Miércoles, 24 de abril de 2019

Religión en Libertad

Blog

Del Matrimonio, un paseo por la playa, y otro en silla de ruedas...

26 de marzo de 2018...

por Jorge García Suárez

 

«El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos». (San Pablo VI)

 

Bueno, pues esta vez voy a intentar hablar del sacramento del Matrimonio. ¿Y porqué me meto en este berenjenal?. Pues un amigo, me “ha encargado” que hable del asunto, y como el que obedece no se equivoca, pues mejor obedecer.
Quiero aprovechar para agradecer vuestro apoyo y felicitaciones por este blog. Son muchos los amigos y familiares que me han dicho que si soy un ejemplo, que si “has estao cumbre" como dicen los sevillanos, que para cuando hago una serie en Netflix sobre el blog, (es broma), etc… A todos muchas gracias, pero siento decepcionaros. Así de claro. Aquí, la única persona que ha “estado cumbre” y está, la única persona que nunca me ha defraudado, que siempre está ahí, ya sabéis quién es, y a los que no, os lo digo: sí, es la “jefa", mi mujer. Leonor, Leo para los amigos. 
Nuestra historia comenzó en Las Palmas, en Semana Santa de 2003. El otro día leí o escuché que el tiempo de Cuaresma es un tiempo donde se derraman muchas gracias, y es cierto. Doy fe. En ese tiempo, conocí a la que iba a ser mi esposa. No os voy a contar que si sentí “mariposas en el estómago”, que si sentí que "el mundo se paró", y demás cursiladas de esas, porque nada de eso pasa, al menos a mí me lo parece. Creo, y me gusta pensarlo que  Dios actúa de una forma mucho más sencilla con nosotros, sin andarse con tantos artificios made in Hollywood. Menos mal. Soy poco amigo de las cursiladas. Qué se le va a hacer, nadie es perfecto.
Retomando mi historia con Leo, si que os puedo decir que cuando la conocí, algo me atrajo de ella. Es difícil explicarlo. También recuerdo que me asustaba un poco porque era (y es), algo distinta a mí. Aún así me puse a perseguirla, hasta que empezamos a salir juntos. A los pocos meses, cometí el error de dejarla, porque yo seguía con mis miedos debido a que éramos muy distintos. Tardé unos seis meses en darme cuenta que, tenía que estar con ella. Estaba perdiendo el tiempo, al huir de ella. Así que después de volver a reconquistarla, (lo mío me costó), desde mayo de 2004 hasta hoy estamos juntos, hasta que Dios quiera. Desde que volvimos, ese siempre ha sido nuestro fin; estar juntos pase lo que pase, con la ayuda de Dios. Con nuestras crisis, y con nuestros momentos dulces. Hasta que la muerte nos separe… hasta que nos veamos en el Cielo, porque como dice una canción que me gusta y emociona mucho, “La Muerte no es el Final".


En abril de 2007 nos casamos. Recuerdo (como si fuera ahora) que en la celebración del Sacramento, el sacerdote me preguntó que cuál era la cualidad que más admiraba de ella. Le dije “su honestidad". Y me quedé corto: su fidelidad, sinceridad, fortaleza, sensibilidad (que no ñoñería), servicialidad, responsabilidad, laboriosidad, reciedumbre, prudencia, inteligencia, generosidad, creatividad, tranquilidad, caridad, sencillez, humildad, perseverancia, austeridad, sensatez, ternura, mansedumbre... además de ser atenta, justa, alegre, y un sinfín de más cualidades que tiene, que por razones de espacio no seguiré escribiendo… Con estas virtudes y cualidades, se aprende y construye el Matrimonio. Con los defectos y miserias también, de cada uno y de cada una.
Ante todo esto, sólo encuentro una palabra: agradecimiento. Por el don de Dios recibido (vocación al Matrimonio), por mandarme a mi mujer y confiármela a mi cuidado (proyectada por Dios para mí) al igual que mis hijos …

He pensado hablaros sobre mi pequeña experiencia, por si a alguien le puede interesar. Cuando nos casamos, hacemos estas promesas ante Dios, ni más ni menos:

 

En las alegrías…


Esta es la “parte guay", del asunto, la que mola. Una de las señas de identidad de cualquier Matrimonio, y que en el nuestro no iba a ser menos, es la alegría. Pero no porque sea yo un tipo estupendo, si no que la alegría, me la ha transmitido mi mujer. Siempre me he considerado un tío normal; ni gracioso, ni empleado de una funeraria (aunque algunos si que me han dicho ésto último).
Como he dicho, una de tantas cosas que me ha metido en vena mi mujer, es la alegría. Y es que nada le para. Si hay un problema, se resuelve con una sonrisa, si hay un marrón, otra sonrisa. Esa es su receta. También os digo, que a veces, tenemos “nuestros días", ya me entendéis. Como es lógico y humano, y aunque lo intentamos evitar, también de vez en cuando sacamos a pasear el mal genio, que si no, se nos oxida...
Recuerdo el día después de mi boda. No puedo explicaros como me sentía (creo que como ahora mismo). Una paz, una alegría, y mucha, muchísima ilusión. Todo resplandece, todo es nuevo, todo tiene otro sabor, olor… Puedo compararlo a la sensación que tenía cuando era pequeño, y llegaba la mañana de Reyes.
Luego el viaje de novios, más viajes, las vacaciones, la llegada de mis tres hijos, las Navidades en familia, las fiestas en casa, música, risas, más celebraciones… Alegría, alegría, alegría.

 

En las penas…


Esta es la “parte chunga". La que no nos interesa. A mí el primero; es lo que tiene ser humano. Aquí meto todos los marrones. Mis defectos, mis debilidades, mis pecados, mis manías, mis tonterías, y un largo etcétera. Todo esto, TODO, se lo ha tenido que comer mi mujer, y muchas veces “a palo seco", y sin patatas. Ella ha cargado con todo ese peso, y sin quejarse.
Aquí entran las discusiones, donde mi “yo" (nuestro yo), es el protagonista de la peli: porque "yo" arriba, porque "yo" abajo, porque "yo" pienso, porque "yo" decido, porque "yo" tengo mi propio criterio que es el bueno y el único, porque "yo" siento que me ninguneas, porque "yo" me siento herido, porque "yo" noto que pisoteas “mi dignidad", porque "yo" siempre tengo la razón, porque "yo", porque "yo", porque "yo"…  Creo que es el momento de condenar a muerte a nuestro yo, pero como cuesta.
A todos los que estamos casados, esto nos ha pasado bastantes, muuuchas veces. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra…”. Y el que diga que esto nunca le ha pasado, que se lo haga mirar, porque creo que tiene un problema.

Hoy, 26 de marzo de 2019, el Google fotos, que es muuuy listo, me “manda" la primera foto que veis arriba. Fue tomada por mi mujer, hace justo un año. Tal día como hoy. Estamos en una playa de Valencia. Tengo un bonito recuerdo de esos días de familia. Mi mujer, mis hijos, la playa, la luz, el calor de la primavera... Ahí me tenéis, en la foto. Ahí salgo, con dos de mis hijos, caminando tan campante por la playa.

Y es que hoy me he levantado algo confuso y preocupado. Ayer Leo y yo tuvimos bronca. Lo de siempre: que  "yo" intento imponer mi criterio. Me quedo un instante viendo esa foto, y comprendo lo efímero que es el tiempo, más en mi caso. Y pienso que la vida es demasiado corta, como para estar cabreado con la parienta. Menuda pérdida de tiempo. Por eso, me quedo "un poco así", cuando me decís que si soy ejemplo, y todas esas cosas. Ni de broma, el ejemplo es Leo, mi querida Leo...

 

En la salud...

Gracias a la salud, mi mujer y yo tuvimos los mejores años de nuestras vidas, como es obvio. Estando sano, puedes hacer muchas cosas, multiplicas tu radio de acción para hacer cosas muy buenas, o por lo menos intentarlo. Todo parecía ir viento en popa. Eres joven, estás casado, tienes hijos pequeños; "nada malo me puede pasar", piensas... Con la salud, trabajé mucho. Durante bastante tiempo, de 10 a 12 horas o más al día. Con un único pensamiento: trabajar para mantener a mi familia. Que no les faltara de nada...

Volviendo la vista atrás, quizá no debería de haber trabajado tanto. Estar más en casa, más presente. Leo siempre estuvo ahí pendiente, gracias a Dios. Supliendo mi ausencia con los niños. Haciendo de madre y de padre. Sin ninguna queja. Nunca me echó en cara, de si trabajaba demasiado, ni nada por el estilo. 

Con la salud, también vinieron mis queridos hijos. Manuel en 2010, María en 2012 y Juan en 2014. Unos hijos muy queridos, y muy especiales, que voy a decir. Aunque a veces, sea severo con ellos... Los quiero con locura, como a Leo, claro está. A día de hoy digo, que de haber estado sano, hubiésemos tenido una guardería en casa; más hijos, para el que no lo entienda. Mi mujer y yo, crecimos en "familias numerosas", (más de dos hijos...). Y eso que algunos familiares y amigos "bienintencionados", me recomendaban que después de haber nacido mi tercer hijo, que "lo mejor era que ya me hiciera la vasectomía"... (Chicos no os enfadéis). Me "encanta" cuando me tienen que decir lo que tengo que hacer con mi vida... Es una de tantas cosas que llevo mal. Lo siento. Al parecer, mi mujer y yo ya "habíamos cumplido con la sociedad ". Resulta curioso como el ambiente actual, "te organiza la vida". Es un clásico : tengo seis hermanos, y estoy acostumbrado a oír de pequeño, observaciones, del tipo "¿en tu casa no había televisión?", o el socorrido "¿tus padres están haciendo un equipo de fútbol?"... todo muy "gracioso" para mí, la verdad. Por eso repito, me encanta que la gente esté tan preocupada por mi mujer y por mí, que quiera organizarnos la vida, tanto a mi mujer como a mí. Recuerdo que cuando íbamos a tener a mi tercer hijo, la gente nos miraba como si estuviéramos locos, hasta con miedo...

Hay un matrimonio amigo nuestro, al que queremos mucho, que tienen cuatro hijos. "¡¡Están locos, a qué sí!!": tienen cuatro hijos, y quieren buscar el quinto, si Dios quiere... ¡Por cierto, se me olvidaba!, adoptaron a su tercer hijo, con Síndrome de Down... Si esto no es ejemplo... 

 

En la enfermedad...

Aquí es donde se complica el asunto, y dónde toda la maquinaria se pone a prueba. Que fácil es prometer que vamos a estar al lado de nuestra pareja, estando sanos, el día de nuestra boda, y -mira tú por donde-, ahora tenemos que ponerlo en práctica. Pues para esto, y otras cosas, está lo que los cristianos llamamos la gracia santificante del Sacramento del Matrimonio.

Como podéis ver en la segunda foto, (hecha también por mi mujer, es una artista), así estoy a día de hoy. Dando un paseo, en mi silla de ruedas. ¿Qué cambio, respecto a la otra, no?. Ya no me muevo tan bien como me movía en la primera foto, que os he enseñado. Pues todos los días, mi mujer me cuida, aunque lo vea y aunque no, todos los días, todas las horas. Lógicamente, tengo que decir que antes cuando estaba sano, también, y ahora más que nunca, más todavía.  De entre sus muchas habilidades, me cuida sin que se note, siempre entre bastidores. 

De siempre esto es y ha sido así, pero ahora más que nunca, me llama la atención como el enemigo aprovecha cualquier pequeña confusión, cualquier pequeño malentendido, para sembrar el caos y la discordia. Para que a la mínima, yo caiga y entre al trapo. Lo suelo hacer con bastante facilidad, o que os creíais. Soy humano, al igual que todos vosotros. Ya me alertó un muy buen amigo mío, (que creo que es bastante santo), cuando me diagnosticaron la enfermedad: "lo que quiere el de los cuernos, (el diablo), es que pierdas la paz, te desesperes, estés nervioso, que veas que no hay solución, ni esperanza...". La teoría la tengo clara, pero la práctica es otra cosa.

Habrá que seguir recurriendo a nuestra Madre María, que a Ella se le dan bien estos casos, y tener paciencia... Otra cosa que me dijo, fue algo así: "mejor que no te pongas unas metas mega-exigentes, porque igual te la pegas, porque a lo mejor no llegas, y luego llega el desánimo, y detrás la desesperación. Quizá lo que Dios te pide ahora es que sonrías, que hagas que todo el mundo se sienta cómodo, contento, que esté tranquilo, a pesar de todo lo malo que te está ocurriendo..." Nuevamente, os digo que la teoría, más o menos, pero la práctica... Eso ya es otro tema...

Para mantener siempre el rumbo, es indispensable rezar. Reza algo, lo que sea. Dios te escucha, aunque no te lo parezca. La Santísima Virgen también, acordaos que ella es Madre, y ya sabéis que las madres por muy pesadas que sean, son madres, y si hace falta, darían incluso su vida por nosotros sus hijos. Ella nunca defrauda, nunca te deja tirado. A mí me ha sacado de innumerables marrones en los que he estado. Os lo aseguro. 

Mi mujer, Leo, me recuerda muchas veces al trabajo callado, sin brillo, de nuestra Madre en Nazaret. Ella tuvo que cuidar desde el principio a Jesús Niño y a San José, "Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón", (Lc. 2,19). Ella es el pilar, sobre el que está bien cimentada mi familia...

Ojalá todos los que estamos casados, aprendamos a valorar, aprender y ver como el regalo de Dios que es, a nuestra esposa o esposo.

 

 

 

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