Martes, 17 de mayo de 2022

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La santidad en la tradición dominicana : 3. Maister Eckhart

por Contemplata aliis tradere

 



Maister Eckhart,  nos dice: “No son las obras las que nos santifican sino que debemos santificarlas nosotros a ellas. El maestro Juan Eckhart (12601327) se expresa con una terminología muy complicada que le llevó a algunos juicios y condenaciones siendo la principal  la que hizo el Papa Juan XXII en 1329. Habla mucho del dejamiento o Gelassenheit, en manos de Dios, para que nos pueda ir separando de las criaturas y se dé así la divinización del alma por el nacimiento místico en ella del Hijo de Dios. Era un místico de tendencia iluminista por más que emplee la razón para conocer a Dios. Actualmente está muy estudiado y rehabilitado.

Eckhart nació cuando Santo Tomás estaba en la plenitud de su magisterio. Continúa la tradición dominicana en la que la acción salvífica viene de Dios. Por eso, para él, el quehacer del hombre y su esfuerzo no llegan a nada en orden a la salvación. Las obras no tienen ningún valor de santificación sino que debemos nosotros santificarlas a ellas.

        Hay una larga y arraigada tradición espiritual según la cual el don del Espíritu Santo, es decir, la santidad viene por el crecimiento de las virtudes.  En realidad este lenguaje choca con el del evangelio. Allí el Reino de Dios, o sea el don de Dios, está reservado a los sencillos y a los pequeños y pobres que se dejan hacer y nacer de nuevo. Eckhart lo explica de otra manera que la tradición. Para él no hay un paso automático de la virtud al don sino que es éste el que tiene que redimir la malicia de la virtud que siempre lleva adherida restos de humanidad y de esfuerzo. Es necesario hacerlas mucho más gratuitas para no caer en el fariseísmo y en el protagonismo de la propia salvación. Con otras palabras las virtudes hay que convertirlas en frutos del Espíritu. Por eso dice que no son las obras o las virtudes las que nos santifican sino que debemos nosotros santificarlas a ellas.


Tanto él como sus discípulos Taulero y Enrique Susón no están canonizados por sospechas de la Inquisición. Sin embargo, el paso del tiempo no ha hecho nada más que acrecentar su importancia. Ahora bien, a nosotros nos interesan estos personajes como testigos de la tradición dominicana en la que la santidad consiste en mirar a Dios y contemplarle. Uno de los lemas de la Orden es contemplata aliis tradere, es decir, dar a los demás lo contemplado. El dominico valora las virtudes y esfuerzos humanos que ya en lo puramente humano forman personalidades consistentes. Además estas virtudes humanas cuando son elevadas por la gracia al orden sobrenatural son de gran merecimiento y santidad. En una buena formación no puede faltar esta parte de formación humano espiritual. Ahora bien el principio de la santidad no está en ellos sino que es gracia y gratuidad. Pueden ser, de alguna forma, reflejo de la santidad pero no principio y causa de ella. Por eso, estos hombres afincan su máximo interés en la perspectiva de la gracia. El mismo pecado, visto desde la gracia, no se ve con el morbo atribulado de la condenación. Como diría San Pablo: Si uno quiere vivir de la gracia, el pecado que comete por debilidad, no le pesa ni tiene dominio sobre él; se le trasforma en cruz.


De ahí que Eckhart tuviera ciertos problemas al llevar este pensamiento hasta el extremo. En su estilo apofático o cotradictorio dice por ejemplo: En toda obra mala, tanto de pena como de culpa, reluce y se manifiesta la gloria de Dios, ya que la luz resplandece en las tinieblas (Exp. In Joh.,LW III, 494). Más adelante sigue diciendo: Así mismo, cuando uno blasfema al mismo Dios, cuanto más blasfema más gloria da a Dios, ya que la blasfemia al Dios de cada uno lo que hace es ensalzar al Dios inmenso e incognoscible. Es cierto que en una blasfemia el que queda en ridículo es el blasfemo. Igualmente dice: El que pide “esto” o “aquello”, pide malamente algo malo, porque la multiplicidad le aleja del Uno que es el Bien (Ibid. 611). Por eso el carismático, cuando ora en lenguas, se junta con el Uno, porque no pide nada en concreto para dejar que Dios, que conoce lo que es bueno, actúe.    

 

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