Religión en Libertad

Liderazgo moral es dar más que recibir y hacer de cargos y responsabilidades un servicio a los demás

Raúl Mayoral Benito reivindica un liderazgo humilde y ejemplar para regenerar la democracia y la presencia pública de la fe.

Raúl Mayoral Benito, abogado y escritor.

Raúl Mayoral Benito, abogado y escritor.

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A propósito de su artículo «El liderazgo como misión moral» publicado en El Imparcial, Raúl Mayoral Benito, abogado, formador y miembro de la Asociación Católica de Propagandistas, sostiene que el verdadero liderazgo no es dominio ni exhibición de poder, sino una misión moral que se vive como servicio al bien común y a las personas concretas. 

Autor del ensayo "Pregón de combate para jóvenes de espíritu" y de la novela histórica "Perder para ganar. Una paz para un siglo", propone trasladar esa lógica de entrega y coherencia a la empresa, a la vida pública y a la comunidad cristiana, especialmente a través del liderazgo moral de los laicos.

Desde su experiencia en instituciones educativas, obras de caridad y proyectos de formación, insiste en que toda responsabilidad —en la empresa, en la vida pública o en la comunidad cristiana— solo se sostiene sobre la humildad, la coherencia de vida y la recuperación de los fundamentos morales de nuestras decisiones. Para él, el laicado católico está llamado a un liderazgo “de corazón a corazón”, alimentado por los sacramentos, la oración y la Doctrina Social de la Iglesia, y encarnado en modelos discretos pero valientes como san José de Arimatea, que se atrevió a dar la cara por Cristo cuando otros se escondían.

Además de su amplia trayectoria en instituciones educativas y en la formación de laicos, Raúl Mayoral Benito imparte el curso online "Liderar a corazón abierto" en la plataforma Aula Mucha Vida. En esta propuesta, presentada en el vídeo que precede a la entrevista, invita a redescubrir el liderazgo como una experiencia de servicio y de entrega, más que de poder o de éxito exterior. A partir de situaciones concretas de la vida familiar, profesional y eclesial, el curso ofrece claves prácticas para vivir cualquier responsabilidad —en la empresa, en la sociedad o en la Iglesia— como un auténtico servicio a las personas, desde un corazón formado por la fe y la Doctrina Social de la Iglesia.

-En “El liderazgo como misión moral” contrapone el liderazgo‑servicio al “líder‑superhombre” de la política y los medios. ¿Cómo se relaciona hoy el liderazgo moral con la crisis de confianza en las élites y qué papel pueden jugar la Iglesia y los laicos en recuperar esa confianza?

-El liderazgo, tal y como yo lo entiendo es servicio y humildad. Y la política también debiera ser una actividad presidida por la idea del servicio y, por supuesto, de la humildad. Sin embargo, lo que se muestra hoy no es ejemplo ni de servicio ni de humildad. Quizá sea esa una de las causas de la crisis de confianza que padece actualmente la relación ciudadanía-políticos, que es también una crisis de representación. Los laicos podríamos revertir esta situación devolviendo a la política la característica de ser una noble tarea al servicio del Bien Común, y no una actividad de rendimientos pingües en preeminencias personales o en frutos pecuniarios. Devolviendo, incluso, a la democracia sus fundamentos morales. Solo así se lograría recuperar la confianza en los políticos, ya que ejercerían un auténtico liderazgo moral al servicio de los ciudadanos.

-Tras su paso por el CEU y por instituciones de caridad y formación, ¿qué tensiones ve entre grandes estructuras y comunidades eclesiales, y cómo se ejerce un liderazgo moral sin caer ni en el tecnocratismo ni en el voluntarismo?

-Ambas lógicas tienen en común a la persona, al ser humano, que yerra y se equivoca, pero que también sabe hacer las cosas bien o, incluso, mejor. Y en ambas lógicas concurren, asimismo, las propias vicisitudes de la vida humana surcada por problemas y necesidades terrenales. Para quienes profesamos la fe católica, es esta fe la que nos permite gozar de la perspectiva de la ciudad de Dios, tener una visión espiritual sobre los aspectos materiales o mundanos de la ciudad de los hombres, y poder organizar nuestra vida de forma coherente sin caer en tentaciones de una u otra índole. En suma, una práctica sólida de las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, es lo único que nos puede mantener en ese liderazgo moral al que todos debiéramos aspirar. Porque aun en los asuntos más prosaicos y vulgares de nuestra vida debiéramos poner trascendencia de eternidad.

-En "Pregón de combate para jóvenes de espíritu" habla de un “combate” cultural y cristiano. ¿Cómo se traduce ese combate en un liderazgo moral realista y dialogante, presente en familia, escuela, parroquia y vida pública?

-Casi le he respondido ya en la anterior contestación con la referencia agustiniana a las dos ciudades. Como cristianos, tenemos dos deberes, el de conciencia y el de coherencia. Y un derecho: a la libertad. Pero ser libre conlleva ser responsable. Y como cristianos y, al mismo tiempo, ciudadanos de una nación, tenemos la responsabilidad de participar en la vida pública, de comprometernos en la tarea evangelizadora y de dialogar con aquellos que no piensan ni creen como nosotros. No debemos renunciar a la dimensión pública de la fe. Ni podemos ni debemos callar, sino anunciar. Y por supuesto, no podemos ni debemos caer en la tentación de la indiferencia. No es cristiana. Y a ella se llega por dos vías: el escepticismo, “nada debe hacerse”, y el pesimismo, “nada puede hacerse”. Hay mucho y bien por hacer y, especialmente, en los surcos culturales, en los cuales debemos trabajar previamente si se quiere obtener luego fruto en los predios políticos.

-¿Qué carencias percibe en cómo la Iglesia forma y acompaña al laicado para el liderazgo moral en la sociedad, y qué cambios prácticos considera más urgentes para fortalecerlo?

-No creo que deba decirle a la Iglesia, perita en humanidad, lo que debe hacer. Provengo de una realidad eclesial, la Asociación Católica de Propagandistas, fundada por el jesuita Padre Ayala. Y uno de sus lemas es “Servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida”. Es decir, servir a la Iglesia, no eligiendo nosotros por nuestro propio criterio la manera de servirla, sino como la Jerarquía diga que quiere ser servida. Lo que sí debemos hacer los laicos es practicar más los sacramentos, la oración y, por supuesto, formarnos, y disponemos para ello de un gran tesoro, la Doctrina Social de la Iglesia, que no es mera palabrería como algunos creen, sino un verdadero GPS en tiempos de confusión y desorientación como los actuales. El déficit de muchos católicos en vida sobrenatural y en formación es evidente y sería conveniente que profundizáramos más en nuestra instrucción en los principios del Evangelio y de la vida cristiana, así, por ejemplo, muchos podrían ponerse a cubierto ante la advertencia que nos han hecho los obispos sobre los riesgos del emotivismo en esta especie de efervescencia espiritual que predomina hoy.

-Si el liderazgo moral es “dar más que recibir”, ¿qué ejemplos o experiencias concretas propondría a un joven católico para aprender ese estilo de liderazgo en entornos competitivos y, a veces, hostiles a la fe?

-El liderazgo moral es dar más que recibir, es ponerse al servicio del grupo y no el grupo al servicio del líder. Es preocuparse por el grupo y no por uno mismo. Algunos albergan una idea del líder como una especie de superhombre, frío, calculador, y, en cierto modo, hasta autoritario y déspota, que no resulta ni siquiera amable con sus subordinados. Eso es un liderazgo de fuerza, de imposición, que es la negación del genuino liderazgo. Porque hay que liderar de corazón a corazón. Por cierto, imparto un curso sobre ello en la plataforma de formación online, Aula Mucha Vida. Ahí puede conocer qué es el liderazgo moral, lo que yo denomino liderar a corazón abierto. Este tipo de liderazgo es paradójico, como lo es la paradoja del cristiano, pues para enriquecerse debe desprenderse, para tener debe dar, para ganar ha de perder. Los jóvenes católicos deben conocer los muchos ejemplos de liderazgo moral que tenemos en la vida de los santos. Me llama mucho la atención el liderazgo de San José de Arimatea, que tuvo el coraje de atreverse a pedir a las autoridades romanas que le dejaran descender el cuerpo de Cristo de la cruz para darle sepultura cuando todos los apóstoles habían huido. Él era un seguidor casi anónimo que prefería no exponerse, quizá por miedo, pero tuvo un arranque de valentía. Un ejemplo de liderazgo moral. Compárese esa actitud decidida de San José de Arimatea con la del apóstol Simón Pedro, que negó tres veces a un Maestro Galileo antes de que cantara el gallo. Quien sería la roca sobre la que Cristo edificaría la Iglesia tuvo miedo y prefirió permanecer en la mentira rodeado de gente antes de quedarse solo en la verdad. Trasladado al mundo de hoy, sería un caso de sometimiento a la corrección política. El liderazgo moral es ejemplo y el ejemplo es influyente.

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