque entre la geoestrategia de Trump y el magisterio de León XIV. La tradición de la “guerra justa” nunca fue una licencia para hacer guerras, sino un freno muy serio: solo ante una agresión grave y cierta, tras agotar los caminos pacíficos, con esperanza razonable de éxito, proporcionalidad y recta intención. Hoy, con el poder destructivo de las armas modernas y la interdependencia global, esos requisitos se vuelven casi imposibles de cumplir de manera limpia; de ahí la “presunción en contra” de la guerra que subraya el Catecismo. León XIV ha asumido ese punto de partida y lo ha radicalizado en su lenguaje: la guerra nunca es santa, solo la paz es santa porque es querida por Dios; y la paz auténtica requiere “un desarme progresivo y verificable” y abandonar una “diplomacia basada en la fuerza”.
Frente a ello, el llamado “realismo” de Trump mezcla elementos legítimos —defensa de intereses nacionales, seguridad, combate al crimen organizado o al terrorismo— con otros claramente problemáticos: deseo de controlar recursos estratégicos, asegurar rutas como el Ártico o el golfo Pérsico y exhibir liderazgo mundial. La Doctrina Social advierte que usar la superioridad económica y militar para condicionar la soberanía de otros pueblos contradice la solidaridad entre naciones, el destino universal de los bienes y el respeto a los más débiles, que suelen pagar la factura de estas jugadas geopolíticas.
En esta guerra contra Irán, Benjamín Netanyahu no es un actor secundario. Diversas investigaciones señalan que fue decisivo para convencer a Trump de aprobar la operación, presentándola como un “momento crítico” para desmantelar el programa misilístico y nuclear iraní y reducir de forma duradera la amenaza sobre Israel. En sus mensajes recientes, Netanyahu habla de una contienda casi existencial, promete “seguir golpeando” a Irán y a Hezbollah incluso mientras Washington presume de contactos y posibles acuerdos, y defiende que las victorias militares deben “aprovecharse” para lograr objetivos políticos duraderos. Esta lectura de la guerra como vía de salvación nacional contrasta de lleno con la de León XIV, que ve en la violencia actual un “escándalo que va de mal en peor” y pide a quienes iniciaron el conflicto que se detengan y vuelvan al camino del derecho y del diálogo.
La guerra con Irán ha puesto al desnudo ese choque de lógicas. Tras un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel que ha destruido gran parte de la infraestructura militar iraní y causado miles de muertos, León XIV ha hablado de una “tragedia de proporciones atroces”, ha pedido que “cese el fuego” y ha suplicado que “el estruendo de las bombas se detenga para que se abra un espacio de diálogo y de ayuda humanitaria”. Trump, preguntado por ese llamamiento, ha respondido: “Podemos tener diálogo, pero no quiero hacer un alto el fuego. No haces un alto el fuego cuando literalmente estás arrasando al otro bando”, añadiendo que Irán “ya no tiene marina, ni fuerza aérea, ni defensas, ni nada”. No es una frase perdida en redes, sino una cita comprobable en vídeo, pronunciada en respuesta directa a la apelación del Papa.
Paradójicamente, el mismo presidente que rechazaba un alto el fuego mientras “arrasaba al otro bando” presume ahora de haber ofrecido a Irán un plan de tregua y de que existen “muy buenas conversaciones” en marcha, aunque Teherán pone en duda la realidad y el alcance de esas negociaciones. Esta oscilación entre amenazas de “obliterar” instalaciones energéticas y gestos de apertura diplomática ilustra bien hasta qué punto la lógica del poder, de la ventaja estratégica y también de los mercados pesa en la gestión de la guerra. En cambio, para León XIV la cuestión no es solo jurídica o estratégica, sino espiritual y socioeconómica. En sus mensajes ha recordado que “la agresión nunca traerá la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos esperan” y ha pedido que quienes toman decisiones “piensen en las madres iraníes, en las familias que huyen, en los niños que verán su futuro hipotecado por décadas”.
En sus últimas intervenciones, el Papa ha lamentado que la guerra en Irán va “a peor y peor”, ha hablado de más de un millón de desplazados y ha reiterado que la paz no puede conseguirse a base de armas, sino “por el diálogo y una solución que de verdad beneficie a todos”, renovando su llamamiento a un alto el fuego inmediato en todo Oriente Medio. La “factura de la paz” no se mide solo en barriles o puntos de PIB, sino en vidas concretas, en hogares destruidos y en nuevas capas de pobreza generadas por decisiones tomadas muy lejos de las víctimas. Por eso León XIV habla de una “paz desarmada y desarmante”: no una paz ingenua, sino una paz que exige renunciar a la lógica de maximizar ventajas cuando el otro está de rodillas, y apostar por el derecho, el desarme, la cooperación económica justa y la protección de los últimos.
En este contexto, un católico no puede contentarse con alinearse acríticamente con un bloque u otro, ni leer Ormuz, Ucrania o Irán solo en clave de “los nuestros contra los otros”. Tiene que preguntarse: ¿esta coalición marítima y estas sanciones contribuyen a desescalar el conflicto o lo alimentan? ¿Las decisiones sobre ayudas y bloqueos protegen a las víctimas o las usan como instrumento? ¿La seguridad que se invoca es seguridad para todos, empezando por los más débiles, o solo para quienes ya tienen poder? El Magisterio no diseña mapas de alianzas, pero ofrece criterios nítidos: primacía de la persona sobre los intereses, transparencia de fines, respeto al derecho internacional, prioridad de la paz justa sobre la victoria estratégica.
Desde los profetas que denunciaban el comercio injusto y la opresión del pobre hasta las encíclicas sociales recientes, hay un hilo común: Dios juzga la historia también por cómo se trata al pequeño, al extranjero, al pueblo aplastado por las decisiones de los poderosos. El bloqueo de Ormuz, la instrumentalización de la ayuda a Ucrania o la dureza de la doctrina Trump en Irán son, en este sentido, un “examen práctico” de hasta qué punto la comunidad internacional está dispuesta a poner la dignidad humana por encima del interés geopolítico. Para el creyente, la clave no está en encontrar el plan perfecto —que no existe— sino en dejarse purificar la mirada por el Evangelio: informarse con criterio, desenmascarar narrativas simplistas, rezar por la conversión de los responsables y apoyar aquellas iniciativas políticas que, aun siendo imperfectas, vayan en la dirección de la paz justa, de la protección de los inocentes y de un orden económico que no convierta el estrecho de Ormuz, Ucrania o Irán en armas contra los pobres.