Palabras sobre el silencio
De buen grado hubiera titulado "sobre el silencio sonoro", porque el silencio del que hablamos, para la vida, la espiritualidad y la liturgia, ni es un vacío ni es solamente la ausencia de ruido, sino que es una Presencia, Dios, comunicándose y dándose.
El silencio posibilita el encuentro con el Misterio de Dios. Está lleno ese silencio de una sonoridad nueva, la del Verbo que habla, la del Logos que revela, la de Cristo que conversa. Pero el ruido nos aturde. No son sólo los ruidos exteriores del ritmo de vida y de la cada vez más escasa educación, sino también los ruidos que queremos que nos envuelvan ante el vértigo que nos provoca el silencio y la soledad. No sabemos estar en silencio porque nos provoca, nos espolea. Huimos a lo exterior antes que avanzar a la interioridad. El ruido no nos interpela, el silencio sí nos cuestiona. De ahí la necesidad de recuperar el silencio y ser educados en él.
El santo Padre describe las condiciones reales en las que nos movemos y vivimos, más aún con el desarrollo de las nuevas tecnologías, comunicaciones, aparatos técnicos, etc. Sus inmensas y buenísimas posibilidades encierran también un modo nuevo de ser y de vivir, de relacionarse y de estar, donde el silencio se ha vuelto, si cabe, más incómodo y desorientador.
El silencio es una riqueza humana para crecer: "se «expone» a la realidad de su desnudez, se expone a ese aparente «vacío» al que aludí antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que existe, y que está más allá de la dimensión sensible. Es una presencia perceptible en toda criatura: en el aire que respiramos, en la luz que vemos y que nos calienta, en la hierba, en las piedras..." (ibíd.). El silencio nos ayuda a percibir, asimilar, descubrir. Requiere también una disciplina humana interior para adquirirlo y saber aprovecharlo.