Religión en Libertad

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El creyente es un hombre que confía en Dios, una confianza sin fisuras. "Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor". La fe, siempre razonable, sabe que nadie es más digno de confianza, nadie más digno de crédito -y se lo gana a pulso- que Dios.

¡Confiar! Sí, aunque a veces sea un confiar en noche cerrada, gimiendo, sin sentir ni experimentar nada. Entonces se grita: ¡Abba!, ¡Padre! Una confianza que permite al hombre edificarse sobre Roca y no sobre las arenas movedizas de otras seguridades, más inmediatas y aparentes, pero más falsas y peligrosas. Un creyente es un hombre de fe inquebrantable en Dios, de confianza firme y probada en Dios.

La mirada creyente descubre no sólo la Presencia de Dios en la vida, sino su constante actuación, su intervención, también sus sugerencias, sus mociones. Es su Providencia amorosa. Cuanto más se confía en Él, más se recibe. Y en esta confianza, uno recibe de Dios un encargo, una tarea particular, una vocación irrepetible: apoyados en Dios, cada uno puede realizar esta misión que Dios confía.

Esta confianza inquebrantable en Dios -fruto de la gracia, y fruto también de mucha oración y de mucho discernimiento de las obras de Dios en nuestra vida- lleva a no precipitarse nunca, sino esperar a que el Señor muestre su voluntad; no lanzarse a nada antes de descubrir una "llamada especial" de Dios, pero cuando se ve que esa "llamada especial" está resonando en el corazón, y que viene de Él y no de nuestros caprichos, lanzarse a realizarla confiando en que Dios que encargó la tarea, la llevará buen puerto. "Tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos". Así pues,

Sí, gran desprendimiento, gran libertad, gran confianza en Dios para llevar a cabo las obras que Dios nos encomienda.

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