Martes, 12 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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V Domingo de Pascua y pincelada martirial (C)

por Victor in vínculis

Escribe san Josemaría Escrivá de Balaguer en Amigos de Dios comentando este evangelio:

Muchas veces he pensado que, después de veinte siglos, todavía el mandamiento del amor sigue siendo un mandato nuevo, porque muy pocos hombres se han preocupado de practicarlo; el resto, la mayoría, ha preferido no enterarse. Con un egoísmo exacerbado, concluyen: ¿Para qué más complicaciones? Me basta y me sobra con lo mío.

No cabe semejante postura entre los cristianos. Si profesamos esa misma fe, si de verdad ambicionamos pisar en las nítidas huellas que han dejado en la tierra las pisadas de Cristo, no hemos de conformarnos con evitar a los demás los males que no deseamos para nosotros mismos. Esto es mucho, pero es muy poco, cuando comprendemos que la medida de nuestro amor viene definida por el comportamiento de Jesús. 

He de amar a los demás como Tú, Jesús, me amas; es decir: sin medida, con una generosidad total. Este es el camino para seguirte, para ser santo en el Cielo y discípulo tuyo en la tierra. No hay otro secreto: o amo a los demás, buscando su bien, o me amo a mí mismo… 

Por esto hoy es necesario seguir alzando la voz para no arredrarnos. El mundo de las tinieblas busca vencer insistentemente; desea imponer sus teorías y derrocar la ley de Cristo. Rompiendo el mandamiento supremo del amor hemos creado un indiferentismo generalizado, que comienza por no molestar al otro, a pesar de sus errores. 

En el momento de la Pasión, cuando Judas salió del cenáculo, Jesús se pone en pie y vuelve a recordar a los suyos lo que ya les había enseñado, amando al que se equivoca, pues antes ha lavado los pies a Judas, que estaba allí. Dice: Os doy un mandamiento nuevo. Lo que ha hecho como acción, lo repite con la palabra, para que nosotros lo entendamos y, sobre todo, lo practiquemos: Amaos unos a otros.

PINCELADA MARTIRIAL

Ayer, en el Palacio de Vistalegre de Madrid, subió a los altares la  beata Guadalupe Ortiz de Landázuri Fernández de Heredia (Madrid, 1916- Pamplona, 1975). Guadalupe fue una química madrileña y una de las primeras mujeres del Opus Dei. Estudió la carrera de Ciencias Químicas en la Universidad Complutense, impartió clases de esta asignatura en numerosos colegios e institutos y realizó una tesis doctoral sobre las propiedades de la cascarilla del arroz. A través de su labor profesional, ayudó a muchas personas a acercarse a Dios con alegría, servicio y disponibilidad. Además, supo compatibilizar su carrera profesional con las distintas tareas que san Josemaría, fundador del Opus Dei, le fue encargando, tanto en España, como en México y Roma. Guadalupe desempeñó estas tareas con empeño y profesionalidad. Es la tercera persona del Opus Dei en ser beatificada, después del fundador, y de su sucesor, el beato Álvaro del Portillo. Es la primera mujer y la primera persona laica de esta institución en llegar a los altares.

Ayer, durante la beatificación, el cardenal Becciu subrayó la capacidad de la beata para enseñarnos “que es posible armonizar la oración y la acción, la contemplación y el trabajo”. Además, “nos enseña que bello y atrayente es el poseer la capacidad de escuchar y una actitud siempre alegre incluso en las situaciones más dolorosas”.

 

Haciendo vida el Evangelio de hoy

Como decíamos Ortiz de Landázuri estudió Ciencias Químicas en Madrid -fue una de las cinco mujeres de su promoción-, pero antes de poder acabar la carrera estalló la Guerra Civil Española, en la que su padre fue fusilado. 

Manuel Ortiz de Landázuri García era el tercer jefe de la Escuela de Tiro de Carabanchel, pero tuvo que asumir el mando al llegar al cuartel el 18 de julio de 1936, porque no fueron los jefes más antiguos. Se vio obligado a hacer frente al asalto de las turbas que llegaron para hacerse con las armas. Lo detuvieron y en la Cárcel Modelo fue sometido a juicio popular, condenado a muerte y ejecutado. El 7 de septiembre de 1936, la noche antes de ser fusilado, pudo reunirse con su esposa y sus hijos Eduardo y Guadalupe.

Eduardo contaba muchos años después: “Mucho se podría contar de aquella noche en cuyas cinco horas estuvimos reunidos con mis padres Guadalupe y yo: de la entereza de mi padre no aceptando un indulto que le colocaba frente a sus compañeros del cuerpo de Artillería y del valor de Guadalupe que no se inmutó dando fuerzas con su serenidad a mi madre y desde luego a mí”. 

Manuel Ortiz de Landázuri que, poco después, se enfrentaría al pelotón de ejecución, le pidió el rosario a su hija Guadalupe. 

[Artículo interesantísimo:

http://eltorreon.org/index.php/opus-dei-menu-principal-vacio/segovia-y-el-opus-dei-menu-opus-dei-vacio/biografia/2-la-muerte-de-su-padre/]

La historia de perdón tuvo lugar años después. María Jesús González Olivar contaba hace unos días para ABC: 

Yo no la conocí, pero me topé con ella al escribir sobre dos mujeres que formaron parte de su vida. Ernestina de Champourcín, poeta de la Generación del 27, conoció a Guadalupe durante su exilio en México. Se presentó en la residencia universitaria Copenhague en busca de un sacerdote que asistiera a su marido enfermo, uno de los responsables del fusilamiento del padre de Guadalupe, la madrugada del 8 de septiembre de 1936. Guadalupe se sobrepuso a la impresión de este recuerdo y pidió la gracia del perdón. Pudo atender a Ernestina con afecto y con una sonrisa que le salía del corazón; fue el comienzo de su amistad. 

16 de mayo: San Simón Sotck

Este jueves volvíamos a hablar de la devoción del Escapulario del Carmen, cuyo promotor singular fue San Simón Stock, a quien se celebra ese día. En la señal del Escapulario del Carmen se evidencia una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes… Dos verdades evoca el Escapulario: la protección continua de la Virgen Santísima, no sólo en el paso por la vida, sino también en el momento del tránsito a la plenitud de la gloria eterna; y el convencimiento de que esta devoción debe llevarnos a la frecuencia de los Sacramentos y al ejercicio de las obras de misericordia… 

¡Yo también –decía san Juan Pablo II- llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el Escapulario del Carmen!

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