Religión en Libertad

Nuria Sáez: “La Cruz es brújula del hombre”

La autora rescata a la “Teóloga de la Cruz” para iluminar familias y consagrados.

Presentación en Toledo, mayo 2025: sor María José Pascual, D. Raúl Muelas, Mons. Cerro y Nuria Sáez Sánchez. (Foto cedida por la autora)

Presentación en Toledo, mayo 2025: sor María José Pascual, D. Raúl Muelas, Mons. Cerro y Nuria Sáez Sánchez. (Foto cedida por la autora)

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En "La Cruz, Árbol de vida, Árbol de ciencia" (Xerión, 2025), Nuria Sáez Sánchez da vida a Madre María Evangelista de San Juan, fundadora cisterciense del Monasterio de la Santa Cruz en Casarrubios del Monte y mística del Siglo de Oro ignorada hasta hoy. Presentada en mayo de 2025 por Mons. Francisco Cerro Chaves en Toledo, esta novela biográfica fusiona testimonios monásticos, estudios internacionales y los propios escritos de Evangelista —adaptados con sor María José Pascual, vicepostuladora de su beatificación—.

Sáez Sánchez, laica casada, revela cómo la cruz transforma humillaciones en gracias fecundas, desde la infancia en Cigales hasta los duros inicios como lega en Valladolid.

En exclusiva responde preguntas originales sobre su método novelístico, la unicidad vocacional, luz para catequesis familiar, el estilo obediente de sus revelaciones y un diálogo imaginado con León XIV, mostrando la cruz como “manjar de vida” para jóvenes, laicos y vida consagrada en la posmodernidad

Nuria Sáez Sánchez, autora de

Nuria Sáez Sánchez, autora de "La Cruz, Árbol de la Vida, Árbol de la Ciencia" (Xerión, 2025) (Foto cedida por la entrevistada)

-Nuria, tras "Cocinando el cielo", ¿qué nuevo “ingrediente” metodológico —como fuentes del monasterio o la ayuda de sor María José— hizo esta biografía tan accesible, y lo aplicaría a otras místicas olvidadas?

-"Cocinando el cielo" es una trama sencilla y entretenida, con alguna pincelada de misterio, en la que el lector, de la mano de la protagonista, se va adentrando paulatinamente en la vida monástica de la comunidad cisterciense de Casarrubios del Monte (Toledo) de mediados del siglo XX, justamente cuando el monasterio requiere de diversas obras de restauración, de tal forma que va conociendo grosso modo la herencia espiritual de madre María Evangelista.

Sin embargo, se hacía necesario poner de relieve la figura de esta desconocida mística del Siglo de Oro español y mostrarla como parte de la riqueza de la Iglesia que es. Con esta misión surge "La Cruz: árbol de la vida, árbol de la ciencia".

Se trata de una novela biográfica sobre madre María Evangelista, en la que se han recreado los escenarios y los diálogos que aparecen, siempre sustentados en los datos biográficos que se

tienen de ella, en los testimonios de sus hermanas de religión, que tan cuidadosamente han sido custodiados a lo largo de los siglos, en los estudios académicos que se han llevado a cabo, o bien —y esto queda patente especialmente en las conversaciones entre la cisterciense y sus confesores— a partir de sus escritos.

Toda la documentación que se conserva de aquella época referente a la vida de María Evangelista permanece en el Monasterio de la Santa Cruz de Casarrubios del Monte, que ella fundó en 1634. Sor María José Pascual, vicepostuladora para la causa de canonización de madre María Evangelista, está llevando a cabo un profundo análisis sobre los desvelamientos místicos de su fundadora; su plena dedicación a esta causa le ha proporcionado un vasto conocimiento sobre esta mística del siglo XVII. Gracias a su inestimable ayuda, se han podido adaptar los textos de la madre María Evangelista a la novela, lo que le confiere dinamismo a la lectura.

Portada de

Portada de "La Cruz, Árbol de la Vida, Árbol de la Ciencia" (Xerión, 2025)

-¿Ve paralelos entre las humillaciones de Madre Evangelista como lega y el “sufrimiento fecundo” de monjas actuales en España, y qué tres prácticas concretas sugeriría para su formación espiritual?

-Desde la mirada de una laica de a pie, como soy yo, puede parecer que la vida de todas las monjas pertenecientes a una misma comunidad es idéntica. En cambio, cada vida es única, cada persona es irrepetible, cada monja es plenamente amada por Dios de diferente manera.

María Evangelista fue amada de forma particularísima, pues vivió tan de cerca la presencia de la cruz que fue clavada con Cristo en ella. Y de aquí brota vida, y vida a raudales, como queda plasmado en sus desvelamientos místicos y en su propia existencia. Por eso es necesario mostrar el tesoro que supone esta monja cisterciense para la Iglesia.

En las primeras páginas de "La Cruz: árbol de la vida, árbol de la ciencia", podemos conocer cómo fue la infancia de María Quintero en Cigales (Valladolid), su pueblo natal; cómo doña Inés, su madre, adquiere un papel decisivo en la educación de María y en la transmisión de la fe, pues el padre de la pequeña fallece cuando esta apenas tiene dos años. Paulatinamente, el lector descubrirá cómo esa heredad religiosa recibida en el seno familiar se convierte en anhelo creciente por cantar eternamente las alabanzas del Señor como monja corista.

Posteriormente, la narración nos introduce en los duros inicios de la vida monástica de María en el Monasterio de san Joaquín y santa Ana, en Valladolid, pues toda la ilusión con la que realiza el viaje desde su pueblo a la capital y el indescriptible gozo que siente al posar sus pies en el que deseaba fuera su hogar para el resto de sus días se tornan dolor y tristeza al comprobar que la comunidad cenobítica de aquel monasterio la recibe como monja lega y no como corista, tal como era su deseo. Ya fuera por un malentendido entre el hermano sacerdote de María, quien tenía la obligación de acordar con la abadesa los términos del ingreso de su hermana en la comunidad, ya fuera porque las necesidades reales del monasterio así lo requerían, María Quintero Malfaz comienza su vida monástica recorriendo el viacrucis.

-¿Cómo cree que los escritos de Madre Evangelista podrían enriquecer la catequesis infantil (3-11 años), con ejemplos prácticos para colorear o dramatizar en parroquias?

-En mi primer contacto con María Evangelista, no pensé que la vida de una monja pudiera darme luz a mí, que soy una mujer casada. No obstante, conforme iba adentrándome en su obra a través de la lectura de muchos de sus diálogos místicos o mediante las enseñanzas de sor María José Pascual, la vicepostuladora, fui cayendo en la cuenta de que la vida de esta monja cisterciense —por extensión la vida monástica— es tan rica que puede iluminar a todo tipo de gentes: desde aquellos que tienen una profunda vida espiritual, a aquellas personas que se acercan con curiosidad a la vida religiosa o incluso a las familias.

De hecho, en alguna ocasión la he mencionado en mi grupo de catequesis a la hora de tratar el tema de la perseverancia en la confianza en Dios o cómo «obrar las obras de la Cruz» —como diría María Evangelista— es ofrecer la propia vida ordinaria, convirtiéndose uno así en partícipe en la vida redentora de Cristo y beneficiario de vida redimida.

¡Cuánto ganaríamos niños y mayores si entendiéramos que una monja no es alguien que está encerrado entre barrotes cual prisionero!, sino una mujer que ha hecho de su vida algo sagrado al ponerla al servicio de Dios, por la redención de las almas, entre las cuales estamos tú y yo.

Manuscrito de Madre Evangelista: Misericordias de Dios continuadas, del Monasterio de Casarrubios. (Foto cedida por la autora)

Manuscrito de Madre Evangelista: Misericordias de Dios continuadas, del Monasterio de Casarrubios. (Foto cedida por la autora)

-¿Qué nos dice del estilo obediente de Madre Evangelista —sin reflexiones propias, solo revelaciones divinas— y cómo dignifica Dios sus carencias, como muestra esa cita tan bella de 1628?

-Sin ser María Evangelista una mujer versada en grandes conocimientos teológicos, ni poseer altas dotes literarias, su obra es extensa y su pensamiento, muy rico. Emplea recursos, imágenes y símbolos sencillos para transmitir en cada momento exclusivamente lo que le dice y enseña Dios.

María Evangelista no escribe por iniciativa propia, es decir, no existe en ella la necesidad de transformar en palabra la gracia mística que penetra su corazón; no tiene, como sí podemos observar en otros místicos, esa sed de desnudar el alma para entonar la inefabilidad de su relación con Dios. Tampoco hay en ella intención alguna de dejar un legado magistral a sus hermanas de religión o a sus hijas de comunidad. María Evangelista escribe por obediencia amorosa a Dios, lo que queda bien claro a lo largo de toda su obra. Sus escritos están compuestos única y exclusivamente por las revelaciones que Dios le hace. Por lo tanto, no encontraremos en ellos ninguna reflexión propia, ningún pensamiento interior personal, ningún decálogo espiritual, ninguna composición poética mística, ni ninguna meditación personal. Es el mismo Dios quien quiere que quede constancia de tales revelaciones.

A este respecto, reproduzco a continuación parte de un texto de 1628 sobre el libro del Génesis, que me hizo esbozar una sonrisa cuando lo leí. En él se aprecia cómo Dios corrige amorosamente a María Evangelista cuando esta no se ajusta a su voluntad.

"Un día de estos me reprehendió nuestro Señor de que mi confesor y yo dispusimos que se dejara de escribir una cosa (…). Y dijo: ¿No te acuerdas que San Francisco quiso mudar algunas cosas de la Regla que yo le daba y oyó una voz que dijo: “A la letra, a la letra, a la letra”? Así te digo a ti y a tu confesor: poned todo lo que yo diere." 

Como he mencionado anteriormente, María Evangelista no es una mujer con estudios teológicos ni literarios. El solo hecho de escribir y su mala caligrafía le generan una aflicción que quedará expresa en no pocas ocasiones. En efecto, le llega a preguntar a Dios que qué interés tiene Él en dejar por escrito esos sus diálogos interiores si ya está todo dicho sobre Él. Y Dios le responde de este modo tan bello:

"Me importa para que vean los hombres lo que Yo hago con el alma que trata conmigo y el gusto que tengo en eso, que el apartarse el hombre de mi trato es apartarse de su medra; y queda como una caña seca y como una tierra sin agua, que no tiene virtud para producir nada. Con mi trato viene a estar en un paraíso a quien yo riego, que soy la fuente de vuestra vida, y siento agravio que los hombres desprecien este mi riego, y me hacen ofensa y disgusto que se priven del fruto de mi Cruz."

Dios se servirá precisamente de esas carencias o dificultades de María Evangelista para revelarse, y de ese modo las dignifica, porque serán instrumento para darse a los hombres como agua que riega nuestra alma.

-Si Madre Evangelista dialogara con León XIV, ¿qué le preguntaría sobre la cruz como “brújula antropológica” hoy, y cómo usaría su biografía en redes o podcasts católicos?

-Me puedo imaginar que un agustino y una cisterciense hablarían acerca de cómo mostrar al mundo entero la verdadera joya que es la vida consagrada, que bien se puede asemejar al corazón humano: oculto a los ojos, pareciendo inexistente y, sin embargo, en cada latido envía vida a cada rincón del cuerpo.

La esencia de la vida consagrada es la búsqueda de Dios en el interior de cada uno, el Dios que es uno y trino, inscrito en lo más profundo del ser. Madre María Evangelista trata siempre con el Dios Trinitario. A través de esas conversaciones espirituales, Dios va llevando de la mano a María Evangelista por la hondura de su misterio salvífico, de tal forma que en cada diálogo le desvela un matiz nuevo, un nuevo prisma desde el que contemplar y vivir la Cruz. Esta sumersión en el misterio redentor evidencia que la Cruz es una realidad que trasciende el tiempo, una verdad presente desde siempre («ab aeterno», desde toda la eternidad, como se puede leer en la revelación sobre el Génesis que tuvo el 2 de enero de 1628).

Dios le revela que toda la creación brota de la Cruz e igualmente toda ella está orientada hacia el madero, como así le irá mostrando al hacerle ver que la Cruz se prefigura en el relato de Adán y Eva, o en el de Caín y Abel, o en el arca de Noé, o en el de José cuando es vendido por sus hermanos.

Al final de esa misma revelación del 2 de enero, Dios le dice «… y así amé yo tanto al hombre, porque es semejante a la Cruz». La Cruz no es algo externo a María Evangelista, no es algo que le viene de fuera y ella integra resignada en su vida, sino que la Cruz debe ser concebida como algo constitutivo de cada hombre y mujer de cualquier época o raza.

Presumo que León XIV y madre María Evangelista (calificada con el sobrenombre de Teóloga de la Cruz de Cristo) tratarían de afrontar el gran reto que supone transmitir precisamente que la Cruz es verdadera brújula antropológica, que señala nuestro origen, nuestro destino y nuestro camino, con la singularidad de que los tres puntos son la misma cosa: el Amor; que la tridimensionalidad de la Cruz (filial, esponsal y procreadora o salvífica) es inherente al ser humano, hombre o mujer, consagrado o laico, soltero o casado, padre y madre de familia.

Qué diferente viviría la juventud de hoy en día, tan dañada afectivamente por la ausencia de referentes morales auténticos, si tuviera la conciencia de que son hijos eternamente amados.

O qué diferente sería la existencia para aquellos que disfrazan con comodidades su solitaria vida si descubrieran el gozo de entregarse cada mañana y supieran lo fecunda que resulta esa donación.

Sin duda alguna, el gran desafío que tendrían que afrontar nuestro papa y esta monja cisterciense que hemos presentado, en un supuesto encuentro, sería cómo trasladar que «la cruz, en cuanto se vive, siempre es manjar de vida al hombre», en palabras de María Evangelista.

Monasterio de la Santa Cruz en Casarrubios del Monte (Toledo), fundado por Madre Evangelista en 1634. (Foto cedida por la autora)

Monasterio de la Santa Cruz en Casarrubios del Monte (Toledo), fundado por Madre Evangelista en 1634. (Foto cedida por la autora)

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