Santidad eucarística (Palabras sobre la santidad - X)
La Eucaristía forja en la santidad y así, la santidad, sólo puede ser eucarística. De la Eucaristía nos vienen todos los bienes, y en la Eucaristía somos santificados. Cuando la Eucaristía es vivida, celebrada y adorada, con fervor, atención, participación interna, activa, fructuosa, el creyente crece y vive en santidad; y quien quiera responder a su vocación a la santidad, beberá de la Eucaristía las fuentes de su propia santificación.
La santidad es eucarística, y esta nota es ineludible: ni se puede olvidar, ni menospreciar, ni considerarla un elemento más dentro de un conjunto. La santidad es eucarística y en ella halla su raíz.
Para todo bautizado la santidad es eucarística. Pero fijémonos, ampliamente, con las palabras del Papa, en un ejemplo y modelo: la santidad sacerdotal es eucarística. La vida del sacerdote gravita en torno a la Eucaristía y es la Eucaristía la fuente de la santidad sacerdotal. De esta manera, tratando santamente las cosas santas, él mismo será santificado.
El sacerdote hallará su mejor Amigo en Jesús-Eucaristía; en el altar, su propia renovación y santidad; en el Sagrario y la adoración eucarística, la preciosa Compañía que llena la existencia. El sacerdote vive del altar eucarístico y para el altar eucarístico. Mucho dependerá entonces de su manera de celebrar la Santa Misa, con devoción, fervor, recogimiento y amor, y de las horas que dedique al Sagrario y a orar ante el Santísimo expuesto. Él sacará las conclusiones últimas de aquello que se le dijo el día de su ordenación sacerdotal, al entregarle la patena con pan y el cáliz con vino: