Lunes, 26 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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Se queda el claustro vacío…

por Sólo Dios basta

Recordar a los difuntos, rezar el rosario o explicar el magisterio de Santa Teresa de Jesús a los que buscan un camino de vida espiritual es lo que he hecho a lo largo de muchas horas en el claustro del Santuario del Carmen del Carmen de Calahorra que después de más de 400 años se queda vacío. Este domingo precisamente, 27 de septiembre, es el primero en el que ya no hay comunidad de frailes. Estamos repartidos en otros conventos tras la decisión de abandonar esta casa donde tantos fieles de toda la comarca de la ribera del Ebro riojana y navarra tienen su punto de encuentro para estar a solas con el Señor presente en el sagrario, con la Reina de la Ribera que preside el retablo y la iglesia  o con los santos que acompañan el Santuario.

¡Es triste, duro, doloroso dejar un convento! Si a la gente le cuesta asumir esta realidad mucho más a un fraile que ha vivido y desarrollado su labor pastoral desde este enclave carmelitano tan singular y destacado. Hay hechos que no se entienden, pero  sabemos que Dios está por encima de todo y muchas veces no vemos sus planes sino los nuestros. ¡Hay que mirar con los ojos de Dios y todo cambia! ¡Los que esperan en Dios ven grandes cosas! ¿Nuestra esperanza se encuentra en nosotros o en Aquel que venció al morir en una cruz? ¿Nos va a abandonar Nuestra Madre del Carmen?

Vuelvo al claustro, muchos se quedan en la iglesia, pero el claustro forma parte del convento habitado por cientos de generaciones de carmelitas descalzos que han entregado su vida siguiendo los pasos de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz llevando el amor a la Virgen del Carmen por todos los alrededores de Calahorra. Muchos han muerto aquí, en este convento que ahora se cierra. Los que hemos conocido en estos últimos años descansan en una cripta dentro del patio del claustro. Pero los antiguos, los que vieron este convento en todo su esplendor y vida allá por los inicios y mediados del siglo pasado también descansan en el claustro. No en el patio, sino bajo las baldosas del claustro. No hay señales, pero sabemos que están ahí y el lugar concreto donde se encuentra cada uno. Muchos de ellos son desconocidos; algunos son dignos de recordar de modo especial por la gran tarea que llevaron a cabo, pero resulta que han quedado sumidos en el olvido como tantos otros frailes.

Recordemos especialmente al ilustre calagurritano que escribe la colosal Historia de Calahorra y sus glorias hace casi 100 años  y tiene una calle dedicada en Calahorra; me refiero al P. Lucas de San Juan de la Cruz (1862-1938). Un poco más adelante en la historia aparece el burgalés P. Claudio de Jesús Crucificado (1885-1964), profesor insigne de la universidad de Salamanca, escritor prolífico de artículos sobre vida espiritual en revistas de investigación y autor de interesantes libros sobre el mismo tema. Pasa por varios conventos dejando su denso magisterio;  aquí vive sus últimos años y reposan sus restos sin que nadie se acuerde él. Podría seguir con la lista de preclaros carmelitas descalzos que tanta luz han dado al Carmelo Descalzo con su magisterio o con su ministerio y difusión del carisma carmelitano y devoción a la Virgen del Carmen, el Niño Jesús de Praga, Santa Teresa de Jesús, etc.; ¡la vida propia del carmelita descalzo!

¡Cuántas veces les he pedido ayuda para algún asunto complejo o dado las gracias por la compañía o compartido intimidades de fraile a fraile! Es muy enriquecedor orar por los difuntos y más en el lugar mismo donde esperan la resurrección al final de los tiempos. Porque no tenemos que olvidarlo, ¡estamos llamados a vivir la eternidad y nos espera la gloria eterna! A esta oración acompañaba muchas veces el rezo del rosario los días de lluvia o frío o cualquier otro día que quería estar unido de modo especial a mis hermanos antiguos que tanto me han enseñado y de los que tanto tenemos que aprender todos.

Sigo en el claustro. Hay muchos cuadros, unos de valor artístico y otros no tanto. Ahora me centro en uno. Lo encontramos en casi todos los conventos porque es el que recuerda el nombramiento de la primera Doctora de la Iglesia, ¡Santa Teresa de Jesús! Así lo recoge el pie de foto de un retrato teresiano que da cuerpo al cuadro. Precisamente hoy, 27 de septiembre de 2020, se cumplen 50 años de este gran acontecimiento eclesial. Me habría gustado aprovechar la ocasión para tener algún encuentro con la gente de Calahorra y hablar de la doctrina de Santa Teresa y ofrecer un resumen de su entrañable magisterio. Pero dadas las circunstancias no se puede llevar a cabo. Sí se podrá en mi nuevo destino, el convento de Logroño.

Voy a quedarme con Santa Teresa, es ella la que me llama a ser carmelita descalzo y dejar el seminario diocesano, a ser hijo suyo, a seguir al Cristo vivo y resucitado que llena su corazón y el mío para vivir en una familia religiosa. Hay momentos duros como éste que como buena madre me escucha, me arropa, me anima a seguir siendo lo que  soy, a decir que lo importante es Cristo, seguirle a Él, serle fiel, poner lo poco que hay en mí y dejar que Dios sea Dios. Ella también lo pasa mal en algunos momentos de su vida y no digamos los frailes que a su muerte quieren mantener vivo y sin adulterar el carisma que había dejado para que todo siguiera siendo una familia donde todos se han amar, querer y ayudar. Su doctrina es clara, directa, arrolladora. No hay dudas, es Evangelio puro. Es vivir con Cristo en casa y estar con Él.

Hay un texto poco conocido entre la gente, pero sí por los frailes, aunque muy olvidado, que da respuesta como Madre, Maestra y Fundadora a cómo tenemos que vivir los frailes para que surjan nuevas vocaciones, para que la Orden se renueve, para que no haya que cerrar conventos sino abrir otros nuevos como en su tiempo. No lo dice ella por su cuenta. Se lo susurra el mismo Cristo en un momento intenso de oración para que luego nos lo transmita a nosotros, sus hijos, los carmelitas descalzos. No hacen falta comentarios, el texto se explica por sí mismo. Vamos a leerlo porque es una manera de recordarla también a ella y no sólo a los frailes difuntos de Calahorra. Así hacemos memoria del 50 aniversario del doctorado de Santa Teresa de Jesús, una fecha que quedará en el recuerdo para muchos y que nos abre los ojos al Camino, a la Verdad y a la Vida, por eso es Doctora de la Iglesia:

 

Estando en San José de Ávila, víspera de Pascua del Espíritu Santo, en la ermita de Nazaret, considerando en una grandísima merced que nuestro Señor me había hecho en tal día como éste, veinte años había, poco más o menos, me comenzó un ímpetu y hervor grande de espíritu, que me hizo suspender. En este gran recogimiento entendí de nuestro Señor lo que ahora diré:

Que dijese a estos Padres Descalzos de su parte que procurasen guardar esas cuatro cosas, y que mientras las guardasen siempre iría en más crecimiento esta religión, y cuando en ellas faltasen entendiesen que iban menoscabando de su principio. La primera, que las cabezas estuviesen conformes. La segunda, que aunque tuviesen muchas casas, en cada una hubiese pocos frailes. La tercera, que tratasen poco con seglares, y esto para bien de sus almas. La cuarta, que enseñasen más con obras que con palabras.

Esto fue año de 1579. Y porque es gran verdad, lo firmo de mi nombre.

Teresa de Jesús” (Relación 67).

 

Hoy, 27 de septiembre de 2020, domingo, ya no estoy en Calahorra. Allí quedan los frailes difuntos, las oraciones que no se pierden, el cuadro de Santa Teresa que recuerda que es Doctora de la Iglesia Universal y otras muchas realidades y personas que forman parte de la historia, de la cultura, de la vida de fe de los buscan su alimento en el Santuario del Carmen de Calahorra.

 

La Virgen del Carmen espera a sus hijos, los que cada día bajan a rezarle, a contarle sus alegrías y sus penas, los que saben que allí está su Hijo en el sagrario, los que se dejan guiar por una Maestra de la talla de Santa Teresa de Jesús o de la pequeña Teresa, Santa Teresa del Niño Jesús, que desde la pasada novena del Carmen se ha hecho presente en la iglesia para invitarnos a confiar de verdad en las manos del Padre como ese niño que se fía de su padre porque sabe que lo va a cuidar como nadie sabe hacerlo y a la vez decirle a la Virgen “Por qué te amo María” como nos explica en una de sus poesías. Todo eso en la iglesia; mientras tanto se queda el claustro vacío…

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