Ser apóstol
El apostolado del cooperador parroquial es una dimensión inherente al mandato misionero que el Señor encargó a su Iglesia: "Id y haced discípulos..."
Pero este mandato misionero, que origina el apostolado, es un servicio al hombre para que descubra en el Evangelio el camino de la vida, de su salvación, de su plenitud. "¡Ay de mí si no evangelizare!" (1Cor 9,16): el grito de San Pablo bien podría ser el grito de cualquier cristiano que habiendo descubierto la perla escondida (Mt 13,45-46) quiere comunicarlo a los demás, la alegría de la mujer que encuentra el dracma perdido y avisa a sus vecinas (Lc 15,8). El mismo gozo de los enfermos que, curados por la potencia sanadora y curativa del Señor, anuncian y glorifican las obras de Dios.
Para eso ha nacido la Iglesia, para ser testimonio y testigo; su vida es el apostolado, su felicidad la evangelización:
El que encuentra a Jesucristo en su vida, descubre el hontanar de su gozo, la fuente refrescante de una alegría serena.
El apostolado es algo serio, radical, nacido de la propia iniciación cristiana, que llena de gozo, que plenifica al cristiano; por eso ni es un juego ni un recreo ni un divertimento ni algo pasajero, esporádico u ocasional, sino que se podría afirmar que es casi una dimensión más del ser cristiano, en el que se ve comprometida toda la existencia del bautizado en sus facultades (intelectivas, volitivas, afectivas...). La vocación cristiana es apostólica, enraizada en la fe, el cristiano es llamado a ser testigo, profeta, apóstol.
Este apostolado no está exento de dificultades internas y externas. Son auténticas trabas, tentaciones del Maligno que nos sugiere en nuestra imaginación palabras seductoras y engañosas, de uno u otro género para hacer que desistamos de nuestro trabajo apostólico o que nosotros mismos lo hagamos estéril e infecundo.
Ya que son tentaciones, podemos resistirlas y abatirlas agarrados a la cruz de Jesucristo. Asidos al Señor, podemos hacernos invulnerables a los ataques del Maligno.
Las tentaciones internas son aquellas que brotan en el corazón, a veces sin motivo real. Son peligrosas porque disponen mal el corazón para la empresa apostólica y con facilidad uno se puede echar para atrás. Estas catequesis sobre el apostolado persiguen, pacientemente, un doble objeto: descubrir (o reanimar) la propia vocación al apostolado y examinarse pacientemente sobre las tentaciones y dificultades que ya abordaremos.