¿La Iglesia promueve la pobreza? Tres acepciones para aclararlo
Hace poco leí en redes sociales una serie de comentarios críticos afirmando que la Iglesia promueve la pobreza como si se tratara de algo bueno o deseable. Para sustentar su postura, apelaban al estilo de vida de san Francisco de Asís, al de la madre Teresa de Calcuta y a lo incomprensible que les resulta el voto de pobreza de los religiosos. Al ver aquella distorsión, que nada tiene que ver ni con Francisco ni con la madre Teresa, me quedé pensando que ciertamente muchos interpretan el tema de la pobreza sin comprender muy bien a qué se refiere la Iglesia y, por esta razón, decidí escribir este ensayo con el objetivo de aclarar las cosas.
Por supuesto que la Iglesia busca la calidad de vida de las personas y de las sociedades en su conjunto, pero hemos de reconocer que a los católicos nos ha faltado explicarlo al establecer distinciones o matices. Para mí, la solución está en utilizar las acepciones de la palabra «pobreza». Ahora bien, ¿qué es una acepción? Nos dice el Diccionario de la Lengua Española que se refiere a «cada uno de los significados de una palabra según los contextos en que aparece». Aplicado al tema que nos ocupa, podemos sacar como primera conclusión que la palabra pobreza varía según se trate de alguno de los siguientes temas o áreas de la fe: vida religiosa (votos), espiritualidad para laicos (ser propietarios, pero sin apegos) o campo socioeconómico (falta de recursos o medios materiales). O sea que, dependiendo de dónde te sitúes, podrás visualizar un significado u otro.
La pobreza, desde la vida religiosa, es deseable, no como tortura o carencia de servicios básicos, sino en el sentido de que lo que se tiene proviene del esfuerzo de la comunidad y no de la construcción de un patrimonio propio, así como de compartir algo de la suerte de quienes sufren, a modo de empatía y capacidad de respuesta. La congregación tiene la propiedad y sus miembros la posesión. En ello está la diferencia. Ahora bien, en lo que respecta a los laicos, no se les pide voto de pobreza, pues se entiende que su vida tiene una dinámica distinta, pero se les propone vivir con desprendimiento. O sea, tener sin que ese «tengo» se vuelva una obsesión por el dinero. Cuando, por el contrario, hablamos de la pobreza en el contexto socioeconómico, es decir, al referirnos a la exclusión social, la Iglesia se sitúa en contra de esa situación, abogando y trabajando por mejorar las condiciones de vida. Es decir, la fe católica, en los primeros dos casos, entiende la pobreza de un modo muy distinto al del tercero, aun cuando se trata de la misma palabra. Lo que varía es la acepción. Por lo tanto, no busca la pobreza como carencia. Es más, llama a la acción para erradicarla. Lo que, en cambio, promueve es la confianza en Dios y el saber gestionar las cosas sin absolutizarlas. En otras palabras, la Iglesia se opone a la pobreza en la acepción socioeconómica. Tan es así que siempre ha buscado crear instituciones que mejoren la calidad de vida de las personas.
Entonces, tomando en cuenta que una comunidad religiosa tiene voto de pobreza, ¿debe cerrar sus grandes instituciones consolidadas y céntricas? La respuesta es que no, pues una cosa son los bienes de la obra y otra los de la casa o comunidad. En realidad, un colegio que reporta altos ingresos permite sostener otros que se encuentran en zonas de marginación, de modo que no sería lógico cerrar una fuente de activos que, además de educar y sensibilizar a sectores que ejercen cierto liderazgo, genera oportunidades en ambientes marcados por la falta de medios materiales.
En conclusión, ¿la Iglesia está en contra o a favor de la pobreza? Depende de la acepción. Si hablamos de personas que no tienen acceso a una vivienda digna, la Iglesia estará claramente en contra de esas condiciones inhumanas; pero, si nos referimos al desprendimiento y a la confianza en Dios que todo católico debe poner en práctica, estamos hablando de algo distinto y que tiene un efecto positivo. Por lo tanto, comprendamos que la pobreza tiene diversos aspectos y que la Iglesia no busca ni pretende que renunciemos a lo que honradamente hemos construido, sino que seamos corresponsables y busquemos el bien común.