Del sentimiento a la espiritualidad enraizada
Algo está cambiando, y para bien. La gente joven se está replanteando la fe que generaciones anteriores pensaron que estaba de sobra. Hoy, ante una sociedad que no logró cumplir sus promesas de un mundo feliz y completo sin Dios, surgen nuevas búsquedas. Jóvenes que, por ejemplo, hablan de haber descubierto los ejercicios de san Ignacio de Loyola o que aprovechan algún rato libre de su trabajo para ir a una capilla cercana y tener un momento con el Santísimo. Es cierto: esto todavía no se traduce en un aumento considerable en el número de seminaristas o de matrimonios por la Iglesia; pero es comprensible que lleve su tiempo, considerando que provienen de contextos secularizados.
Lo importante, lo que no debe faltar, es que encuentren a las personas adecuadas para que su despertar no se quede en un sentimentalismo ocasional —tipo “lloré en las misiones”, “siento bonito en la oración”, “me tomo una selfie en la capilla”, “hablo en un lenguaje rebuscadamente piadoso”, etcétera—, sino que los conduzca hacia una espiritualidad sólida, como puede ser la dominica, franciscana, jesuítica, teresiana, escolapia, salesiana, de la Cruz, etc. ¿Cómo llevarlos del puerto del sentimentalismo al de una fe madura? El acompañamiento —antes llamado dirección espiritual— sigue siendo la clave, junto con espacios atractivos de formación en los que no se les infantilice con dinámicas de integración sin ton ni son.
En México veo cada domingo que más gente llena las iglesias y, aunque en Europa la realidad demográfica es totalmente distinta, en una visita reciente a España también noté más presencia de jóvenes en las celebraciones. No como para lanzar las campanas al vuelo, pero algo nuevo va naciendo. Y no es falso optimismo, sino una posibilidad que, de no acompañarse, quedará en algo “guay”, incluso “exótico”, pero carente de sustancia.
¿Qué opinar de espacios como Hakuna? Sin duda, estoy a favor, en el sentido de que están ayudando a despertar conciencias y a replantear la fe en lo concreto de la vida. Pero debemos ocuparnos del “día después del concierto”. Si lo hacemos, estaremos acompañando verdaderamente bajo la premisa —muy de Jesús— de la libertad responsable. No basta con ir a la JMJ; importa lo que sucede después, cuando la efervescencia se termina y toca entrar en la normalidad del día a día. Dicho de otra manera, que no sea —como se dice en México— una “llamarada de petate”, sino algo más profundo, más arraigado. Esto supone ayudarles a vivir una espiritualidad sólida, tan sólida que no confundan “universo” con “Dios”, “oración” con “energía”, “activismo” con “apostolado” ni “comunicación” con “exhibicionismo religioso de talante superficial”.
Entonces, ¿qué toca? Ocuparnos del día después, estar disponibles. Propongo tres ideas:
1. Retomar nuestros espacios, como colegios y universidades, a fin de que sean puntos de contacto con la realidad de la Iglesia.
2. Ofrecer en las parroquias espacios de escucha, capacitando a personas con el perfil adecuado.
3. Cuidar el equilibrio entre oración, calidad de las celebraciones litúrgicas y apostolados concretos de índole social: fe y obras, para que realmente pasen del sentimentalismo a una espiritualidad sólida y crítica, en el buen sentido.
Estamos en un momento importante para construir la cultura vocacional, para mostrar que la fe no es algo aparte, sino que puede resignificar todas las áreas de la vida y ser una respuesta contundente ante las heridas. Es tiempo de acompañar el “día después”, cuando la euforia del retiro o de las emociones se apaga y, entonces, llegan las preguntas, los silencios positivos, los procesos de conversión, etc. Así como Teresa de Jesús supo comprender las inquietudes del joven Juan de la Cruz, que estaba a punto de tirar por la borda su vocación carmelita, abramos espacio a las preguntas e intuiciones de las nuevas generaciones y, con una pedagogía enraizada, ayudémosles a ser católicos comprometidos.