Miércoles, 17 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Confusión


El desconocimiento afecta a lo que pasa y al alcance de lo que pasa. Pero el desconocimiento no es casual. Es batalla cuya arma se llama confusión. Esto lo conocemos por la ciencia política desde hace ya centurias pero lo cierto es que el siglo pasado fue maestro reputado en la ciencia de la confusión y nuestros días le siguen a la zaga como discípulo aventajado. Porque a diferencia de los conflictos que golpearon la tierra el siglo anterior hoy nos encontramos inmersos en un mar global de datos contradictorios, medias verdades, mentiras manifiestas y provocaciones. Y es que si ayer las ideologías luchaban por el control de un mundo que se antojaba infinito en recursos y riqueza, hoy el cúmulo de dificultades, la desproporción de los problemas para con la capacidad técnica de solucionarlos y el inicio del derrumbe de un sistema que se creía eterno está llevando a los que gobiernan los pueblos al juego sistemático de la confusión. Y es de tal medida y alcance la labor de confusión que el fruto se antoja perfecto y logrado: el desconocimiento global.


¿Quienes controlan los gobiernos las finanzas, las corporaciones… son conscientes de la gravedad de cuanto pasa económicamente? Porque podría parecer que las opiniones son contrarias. Que no todos lo tienen claro, que lo que para unos es cuestión de años, para otros de lustros, o lo que para unos hay que ir por la senda del gasto público, para otros por la senda de la austeridad. Para, paradojicamente, acabar llegando a la conciencia global que esa confusión es aparente, que hay soluciones posibles, que hay remedio oportuno, pero que el enfrentamiento dialéctico lo es sobre los enfoques de su aplicación, que en el fondo habrá de “verse la luz” que nos vuelva a la senda de la riqueza.


Esto es lo que la confusión provocada deja oír: “habrá remedio”. Como la canción que debe sonar mientras entre bambalinas se prepara el siguiente escenario. Y que esto es así, que se prepara el siguiente escenario, lo dejan ver los hechos aislados de la música pretendida. De una crisis que “no era tal” al todo es crisis. De una crisis que “ha tocado fondo” a reconocer que no se sabe hasta cuándo. De proyecciones de escenarios económicos de dificultad anuales a manifestar que podemos hablar de década perdida… Es decir, la confusión ha ido llevando a las poblaciones a aceptar no sólo escenarios cada vez más grises, sino a tomar por válidas medicinas que no son sino preparación de otra peor. Y así hasta la subida del telón con el nuevo escenario ante nuestros ojos, ya manifiestamente en los hechos, porque las palabras querrán cargarlas de la retórica de la mentira.


¿Y qué escenario es ese? ¿Qué se nos prepara para un tiempo no lejano? Ciertas noticias publicadas por medios alternativos abren escenarios nada halagüeños pero llamativamente coincidentes. Desde hace algunos años (con el inicio de la crisis) se ha ido conociendo la innovación en el armamento de los cuerpos antidisturbios de diversos países. Llamó la atención especialmente ese cañón de microondas capaz de “freír” a manifestantes hasta una distancia de un kilometro, pero no deja de ser signo del panorama previsible que las viejas ciudades europeas han empezado a ejemplificar.


Sin embargo en estas últimas semanas la tinta que ha de dibujar el escenarios del mañana se ha tornado más negra si cabe, saliendo a la luz una serie de “medidas” legislativas, militares y de seguridad que no anticipan nada nuevo. Así por ejemplo el ejercito suizo -no el de la guardia vaticana, sino el nacional- llevó a cabo este pasado mes de septiembre el programa de ejercicios militares llamado STABILO DUE basado en la futura inestabilidad de una unión europea desintegrándose. Por su parte los Estados Unidos aprobaban recientemente una extraña norma con el título Ley de Planificación de muertes en masa y consideraciones religiosas, la H.R. 6566, en virtud de la cual se enmienda la Ley de Seguridad Nacional de 2002 de tal modo que se atribuyen mayores competencias a la FEMA (la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias), como recoge la sección tercera (titulada “preparación para muertes masivas como resultado de un desastre natural, actos de terrorismo u otro desastre causado por el hombre”) al atribuirse a dicho organismo “la coordinación y orientación… para prepararse y responder a un desastre natural, actos de terrorismo u otro desastre causado por el hombre que den lugar a muertes masivas.”


Como si se constatase la incapacidad de continuar con el sistema por mucho tiempo. Como si se aceptara que su desmoronamiento estuviera en curso y, simplemente, se tratase de encauzar el colapso. Y esto es, de entrada, terrible por cuanto la única causa legítima que se trata de salvar es el sistema mismo. Y así, si siglos anteriores enfrentaron choques de civilización y, por tanto, decálogos morales, desgraciadamente nuestra actualidad ha optado por mantener un sistema universal en el que el decálogo son los 10 antimandamientos, y por ello, donde el ser humano, en su dignidad y grandeza, es objeto de desprecio en un lado como en otro del globo -salvo en cuanto sea útil a la perdurabilidad de ese mismo sistema-. Porque la confusión en la que se desarrollan estos tiempos presentes impide observar donde está hoy la batalla, el choque, que no es entre civilizaciones –que casi ya no existen, tal es la uniformidad del globalismo sin precedentes- sino entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte; entre la ciudad de Dios o la ciudad del hombre; entre la voluntad de Dios o el endiosamiento del hombre. Y es de tal grado esta batalla que la misma Iglesia se tambalea azotada desde dentro y desde fuera.


Ciertamente dentro de la Iglesia la confusión adquiere un rostro más humano por cuanto juega con el “optimismo, pero en el fondo no deja de ser confusión. Y así, tal es el desconocimiento de la fe, de la doctrina, que la confusión permite campar a sus anchas cualquier herejía sin que se adquiera consciencia del mal. Y esa es la gran confusión que reina en la Iglesia: el creer que todo vale, que todo es lo mismo. Confusión que no podría haberse extendido sin el uniforme sentimiento de optimismo que sigue vivo en la Iglesia, aún ante la constatación diaria del languidecer de la fe en naciones antaño cristinas. Optimismo que uno no alcanza a comprender viendo como el demolimiento silencioso de las verdades de la fe sigue en pié y activo.


El panorama no es alentador. Más bien intimida. Y en momentos en los que ciertas noticias parecen confirmar que tampoco es alentador lo que se trama uno podría perder la confianza. Y esa es una de las clave en las técnicas de confusión actuales: el que pase lo que pase se ponga toda la confianza en los “expertos”, porque ellos "sabrán". Y esto, ¿acaso no es de nuevo caer derrotados en esa batalla de ideas que pretende que Dios le sobre al mundo, que no tenga nada que decir? Porque contra toda desesperanza se yergue una verdad que no debe ser ofuscada por el peor de los escenarios posibles: que al final ha de triunfar el Corazón de María.


Por eso encontré gran consuelo en las palabras que santa Rosa de Lima, patrona de América, dirigió a su confesor, y posteriormente a su madre, hablándoles de la voluntad de Dios y sus promesas.


“¿Por qué dudaréis, padre mío, después que Dios ha tenido a bien manifestar Su voluntad? Contad y calculad como os agrade el número, el crédito y la autoridad de los contrarios; añadid a ello la contradicción de toda nuestra América y del universo entero; y no olvidéis tampoco los esfuerzos del infierno para impedir una obra santa, que ha de servir a la salvación de muchas almas: yo no temo aseguraros de nuevo, y sin la más ligera duda, que el suceso se cumplirá a su tiempo, y con todas las circunstancias que os he dicho.”


“Si yo pusiera mi confianza en los hombres, mi imprudencia o temeridad sería un sueño; la empresa de que se trata sería imposible: más ha de saber usted, madre mía, que yo he colocado mejor mi confianza: tengo por garante al dueño de todo, y que todo lo puede: esta ha de ser obra de Dios; Él me lo ha dado a conocer y me manda revelarlo para gloria suya. ¿Podré yo dudar de la fidelidad de su palabra o la extensión de su poder?




x cesaruribarri@gmail.com



 
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