Las Iesu Communio que acompañaban a la monja que conmueve las redes: «Veíamos a Dios en esa mujer»
Cuatro hermanas de este Instituto coincidieron con la dominica sor Virtudes en el hospital y cuentan lo que más les impresionó de ella.
"Él me ha tomado en esta tierra, ¿cómo no me va a llevar con Él al cielo?'", dijo sor Virtudes a la hermana Maryam.
"En muchos pasajes del Evangelio se dice: 'Jesús pasaba por allí aquel día'. Sin lugar a duda, aquel miércoles 18 de febrero, en esa habitación del hospital, Jesús pasó por mi vida a través del encuentro con sor Virtudes'", relata a Religión en Libertad la hermana Maryam, del Instituto Iesu Communio.
Visten de diferente manera; las unas van de blanco y negro y las otras de hábito vaquero. Unas pertenecen a una orden con 800 años de historia y las otras a un instituto aprobado en 2010. Unas son hijas de San Ireneo, de San Francisco... y las otras del gran santo castellano Santo Domingo de Guzmán.
Los carismas son bien distintos, es verdad, pero el espíritu que une a dos monjas de diferente orden, postradas en una cama compartiendo habitación de hospital, solo puede ser el mismo.
Han pasado ya unos días desde la muerte de sor Virtudes (puedes leer aquí el testimonio de fe que dejó en sus últimas horas de vida), cuando las hermanas de Iesu Communio, Maryam, Jone de María, Pía María y Raquel de Jesús, charlan con ReL sobre lo que más les sorprendió de aquellos días en el hospital de Aranda de Duero (Burgos) con la dominica que conmueve las redes.
Hermana Maryam: «Me abrió las puertas del cielo»
"Recuerdo llegar a casa y tener la necesidad de compartirlo con todas mis hermanas. Quería gritar al mundo entero la vida de esta esposa de Cristo. Quería que a todos les llegara todo el bien recibido (...). ¡Vi a Cristo en sor Virtudes! ¡Vi el amor! ¡Vi una vida gastada en el amor! ¡Vi la paz! ¡Vi la verdad! ¡Vi la libertad! El misterio de la muerte, oscuro e incierto para mí, ella lo llenó de luz y certeza", relata la hermana Maryam.
"Su sonrisa en medio del sufrimiento, su abandono confiado y sereno en las manos de Dios eran la expresión clara de un corazón creyente. Para ella, la muerte era el Esposo que venía a buscarla".
"Al no salir de mi asombro, ante tal alegría a las puertas de la muerte, me atreví a preguntarle si no tenía miedo a morir. Era ella la que se asombraba ante mi pregunta. Su mirada era como la de una niña que no comprendía, y, me dijo: "¿Miedo a mi Esposo?". Rápidamente le contesté: '¡No!, al sufrimiento…'. Sonrió y, llena de ternura, me respondió: 'No, hija, estoy en Sus manos'. No soy capaz de explicar lo que pasó en ese momento, pero sí puedo decir que, de algún modo, la luz de la vida eterna entró en mi corazón… de alguna manera, sor Virtudes me abrió las puertas del cielo".
"Su cuerpo enfermo, tendido en esa cama, me anunciaba las palabras de Jesús: 'Yo soy la Resurrección y la Vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá' (Jn 11, 25). Así lo compartía yo durante estos días con familiares y amigos que aún no conocen a Jesús: 'Os aseguro que Cristo está vivo, lo vi en una mujer consagrada. La vida eterna es real…'".
"Sor Virtudes, mujer de Cristo, me permitió ver que vale la pena vivir y morir con Cristo, que es posible un amor hasta el final. Me venían al corazón tantos jóvenes que pasan por nuestra casa, por nuestros locutorios, preguntando si hoy en día es posible un amor para siempre… Ella nos lo grita con su vida: '¡Sí, sí, sí es posible!'. Frente a ella, sentía que se me caía del corazón todo lo que mata el amor, no solo en el 'mundo', también en la vida consagrada: el éxito, la grandeza, el poder… y me puso delante de los ojos lo único que mi corazón anhela de verdad: Jesús".
"Muchas veces he escuchado que la vida no se improvisa, que uno muere como ha vivido… También ella me lo dijo cuándo le pedí que me contara cómo había llegado de esa manera tan radiante al final de su vida: 'Un sí tras otro sí a Su voluntad'. 'Una única cosa es necesaria: enamorarse de Cristo'".
"Aproveché para preguntarle que cómo había vivido los sufrimientos cotidianos de la vida. Me traspasó su respuesta: 'En mi celda tengo un crucifijo y, ante cualquier sufrimiento, lo miro a Él y le digo: 'A mí nadie me ha clavado en la cruz'… y todo sufrimiento se me hace nada'".
"Ya al final de la tarde, tuve el privilegio de quedarme con ella a solas y experimenté la necesidad de abrirle mi corazón, y le pedí que, por favor, rezara por mí. Me aseguró que lo iba a hacer desde el cielo... '¿Y cómo estás tan segura de que irás al cielo?', le dije. 'Soy consagrada; eso quiere decir que le pertenezco totalmente. Él me ha tomado en esta tierra, ¿cómo no me va a llevar con Él al cielo?', me contestó".
"Otra cosa que me impactó mucho fue el amor que tenía a sus hermanas de comunidad. Repetía a cada momento: 'Amar a Jesús y amar las hermanas es una misma cosa'. Cómo se dejaba cuidar y querer por la hermana Teresa de Jesús era un espectáculo de amor. Cuando estábamos solas no hacía más que hablarme del tesoro que era esta hermana y que para ella era un regalo de su esposo tenerla a su lado en el final de su vida. Y, con el mismo cariño, me habló de toda su comunidad como el tesoro de su vida".
"Jamás podré olvidar aquel día. Ahora sor Virtudes es para mí una madre a la que puedo acudir siempre. Así lo hago desde su muerte, y la experimento viva en mi corazón. Y como ella me aseguró, sé que reza por todos nosotros. Verdaderamente 'en la tarde de la vida solo queda el amor' (Santa Isabel de la Trinidad)".
"Amar a Jesús y amar las hermanas es una misma cosa", decía sor Virtudes.
Hermana Jone de María: cuando el Esposo viene ya
"Conocimos a sor Virtudes porque tuvimos que ir al hospital a cuidar a una hermana mayor y compartían habitación. Dios había preparado aquel encuentro y, todas las que volvíamos de aquella habitación, lo hacíamos con el mismo impacto tras haber conocido a aquella mujer, tan sencilla, pero tan llena de una fe, esperanza y caridad muy vivas".
"A mí personalmente me tocó profundamente su olvido de sí, que no nacía de un 'estoicismo', como pude ver con mis propios ojos, sino de un corazón de esposa que se sabe totalmente a salvo en las manos del Esposo y de un corazón de madre atenta a todos, y despreocupada de sí".
"Estaba tan serena, sentada en el sillón, que no pude imaginar la gravedad de su situación. Se mostraba preocupada por nuestra hermana mayor, que estaba algo inquieta y las dominicas nos invitaron a rezar con ellas: 'Verá cómo le serena', me dijo con una total confianza en el poder de la oración. Un rato después trajeron la cena y no quiso tomar nada. Empezó a sentir náuseas, y, con serenidad y sencillez, me dijo: 'Debe de ser que el Esposo viene ya'. Lo dijo de tal modo que sentí envidia de la fe de aquella mujer y una llamada a la conversión y la confianza".
"Por la noche se me regaló poder quedarme a velar a las dos hermanas, y fue en esas horas donde pude ver mejor su corazón de madre, de tal modo que me hacía sentir que era yo la que estaba siendo cuidada. Ella estaba en la cama, dolorida, ni siquiera pudo tomarse la medicación, y, en vez de replegarse sobre sí, con ternura y cierta preocupación por mí, me dijo: 'hija, ¿pero tú has cenado?'. Me sobrecogió que se fijara en aquel detalle, que se preocupara por mí, que apenas me conocía de unas horas, y, sobre todo, porque en aquel momento debía estar agotada, preocupada, sufriendo".
"Avanzada la noche, me acerqué a su cama a ver cómo estaba y, enseguida, abrió los ojos y me dijo: 'hija, ¿has podido dormir algo?'. Y me preguntó también por la hermana mayor que yo estaba cuidando, que se movía mucho".
"Yo estaba pendiente del más mínimo gesto de dolor y cualquier ruido, para aliviarla en lo que pudiera. La miraba en la penumbra de la habitación, sorprendida de que no se llevase la mano a la zona enferma y de que no hiciese ningún pequeño gesto o gemido de dolor. Solo de vez en cuando movía el brazo izquierdo, en el que tenía la vía, en busca de una postura más cómoda. Por la mañana me encontré el brazo hinchado. Quise llamar a la enfermera, pero no me dejó: 'No te molestes, hija, por la hora que es ya están a punto de venir las enfermeras'".
Ama y haz lo que quieras
¿Cómo muere una monja de clausura? Las últimas horas de la dominica que conmueve las redes
Juan Cadarso
"En cada momento anteponía las necesidades y el trabajo de los otros sin dar ninguna importancia a lo suyo. Es más, como si todas las atenciones que recibía fueran inmerecidas. Durante la noche, aproveché que se levantó para estirarle bien las sábanas y que estuviese más cómoda. Pensé que no se daría cuenta de algo tan mínimo, pero, al volver, miró la cama y, llena de una gratitud profunda y sincera, me dio las gracias como si le hubiese hecho un gran servicio innecesario. No podré ya nunca sacar de mi corazón a quien me hizo ver de forma tan evidente y tan deseable la belleza de un corazón abierto al otro y olvidado de sí".
Hermana Pía María: «¡Correremos detrás del Cordero!»
"Cuando yo la conocí apenas pude hablar con ella porque estaba ya muy debilitada, sin comer… pero me impactó muchísimo la mansedumbre, vi a Jesús manso en ella. Mansedumbre de quien está abandonada con total confianza al querer del Padre. La alegría de ser consagrada, de pertenecer a Jesús. Cuando se despertaba, decía: '¡Ya llega el Esposo!'… '¡Correremos detrás del Cordero!'".
Hermana Raquel de Jesús: la única respuesta obvia de amor
"Me impactó la docilidad y mansedumbre con que se dejaba tratar y cómo, cuando su hermana la ayudaba o le proponía cualquier cosa, ella respondía: 'Como te parezca mejor está bien', y colaboraba en lo que podía. Doy gracias a Dios por el encuentro con sor Virtudes, por poder ver una mujer consagrada que acoge la hora y el modo que Dios dispone cómo la única respuesta obvia de amor a Quien le ha dado todo".
Sor Virtudes González González O.P