Lunes, 22 de julio de 2024

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Reflexionando sobre el Evangelio

¡Baja del Sicómoro! Me necesitas.

¡Baja del Sicómoro! Me necesitas.
Baja del Sicómoro

por La divina proporción

Hoy en día es sencillo evangelizar, muy sencillo. Lo podemos hacer todos a través de los medios digitales que nos saturan de todo tipo de información. Información que a veces es falsa y que genera un ruido informativo-formativo considerable. Las redes sociales nos permiten que lancemos la Buena Noticia de forma constante y ubicua. Es la panacea que siempre ha soñado la Iglesia, pero no nos parece realmente eso. Las redes están llenas de mensajes cristianos de todo tipo, tendencia y color.

Existen miles de portales digitales repletos de noticias, comentarios, artículos o entrevistas evangelizadoras. Existen miles de bibliotecas digitales con libros maravillosos. Libros que siempre quisimos leer.  Si esto no nos parece suficiente, podemos editar libros digitales. Podemos grabar videos cortos o largos y disponerlos para que cualquiera pueda verlos. Podemos hacer podcast o transmitir videos en directo, si queremos. ¿Entonces qué pasa? Tenemos  tanto y nos parece que nada funciona realmente.

El problema de la evangelización es el mismo que el siglo I. Lo podemos leer en los Hechos de los Apóstoles. San Pablo llegó a Atenas e ideó una forma revolucionaria de evangelizar. Subir el Areópago, señalar la estatua al dios desconocido e identificarlo con Dios. ¿Qué pasó? Al principio, los atenienses estuvieron atentos escuchando el discurso, pero...

Cuando oyeron hablar de resurrección de muertos, unos lo tomaron a burla. Y otros dijeron: — ¡Ya nos hablarás de ese tema en otra ocasión! Así que Pablo abandonó la reunión. Sin embargo, hubo quienes se unieron a él y abrazaron la fe; entre ellos, Dionisio, que era miembro del Areópago; una mujer llamada Dámaris y algunos otros.(Hch 17, 32-33)

Pocos conversos para tantas personas que escucharon el mensaje. ¿No es eso justamente lo que nos sucede hoy en día? La Buena Noticia se acepta cuando la necesitamos y tenemos la valentía de dejar que el Espíritu Santo actúe en nosotros. ¿Quién tiene, hoy en día, tiempo para Dios cuando hay cientos de series de TV maravillosas y millones de videos divertidos en las redes sociales? En el siglo I y en el XXI, el Mensaje Cristiano dejaba y deja, indiferente a la inmensa mayoría de las personas. ¿Nos extraña eso? Porque a veces parece que medimos el éxito por llenar auditorios de personas que desaparecerán en unos meses.

Si la cantidad no es lo que buscamos ¿Para qué evangelizamos entonces? Principalmente se evangeliza porque fue un mandamiento directo de Cristo: Id por todo el mundo; y predicad el Evangelio a toda criatura. (Mt 16, 15). ¿Por qué nos envía el Señor a evangelizar si es tan complejo llegar a las personas? Lo hace tanto por las pocas personas que aceptarán la Buena Noticia, como por nosotros mismos. Evangelizar conlleva docilidad al Señor y abrir nuestro ser al Espíritu Santo. El Paráclito nos llama a abrir nuestro ser a su acción mediante la evangelización. Nos llama a hermanarnos y conformar una sola Iglesia que hable una única lengua que sea entendida por todos. Una lengua que sorprenda porque es herramienta de Dios para transformarnos. 

Tristemente las redes y canales católicos llegan a pocas personas. En la sociedad no se habla de Dios en ninguna parte. Es un tabú. Tememos hablar porque genera controversia incluso dentro de la misma Iglesia. Preferimos callar y dedicarnos a cultivar la liviana filantropía aséptica que tanto gusta a la sociedad actual. ¿A qué tememos para vivir callados y sumisos al entorno social que nos rodea?

No les temáis, pues; porque nada hay oculto que no sea revelado, ni secreto que no sea sabido. Decid a la luz lo que os he dicho en la oscuridad, y predicad sobre los más alto de la casa lo que vuestros oídos han oído. Y no temáis a aquéllos que matan al cuerpo, mas no pueden matar al alma, sino antes bien, temed a aquél que puede arrojar al infierno al cuerpo y al alma. (Mt 10, 26-28)

¿Quién arroja el alma y el cuerpo al infierno? Sin duda es el enemigo, aunque hoy en día nos guste olvidarnos de él y pensar que con ser "buenas personas" es más que suficiente. Si fuera suficiente, por qué nos pidió el Señor que  predicáramos el Evangelio a toda criatura. Lo habitual es Evangelio para ajustarlo a lo que es cómodo en cada momento social. Ha pasado en todas las épocas. Esto ha pasado siempre y seguirá pasando. El pecado original nos lleva a querer ser como Dios y recrear el universo a nuestra imagen y gusto.

Simplemente, no hacemos caso alguno al Espíritu Santo. Preferimos ignorar la llamada que Cristo hace a nuestra puerta (Ap. 3, 20-21). ¿Puerta? ¿Qué puerta? El problema es que la realidad social y eclesial que vivimos, nos termina por desgastar y desesperar. ¿Dónde está la Esperanza? La Esperanza es el aceite que necesitamos para esperar al Novio (Mt 25, 1-13), en la noche cerrada de nuestra vida. Las doncellas sensatas, guardan el aceite que permite encender la lámpara que ilumina y guía. Las doncellas sensatas no guardan la luz bajo la cama (Lc 11,33). ¿Dónde guardamos la Esperanza en nosotros? Es muy complicado guardarla porque estamos rodeados de activismos y emotivismos inmanentes, de moda y mundanos. Pero el Novio llegará y nos daremos cuenta de nuestros aciertos y errores. Entonces será "el llanto y crujir de dientes". ¿Llanto y crujir de dientes? ¿Quién usaba esta descriptiva frase?

¿Dónde encontrar esa Esperanza que hemos perdido? Buena pregunta, porque cada vez es más complicado encontrar la fuente de Agua Viva que apaga la sed para siempre (Jn 4, 1-26). Se lo comentó a Zaqueo (Lc 19, 1-10), pidiéndole que se bajara el Sicómoro. Su misión no era ser espectador. Como tanto nos gusta ser hoy en día. Debía alojarlo en su propia casa. Ser protagonista en primera persona. El Señor También se lo dijo a Nicodemo:

Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Jesús respondió: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de Agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. (Jn 3, 4-6)

¿Renacer? ¿Qué es renacer? Zaqueo renació al bajar del árbol y atender a Cristo. ¿Hacemos nosotro eso? Quizás preferimos ser espectadores que aplauden o pitan. Cristo también se lo comentó a la Samaritana, cuando se encontraron en el pozo de Jacob:

Respondió Jesús y le dijo: Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado Agua Viva. Ella le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo del cual bebió él mismo, y sus hijos, y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna. (Jn 4, 10-14)

La Esperanza es el Agua Viva que nos permite acceder a la vida eterna. El Agua Viva es la Buena Noticia que nos debería llenar de Esperanza. ¿Nos llena de Esperanza el Evangelio? A lo mejor lo recortamos y adaptamos, para que nos guste más. Lo triste es que un Evangelio recortado y adaptado conlleva atrancar la puerta y no abrir la puerta al Espíritu. ¿Por qué digo esto? Volvamos al inicio. Lo poco que escuchamos en la oscuridad, nos da miedo proclamarlo desde los techos (Mt 10, 26-28). Más bien preferimos no escuchar nada. Taparnos los oídos. Procurar que el Evangelio no nos despierte del cómodo letargo que la sociedad actual nos induce a seguir. Por eso los atenienses se ríen de San Pablo en el Areópago y prefieren seguir con su vida cotidiana. Por eso, nueve leprosos no vuelven a Cristo tras ser curados (Lc 17, 11-19). El joven rico, vuelve a casa cabizbajo y sin ánimo alguno (Mc 10, 17-22). Seguir a la Verdad conlleva morir a sí mismo para dejar que la Verdad tome el mando de nuestra vida. ¿Verdad? ¿Y qué es la Verdad? Seguro que Pilatos pensó mucho tiempo esta pregunta, pero temió darle una respuesta.

Sin duda alguna, nos pasa como a las doncellas insensatas. Lo triste es que lo sabemos y no nos importa.

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