Miércoles, 01 de diciembre de 2021

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«Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Mc 10, 47

REFLEXIÓN DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Mc 10 49 – 52

 

Queridos hermanos:

Estamos ante el Domingo XXX del Tiempo Ordinario. Dice hoy la primera Palabra tomada del profeta Jeremías: “Así dice el Señor: «Gritad con alegría por Jacob, regocijaos por el favor de los pueblos…»” Lo importante, hermanos, es que Jacob era un hombre débil, pobre, que ha luchado contra Dios y es él quien se ha encontrado con Dios. Jacob somos tu y yo. “El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel”. Dios está preparando con la pandemia a un resto que será un Sacramento de salvación para el mundo de hoy, “Os congregaré de los confines de la Tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas, una gran multitud”. Somos un pueblo lleno de pecadores, con defectos, pero el Señor nos guiará y nos llevará a torrentes de agua a experimentar su gloria, nos llevará a la patria celestial: el cielo. Hermanos, Dios, nuestro Padre, nos está invitando a fiarnos completamente de él, a tocarle con la fe en medio del sufrimiento.

Por eso respondemos con el salmo 125: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres… cuando el Señor cambió la suerte de Sión nos parecía soñar… hasta los gentiles decían: El Señor ha estado grande con ellos. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”. Es decir, hasta los paganos reconocen el poder de Dios, por eso “los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares, porque al ir se iba llorando llevando la semilla; al volver se vuelve cantando trayendo las gavillas”. Hermanos, este es el fruto de la evangelización, se van echando las raíces del cristianismo, de la Buena Noticia, que es lo que hace renacer al “hombre nuevo” en nuestro corazón.

La segunda Palabra es de la carta a los Hebreos, y dice: “Tenemos un sumo sacerdote, este es Jesús que se ofreció a sí mismo y se ofreció por los pecadores, por los ignorantes, por los extraviados, por los que estaban envueltos en debilidades”. Y estos somos nosotros, por eso Jesús se ha entregado al Padre y nos ha salvado. Termina diciendo: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Como dice la escritura: “Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”. Este sacerdote no ofrece cosas, se ofrece a sí mismo, eso es lo que nos pide hoy el Señor: ofrecernos como somos, con nuestros pecados; y nos da a cambio su eternidad.

El Evangelio de San Marcos dice que Jesús salía de Jericó. Es muy importante la ciudad, la geografía, ya que expresa que esto es auténtico, verdadero, comprobable y verificable. “Al salir de Jericó había un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, que estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna”. Este ciego eres tú y soy yo que pedimos limosna y, ¿qué limosna pedimos?, que nos quieran, ser alabados por los demás, ser tenidos en cuenta. Quien te halaga, dicen los padres de la iglesia, es tu enemigo. ”¡Hijo de David ten compasión de mí!”, gritaba el ciego. Ojalá podamos gritar, porque “gritar” significa rezar desde el fondo de nuestro corazón, pedirle que tenga compasión de nosotros. “Muchos regañaban al ciego para que se callara, pero él gritaba mucho más fuerte todavía ¡Hijo de David ten compasión de mí! Jesús se detuvo y dijo: Llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole: Ánimo levántate que te llaman. Soltó el manto de un salto y se acercó. Jesús le dijo: ¿Qué quieres que haga por ti? Y el ciego respondió: Maestro que pueda ver, y Jesús le dijo: Anda tu fe te ha salvado. Y recobró la vista y lo seguía por el camino”. Hermanos, estamos ciegos porque no vemos que toda nuestra historia de vida está bien hecha, no vemos que Dios nos ama, no contemplamos el poder de Jesucristo; gritemos desde el fondo de nuestro corazón a Jesús, que él nos puede quitar nuestras cegueras, nuestras impotencias y el no poder amar. Que el Señor os de su Espíritu Santo a aquellos que deseáis esto desde el corazón, ofrécele al Señor tus pecados, tu ceguera y él te curará.

+ Que el señor os bendiga con su paz.

Mons. José Luis del Palacio

Obispo E. del Callao

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