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Luis Meseguer Mira: "La música sacra nos enseña a escuchar el lenguaje de lo Otro"

Fundador de "Transfiguración" y compositor formado en St Andrews, defiende la hibridación del gregoriano y lo contemporáneo como vía de renovación litúrgica.  

Luis Meseguer Mira, compositor de música sacra formado en St. Andrews y fundador de "Transfiguración" (Foto: Santi G. Barrios)

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Luis Meseguer Mira (1995) es compositor, director de coro, organista y periodista cultural. Posee un máster en Música Sacra por la Universidad de St Andrews, donde recibió la prestigiosa Principal's Medal, y es graduado en Composición por la ESMUC de Barcelona. Fundador y director de la revista "Transfiguración", un referente en arte sacro contemporáneo con colaboradores como Antonio López o Niño de Elche, su obra ha sido interpretada en espacios emblemáticos como la Sagrada Familia o el Monasterio de Montserrat.

En esta entrevista, Meseguer comparte cómo su formación en el Reino Unido fomentó tanto la investigación profunda como la realización de proyectos prácticos, desde dirigir la St James’ Schola Cantorum hasta componer para ensembles. Critica las tendencias pasajeras en la música sacra y aboga por un "diálogo" con la tradición gregoriana para crear lenguajes universales y auténticos.

También reflexiona sobre "Angelus", su obra interdisciplinar creada junto al escultor Javier Viver y presentada en L’Auditori de Barcelona, y subraya la necesidad de profesionalizar la música litúrgica en España. Propone invertir en formación, comisiones diocesanas y coros para potenciar la música sacra en las parroquias.

-Su formación en la Universidad de St. Andrews, con su sólida tradición en estudios teológicos y musicológicos, ha debido marcar profundamente su visión artística. ¿De qué modo considera usted que la experiencia académica británica —en los planos intelectual y espiritual— ha configurado su aproximación a la música sacra contemporánea?​

-Hay dos aspectos que me han llamado la atención del plan formativo de St. Andrews. Por una parte, hay pocas asignaturas y pocas horas de clase, pero muchísimas lecturas. Con ello, se incentiva la investigación y el trabajo personal. En clase no da tiempo a que el profesor divague para “rellenar tiempo”, sino que lo dedicamos a comentar lo que hemos leído durante la semana. Creo que es la mejor forma de fomentar la capacidad reflexiva y el espíritu crítico del alumno.

»Por otro lado, hay cantidad de iniciativas musicales que surgen durante el curso, la mayoría en el ámbito sacro, y es una gozada poner en práctica todo lo aprendido. He podido dirigir varios coros, como el Renaissance Singers, St James’ Schola Cantorum; y también componer para coros, órgano y diferentes ensembles musicales. En solo un año he estado inmerso en cantidad de proyectos musicales, lo que revela un tejido sano y profesional que permite la creatividad.

-En su obra se percibe una búsqueda coherente entre las sonoridades de la liturgia antigua —gregoriana y medieval— y los lenguajes compositivos contemporáneos. ¿Cómo concibe usted esta hibridación estética como vía de renovación para la música sacra del siglo XXI, sin perder su dimensión teológica y contemplativa?​

-Crear música sacra sin tener en cuenta la tradición es una tentación que conduce a la moda efímera.

»Sería música que solo apela a la generación en la que se crea. Investigar sobre formas anteriores amplía nuestra perspectiva, haciendo aparecer elementos que son universales en el lenguaje de lo sagrado y, por lo tanto, más genuinos.

»Cuando uno nace, balbucea ruidos hasta que aprende un lenguaje que ya existía antes de su nacimiento. Lo mismo ocurre en la música sacra: el lenguaje que usamos varía, evoluciona, pero sobre todo existía antes que nosotros. Gran parte del aprendizaje es moldear nuestra escucha para saber entenderla, y así poder entrar en ese diálogo.

-Ha trabajado con creadores de distintas disciplinas —escultura, pintura, poesía, teatro— explorando el potencial simbólico de la música en diálogo con las artes visuales y escénicas. ¿Qué aprendizajes le ha ofrecido esta interacción interdisciplinar y cómo cree que contribuye a ampliar la experiencia espiritual del espectador y del oyente?​​

-Es muy bonito poder crear conjuntamente con artistas de otras disciplinas. Cada intervención, si está bien hecha, no pisa a la otra, sino que se complementa. Estoy pensando, por ejemplo, en mi pieza Angelus, que se estrenó en L’Auditori de Barcelona. Allí trajimos la imagen de Santa María de la Paz de Javier Viver, a tamaño natural, sentada en el escenario como un músico más. De repente, la obra musical tenía otra dimensión; la atención ya no se ponía tanto en la composición, sino en la interpretación, en lo que ocurría en el escenario. Este tipo de cosas las consigue la unión de las artes.

-Con frecuencia se describe su música como un espacio de mediación entre lo visible y lo invisible, lo temporal y lo eterno. Desde su perspectiva, ¿qué papel puede desempeñar hoy la música sacra como catalizadora de la experiencia de lo trascendente en el ser humano contemporáneo, inmerso en una cultura de inmediatez y ruido?​​

-La música sacra debe ofrecer esos puntos de referencia que necesitamos en nuestra sociedad inestable. El ruido está más presente que nunca. No hablo de los motores del coche, sino del ruido como sonido sin verdadero sentido: anuncios, stories, opinar por opinar. Hipertrofia de la autoexpresión. Si la música sacra es genuina, nos abre a la escucha verdadera, al encuentro con Aquel que es más grande que nosotros.

-Usted insiste en la importancia de la escucha atenta como acto espiritual. ¿Cómo puede la música —y, en particular, la música sacra— educar la sensibilidad del oyente hacia una escucha más profunda, capaz de abrirse al silencio, a la contemplación y a la reflexión interior?​​

-La música sacra requiere paciencia, tiene sus propios tiempos, y nos amoldamos a ella. La sutilidad en sus modos, ritmos y melodías propone una forma de escucha que sea capaz de captar esas sutilidades. La Iglesia reconoce en el canto gregoriano su modelo de música sacra: las melodías no son temazos para “consumir”, sino gestos sobre los que meditar; los ritmos no son fórmulas repetitivas donde se enjaulan acordes previsibles, sino que “flotan” y pierden la gravedad; no se rige por las tensiones y resoluciones de la tonalidad, sino por fórmulas más libres de la modalidad.

»En ese sentido, la música sacra es pedagógica. Nos saca de lo que estamos acostumbrados y nos enseña a escuchar de otra forma. Nos abre al lenguaje de lo Otro, de lo ordinario a lo extraordinario.

-La revista "Transfiguración", que usted fundó y dirige, se ha consolidado como un espacio singular para el pensamiento y la creación artística desde la fe. ¿Cuál fue el impulso inicial que le llevó a poner en marcha este proyecto y qué papel aspira usted a desempeñar en la articulación de un nuevo diálogo entre arte, teología y sensibilidad contemporánea?​

-Transfiguración nació como una iniciativa entre artistas que asistimos al Observatorio de lo Invisible, el curso de verano que organiza la Fundación Vía del Arte. Veíamos que existían revistas de arte contemporáneo, y revistas de arte sacro, pero no de las dos a la vez. También queríamos hacer una revista que se pudiera tocar, con papeles de diferentes texturas, tamaños y gramajes. Así, cada año hemos ido editando ediciones muy cuidadas, dando a conocer obras contemporáneas en relación con lo sagrado. Animo al lector a echar un vistazo en transfiguracion.org para ver la calidad de los artistas que han colaborado en ella: Niño de Elche, Antonio López, Paula Anta…

-Teniendo en cuenta los retos actuales de la cultura litúrgica y musical, ¿qué horizontes vislumbra usted para la música sacra en España y a nivel internacional?

-En música sacra, España tiene un talento descomunal y un patrimonio mundialmente envidiable, pero se invierte muy poco en hacer que suene.

»Estoy hablando de la profesionalización. ¿Cuánto se paga desde las parroquias a los músicos, si es que se paga? ¿Qué tipo de educación musical se requiere a los músicos de parroquia, si es que se requiere? ¿Cuánto se invierte en creación de repertorio y en su difusión? ¿Cuántos encuentros corales se hacen a nivel estatal? ¿Cuántos cursos de música sacra se imparten en centros educativos superiores?

»Hablemos de Hakuna, por ejemplo. Al margen de mis reservas respecto a su estética musical en la liturgia, creo que son un buen ejemplo de iniciativa e inversión. Invierten en instrumentos, en equipos de sonido, en eventos, reclutan buenos talentos instrumentales y vocales, venden entradas para hacerlo sostenible, tienen estrategia de difusión en redes y plataformas de streaming. ¿Qué ocurriría si cada diócesis demostrara el mismo empeño?

»Por otro lado, en el mundo secular, hay hambre de la belleza de lo sagrado. Se programan muchos conciertos de música sacra al año: las Pasiones de Bach, el Mesías de Händel, el Requiem de Mozart... Esa música se compuso porque alguien les pagaba para hacerlo.

»Si seguimos sin profesionalizar la música en las iglesias, nos conformaremos con “quedar diez minutos antes de misa para ver qué tocamos”. Cantaremos la música que “la gente sepa”, es decir, canciones aprendidas en los años 70, y evitando que aprendan nuevas porque falta gente para enseñar, o falta tiempo para aprender. O cantaremos lo que las nuevas generaciones escuchan en Spotify, sin preguntarnos si la letra es litúrgica, o si la música es trascendente o no; porque faltarán especialistas para establecer un criterio. Desde luego, no se cantará nada que suponga un esfuerzo, como cantar a varias voces, aprender a leer partituras, o compuesto en un lenguaje musical distinto al que estamos acostumbrados.

»¿Cómo se puede revertir esta situación? Cambiando la cultura de cada comunidad. Primero, lo más evidente: profesionalizando a los músicos. Si no se puede pagar, o muy poco, ¿se puede llegar a un convenio de prácticas con conservatorios o escuelas de música? ¿Se puede financiar con conciertos benéficos, haciendo ver a la comunidad que es un tema importante? Lo segundo, impartir formación musical dentro de las parroquias. Profesores de canto básico, con conocimiento de repertorio litúrgico, que enseñen a vocalizar y a leer partituras. Se podría ver si lo financia la parroquia, o los alumnos, o a medias entre los dos.

»Desde los obispados, si no hay una comisión encargada de música sacra, debería crearse con músicos expertos, tal como mandó el Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium 44,46; Musicam Sacram, 68). Si la hay, se debería establecer un plan efectivo para asegurar estos dos aspectos mencionados: profesionalización y formación musical en las parroquias. Un ejemplo. No hace mucho, en la diócesis católica de Leeds (Reino Unido) nació un programa de enseñanza musical en colegios católicos que ha ayudado a nutrir de coros infantiles a la catedral. Ha tenido tanto éxito que se ha convertido en el National Schools Singing Programme, presente en muchísimas diócesis católicas, llegando a miles de niños. Las catedrales tienen escolanías de niños que cantan en vísperas y misas ¡diarias! con una calidad extraordinaria. Hace falta aquí una medida similar, proporcional a nuestras posibilidades, pero ambiciosa.

»De todas formas, Iglesia somos todos, no solo los obispos. Sin quitarles su parte de responsabilidad, nosotros también tenemos la nuestra. Se trata de sentarse y ver con el párroco cómo mejorar la música litúrgica en nuestra comunidad concreta.

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