Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Tres hospitalarios madrileños

por Victor in vínculis

Cuando el 25 de octubre de 1992 fueron beatificados 71 hermanos de San Juan de Dios, el Cardenal-Arzobispo de Madrid, Monseñor Ángel Suquía Goicoechea, pronunció para la radio dos charlas sobre los tres mártires de Madrid: los Beatos Isidoro Martínez Izquierdo, Jesús Gesta de Piquer y Ramón Touceda Fernández.
 
Ángel Suquía, originario de la localidad guipuzcoana de Zaldivia, donde nació el 2 de octubre de 1916, ingresó en el Seminario Menor de la misma provincia en 1927; inició sus estudios en el Seminario Mayor de Vitoria en 1931. Fue movilizado al estallar la guerra civil. Y cuando en 1939 viajó al Monasterio Benedictino de María-Laach, en Alemania, para estudiar Liturgia, tuvo que regresar rápidamente a España, en vista de la guerra mundial. Fue ordenado sacerdote a la edad de 23 años. Se doctoró en Teología en la Universidad Gregoriana (Roma). Fue rector del Seminario de Vitoria. Nombrado Obispo de Almería en 1966, a los tres años fue trasladado a la diócesis de Málaga. En 1973 fue nombrado arzobispo de Santiago de Compostela, sede que ocupó hasta que en 1983 fue nombrado arzobispo de Madrid-Alcalá. También está en el recuerdo de los fieles el año 1982, cuando el prelado organizó y celebró el Año Jubilar en Santiago de Compostela: el 9 de noviembre recibió a Juan Pablo II en la sede compostelana. Fue creado cardenal en 1985. Durante dos trienios presidió la Conferencia Episcopal Española, cargo que ocupó de 1987 a 1993. El 15 de junio de 1993 también recibió al Papa Juan Pablo II, esta vez en Madrid, en su IV visita a España. Ese mismo día, el Santo Padre dedicó la Catedral de la Almudena. Falleció el 13 de julio de 2006 y recibió sepultura en la Capilla de San Isidro de “su” Catedral.
 
 
Vidas cortas, pero ricas y fecundas
 
El domingo 25 de octubre de 1992, Juan Pablo II beatificó en la Plaza de San Pedro a 123 nuevos beatos. De ellos, 71 pertenecían a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y 51 a la Congregación de misioneros del Corazón de María. Todos ellos murieron mártires en la guerra civil española. También beatificó en la misma ceremonia, a una virgen seglar ecuatoriana: Narcisa de Jesús Martillo Morán. Digamos, en primer lugar, algo de sus vidas.
 
Jesús Gesta de Piquer era novicio cuando murió el 30 de noviembre de 1936 a los 21 años de edad. Educado en el seno de una familia cristiana, perteneció a la Acción Católica de las parroquias de San Ginés y de San Martín, frecuentando los suburbios de las Ventas y de Vallecas. El 24 de noviembre ingresó en la Orden Hospitalaria considerando su vocación como “una merced que Dios le había hecho”. Hecho prisionero, manifestó siempre paciencia y ansias de martirio ayudando en todo lo que podía a los mayores. En la cárcel fue visitado por el embajador de Chile y se opuso a toda posible gestión por su liberación; decía que “nunca se separaría de sus hermanos, los demás religiosos encarcelados”. También en la cárcel compuso un sencillo ejercicio de piedad como reparación y para alcanzar la conversión de los milicianos. Murió fusilado al grito de ¡Viva Cristo Rey!
 
Ramón Touceda Fernández nació en la popular calle de Leganitos. Durante su infancia frecuentó el colegio de las Hermanas de la Caridad y la iglesia de los Padres Jesuitas de la calle Flor, teniendo como confesor a San José María Rubio, jesuita. Con 24 años ingresó en la Orden Hospitalaria. De carácter sencillo se distinguía por su jovialidad, optimismo y comprensión, que ponía al servicio de su entrega hospitalaria. Todas las noches hacía una hora santa delante del sagrario, pues decía: “más valen cinco minutos en silencio al pie del sagrario que horas enteras buscando el consuelo entre los hombres”. Tenía además un especial carisma para atender a los moribundos. A pesar de su arresto, el 8 de agosto de 1936, no quiso separarse, a pesar de sus intimidaciones, de sus hermanos en religión. En la cárcel corregía sin respeto humano a los blasfemos, por lo que “sufrió muchas vejaciones de los carceleros… que le incitaban a blasfemar; pero decía que prefería morir mil veces antes que ofender a Dios”. El día del martirio, 30 de noviembre de 1936, dicen los testigos que “era consolador ver lo contento que iba”.
 
Isidoro Martínez Izquierdo nació en Madrid el 9 de abril de 1918. Pertenecía a la parroquia de Santiago y San Juan Bautista. Vivió sin mayores ideales hasta los diecisiete años en que, como fruto de una especial reacción religiosa, ingresó en la Orden Hospitalaria donde se consagró con todas sus fuerzas al ejercicio de la hospitalidad entre los enfermos del Sanatorio Psiquiátrico de Ciempozuelos. Le faltaban tan solo dos meses para emitir los votos religiosos, cuando fue apresado y encarcelado en San Antón, de Madrid. Durante los casi cuatro meses de cárcel se le veía frecuentemente en recogimiento y actitud de oración. Al ser nombrado en la lista de la muerte del 28 de noviembre, convencido de ser su último momento, se despidió con un sentido “hasta el cielo”, entregando su vida con dieciocho años.
 
Las vidas de estos tres mártires son vidas cortas, pero ricas y fecundas. Vidas bien aprovechadas en el servicio de los enfermos, en la entrega de sí y en testimonio valiente en el martirio. Sorprende en todas ellas la decisión de ser fieles a Cristo por encima de cualquier prueba y dificultad. Y sorprende, sobre todo, el ejercicio de la virtud de la fortaleza con que se enfrentan a la muerte.
 
El martirio, en efecto, es la prueba más rotunda de la fuerza de Dios. Decía Santo Tomás que se necesita más valor para soportar los acontecimientos que para superarlos. Soportar con paciencia y con gozo la prueba del martirio es el testimonio de la presencia de Dios. La fuerza de Dios, dice el prefacio de los mártires, se hace patente en la debilidad de los mártires. En la vida de estos tres nuevos beatos lo que se manifiesta, en primer lugar, es ciertamente el poder y la fuerza de Dios. Por eso, los mártires son uno de los dones más preciosos que Dios hace a su Iglesia. En ellos, hasta los mismos verdugos descubren una invitación a pensar en lo que se revela más allá de la muerte.
 
En primer lugar, nos recuerdan que la Iglesia es santa. Con mucha frecuencia, se habla de los pecados que cometemos los hombres que formamos la Iglesia. La Iglesia, formada por hombres pecadores, sufre y padece con dolor y humildad el pecado de sus hijos. Y lucha para que ese pecado desaparezca. Pero, curiosamente, los mismos que resaltan el pecado de quienes forman la Iglesia, parecen olvidar la santidad de muchos de sus hijos. Ahí está el testimonio de los santos. Un testimonio, que bien mirado, es capaz de derretir con su fuego las obras del pecado. ¿No dijo Dios que tendría piedad de Sodoma y Gomorra si hallase entre sus habitantes diez justos? ¿No quiere esto decir que puede más el bien –aunque sea el de unos pocos- que el mal de todo un pueblo? La Iglesia es un pueblo de santos, y cuando alguno de sus hijos es elevado a los altares, se goza porque ve realizado en ellos su más íntima esencia.
 
Mártires jóvenes
 
En segundo lugar, quiero resaltar que los tres nuevos beatos son jóvenes: 18, 21 y 32 años tenían Isidoro, Jesús y Ramón cuando padecieron el martirio. Hermoso ejemplo para los jóvenes de hoy. En la juventud -la de ayer, la de hoy y la de mañana- siempre ha habido generosidad, entrega y la audacia que se necesita para ser santo. No me gusta nada cuando se generaliza y se dice que los jóvenes de hoy son anodinos y sin sustancia. Estoy seguro que hay entre ellos muchos en potencia y -¿por qué no?- algunos en acto. Jóvenes que quieren ser santos.
 
Los tres nuevos beatos pueden ser para los jóvenes de nuestro Madrid un aliciente poderoso.
 
Isidoro no tenía grandes ideales en su primera juventud. Un cambio en su vida le llevó a plantearse su entrega a Dios y a los hombres. ¡Cuántos jóvenes de hoy necesitan tan solo un buen empujón de Dios, un golpe de su gracia! Dios haría maravillas con ellos.
 
Jesús Gesta de Piquer era un joven comprometido con la Acción Católica, ilusionado por llevar a lo suburbios la buena noticia del Evangelio. ¡Queridos jóvenes! La Acción Católica os ofrece también hoy la posibilidad de formaros, de integraros en las parroquias y en la Iglesia Diocesana, de servir a la Iglesia con fidelidad. Animaos, y ya veréis cómo la Iglesia os cautiva y apasiona, y cómo es capaz de llenar vuestra vida por completo.
Ramón Touceda se dejó guiar por la mano sabia de san José María Rubio y descubrió su vocación al servicio de los hombres. Su intenso amor a la Eucaristía le hizo comprender que no hay tiempo mejor gastado que el que se pasa ante el sagrario. ¡Buscad a Jesucristo, jóvenes; buscadlo en la Eucaristía, escuchad su voz, dejaos enamorar por él, y ya veréis qué cambios radicales experimenta vuestra vida! Y no descuidéis esa escuela de formación cristiana que es la dirección espiritual. En ella, no solo encontraréis a Jesús en el sacerdote amigo, sino que irá madurando vuestra fe, vuestra vocación y destino.
 
Fe, vocación y destino. Tres hermosas palabras que deben resonar en el corazón de los jóvenes. Cuidad la fe, cultivadla con sabiduría. Creced y madurad en ella. Es el soporte de toda vuestra vida. Por la fe dieron su vida los tres mártires que enriquecen a la Iglesia de Madrid. Enriquecedla también vosotros, dando testimonio de vuestra fe, sin miedos ni vergüenzas, entre vuestros amigos y compañeros. Contagiadla con vuestra alegría y cread verdaderos grupos de amigos cristianos que cambien la sociedad y los ambientes.
 
Vocación. Plantearos seriamente qué es lo que Dios quiere de vosotros sin tener miedo a que Dios lo quiera todo. ¿No es la vida el mejor regalo de Dios? Entonces, ¿por qué no darlo a Dios totalmente? Los tres mártires eran jóvenes, tenían toda la vida por delante. Sin sospechar que sería segada por el martirio, la dieron sin condiciones y se entregaron al servicio de Dios y de los hombres. Dios les concedió la palma del martirio; pero ellos ya le habían dado la vida con toda radicalidad. Preguntaos ante Dios qué queréis hacer con la vuestra y si os llama a daros por entero.
 
Destino. ¿Quién no sueña con su futuro, con su destino? ¿Qué joven no sueña con su futuro, con su destino? ¿Qué joven no lo ve lleno de posibilidades, fecundo en realizaciones? Aspirad a un destino fecundo, lleno de felicidad. No os contentéis con medianías. Pero no os dejéis engañar por lo fácil y lo cómodo. Los mártires os hablan de actitudes heroicas, de radicalidad en la entrega, de servicio sin condiciones. Los mártires os hablan, sobre todo, de fuerza espiritual, de tesón en la fortaleza, de fidelidad. Y de amor indestructible a la Verdad, que es Cristo. Entonces no temeréis al destino, no os dejaréis engañar por la vanagloria. Viviréis vuestra vida con la responsabilidad de quien solo la vive una vez, siguiendo los pasos de Cristo, para gloria de Dios y bien de los hombres.
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