Llamados a la santidad (Palabras sobre la santidad - XXX)
La santidad es la consecuencia primera y última del propio bautismo, que a todos incluye, a nadie rechaza, a todo bautizado convoca. Ser santos es el desarrollo pleno de la gracia sacramental del bautismo, accesible a todos, en la medida en que se responda personalmente a Cristo y se deje a su gracia trabajar la propia alma.
¿Entonces la santidad no es para unos pocos? ¿Acaso no está reservada para unos "genios"? ¿No era un privilegio de los consagrados? Simplemente no: la santidad es una vocación que incluye y anima a todos los cristianos por haber sido hechos miembros de Cristo.
Para esa santidad, y con esa capacidad de ser santos, fue creado el corazón humano muy grande, "capaz de Dios", y es la santidad la que responde al deseo verdadero que palpita en lo interior.
Todo cristiano está llamado a la santidad para responder a esa vocación recibida en el Bautismo. La santidad objetiva de la Iglesia (la Iglesia es santa) se va a ir plasmando en esa otra santidad subjetiva, referida al sujeto, a la persona, que ha recibido el Bautismo y ha sido sellado con el Espíritu Santo para participar de la santidad de Dios.
Redescubrir el bautismo, su fuerza, su dinamismo sacramental, se presenta como tarea pastoral y espiritual a fin de encontrar la imperiosa vocación a la santidad de todos, superando la tibieza o la mediocridad en la vida cristiana, contentándose con una "ética de mínimos", unos mínimos compromisos y deberes. Hay que volar más alto: la santidad es el horizonte.
Pero recordemos, sencillamente, que el camino de la santidad, vocación universal para todos, no está lejos ni es difícil de realizar, buscando o soñando cosas extraordinarias, elementos lejanos a nuestra realidad, circunstancias distintas a las que nos rodean. La santidad se realiza en lo ordinario de la vida: