Sábado, 21 de septiembre de 2019

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Mi Madre y el Papa Francisco

El siete de enero del 2015, el Papa Francisco  dedicó su catequesis a las madres, dentro del tema de la familia.

   Su lectura me ha impresionado. Es posible que las circunstancias también influyan.

   Mi madre murió el 4 de enero del 2015. Con 103 años. Once días le faltaban para cumplir los 104. Era una mujer recia. Madre de 12 hijos en su matrimonio. Nacida en Hontalbilla, provincia de Segovia, entre pinares y tierra de pan llevar. Segó con hoz la cebada y el trigo de sus campos; no se quedaba rezagada cuando tomaba el surco con los hombres que ayudaban en casa.

    Cuando uno acaba de perder a su madre suenan a gloria y a verdad las palabras del Papa: “En la familia está la madre. Cada persona humana debe la vida a una madre, y casi siempre le debe mucho de su existencia sucesiva, de su formación humana y espiritual. La madre entretanto, si bien es muy alabada desde el punto de vista simbólico, tantas poesías, tantas cosas bellas se dicen de la madre…, es poco ayudada en la vida cotidiana, poco considerada en su rol central de la sociedad. Más aún, muchas veces se aprovecha de la disponibilidad que tienen las madres de sacrificarse por sus hijos, para <> en el gasto social.

   Sucede también en la comunidad cristiana; la madre no siempre es tenida en la debida consideración, es poco escuchada. Si vienen el centro de la vida de la Iglesia está la madre de Jesús. Quizás las madres, prontas a tantos sacrificios por los propios hijos, y no raramente también por los otros, deberían ser más escuchadas”.

   Mi madre, con su vida, responde perfectamente a esa madre con hijos que siempre tiene trabajo y problemas. Muerto mi padre, ayuda a mi hermano viudo para educar a sus cuatro hijos.

   Son ellas, atentas y cariñosas, las que se desgastan por los hijos y los nietos. Odian las guerras; muchas veces han ofrecido sus hijos por la paz.

   El Papa cita unas palabras del Arzobispo Óscar Romero que pueden aplicarse a mi madre: “Todos debemos estar dispuestos a morir por nuestra fe, si el Señor nos concede este honor… Dar la vida no significa solamente ser asesinados; dar la vida, tener espíritu de martirio es dar en el propio deber, en el silencio, en la oración, en el cumplimiento honesto del deber; en aquel silencio de la vida cotidiana; dar la vida poco a poco. Sí, como la da una madre que sin temor y con la simplicidad del martirio materno, concibe en su vientre a un hijo, lo da a luz, lo amanta, lo hace crecer y lo atiende con afecto. Eso es dar la vida. Y estas son las madres. Es martirio”.

   Mi madre manejaba las agujas del ganchillo de manera admirable. Creo que son 22 las colchas con dibujos que ha realizado. Con dibujos sacados de internet, o descubiertos por ella. Y ella, que justo sabía leer y escribir dejaba el dibujo perfecto en su colcha.

   Las madres transmiten, muchas veces, también el sentido más profundo de la práctica religiosa: en las primeras oraciones, en los gestos de devoción que un niño aprende, está escrito el valor de la fe en la vida de un ser humano. Es un mensaje que las madres creyentes saben transmitir sin tantas explicaciones: estas llegarán después, pero la semilla de la fe está en aquellos primeros y preciosísimos instantes”.

   En una economía doméstica, he conocido como  desde el vellón cortado a las ovejas, convenientemente lavado y preparado, hacer el hijo en las lanzaderas y confeccionar jerseis y calcetines. Todo lo realizaba mi madre. Igual que el pan en el cocedero de la señora Alejandra. Cuántas noches me quedaba con ella. Ella, dale que dale a las agujas y yo leyendo en alto los ejemplos del “Mi Jesús” del P. Rivera. Hoy me parece que allí nació mi vocación sacerdotal.  Y se mantuvo por la cantidad de rosarios que rezó. Novenas a la Virgen del Henar, etc.

    Concluye el Papa: “Queridas mamás, gracias, gracias por lo que son en las familias y por lo que dan a la Iglesia y al mundo. Y a ti amada Iglesia gracias, gracias por ser madre; y a ti María, madre de Dios, gracias por hacernos ver a Jesús. Y a todas mamás aquí presentes, y que se encuentran ya con el Señor, les saludamos con un aplauso”.

 

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