Religión en Libertad

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Una de esas frases luminosas del escritor León Bloy, casi una sentencia en su fórmula, nos ofrece pie para una catequesis o más bien una breve reflexión hoy.

En una carta al matrimonio Maritain (Jacques y Raïsa), ofrece una perspectiva luminosa... que en definitiva atañe a la Comunión de los santos.

Ni somos mónadas aisladas en un mundo de sustancias, ni seres independientes. Lo que hacemos de bueno y de malo repercute en los demás por una misteriosa solidaridad entre los miembros del Cuerpo de Cristo. Todo lo nuestro puede ser ofrecido para que Dios tome lo que le plazca y lo aplique a un alma concreta; incluso pedir nosotros que aplique a alguien lo meritorio o bueno o santo que hayamos realizado.


Así el bien es difusivo de sí y toma forma y amplitud cuando se le regala al Señor para el bien de los demás. ¿Mérito? Ya decía san Agustín (Enar. Ps 102,6), y lo cita el Prefacio I común de los santos, que "al coronar los méritos, coronas tu propia obra", porque esos méritos vienen por la gracia de Dios en nosotros que nos impulsa a actuar y colaborar en la Redención. El mérito no es presunción ni vanidad: así lo pensaron los luteranos, anulando la libertad del hombre y la posibilidad de la cooperación con la gracia divina, la libertad humana. Hoy mismo, ciertas teologías o corrientes espirituales, tienen alergia pensando que el mérito es soberbia del hombre y pelagianismo. El mérito es concepto importante para la teología católica, definido en Trento. El Catecismo de la Iglesia católica lo explica:

Esos méritos, por la Comunión de los santos, se los entregamos al Señor y le rogamos que los distribuya en general o sobre personas en particular. Y pensemos... agradecidos... cuántas gracias no nos habrán llegado así, por alguien que ofreció lo suyo unido a Cristo para que nos llegase esa gracia a nosotros.

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