Martes, 18 de junio de 2019

Religión en Libertad

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Limosna, oración, ayuno

por Daniel Torres Cox

El tiempo de Cuaresma es un tiempo de conversión, de volver a poner a Dios en el centro en orden a la preparación para la Pascua. Y es un tiempo litúrgico en el que se nos proponen tres prácticas concretas: limosna, ayuno y oración. Esas prácticas eran también frecuentes en tiempos de Jesús, y Él enseña a sus discípulos de entonces —y a nosotros hoy— cuál es el espíritu con el que deben ser practicadas. En su enseñanza, distingue dos maneras. Está la manera de “los hipócritas”, que hacen estas cosas “delante de los hombres” para ser vistos y reconocidos por ellos. Y está también la manera de sus discípulos, a quienes invita a practicarlas en secreto, delante de Dios. “Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mateo 6, 4)

Limosna

“Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mateo 6, 3-4) La limosna, lejos de ser un acto de autoafirmación, es un acto de humildad. No es algo que uno hace para demostrar —a uno mismo o a otros— cuán bueno es, sino todo lo contrario. Se trata de reconocer que todo lo que tengo me viene de Dios, y seguramente no lo merezco. No se trata de juzgar la necesidad del otro, sino de dar con generosidad, imitando la generosidad que Dios tiene con cada uno de nosotros.

Nótese que la limosna no se agota en dar dinero al que lo pide. Santo Tomás identifica la limosna con las obras de misericordia, tanto espirituales cuanto corporales (II-II, q32, a2, c). Es decir, limosna es hospedar a alguien, o visitarlo si está enfermo o preso, como también destinar algo del propio tiempo para enseñar, escuchar con atención para dar algún consejo, o soportar con paciencia los defectos de los demás. Uno encuentra la lista de todas si las busca por internet, pero no son un número cerrado. En el fondo, se trata de practicar el amor al prójimo por amor a Dios: le demuestro a Dios cuánto lo amo amando a aquellos por quienes Él también se entregó.

Oración

Uno podría pensar que la oración es el fundamento de las obras de misericordia. “Me lleno de Dios en la oración para entregarlo a los demás con las obras.” Esto es cierto, pero se puede ver también en un sentido inverso, que es complementario. En el pasaje en cuestión, Jesús enseña acerca de la oración después de hablar de la limosna, dando a entender que el amor al prójimo es también un camino privilegiado para crecer en el amor a Dios. Sin duda está de fondo el pasaje de 1 Juan 4, 20: “Si alguno dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” ¿Quieres crecer en la vida de oración? Prueba buscando crecer en la práctica del amor a los otros por amor a Dios.

Sobre la oración, también dice Jesús: “Cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mateo 6, 6) La oración es intimidad con Dios. Si bien encuentra su expresión máxima en la liturgia comunitaria de la Eucaristía, las prácticas exteriores sólo adquieren su sentido pleno cuando uno se sumerge desde lo más íntimo en el misterio de Dios. De ahí que, para Santa Teresa, la oración no es otra cosa que “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama.” (Libro de la vida, 8). Uno puede aprovechar la cuaresma como tiempo de oración para rezar más, pero uno puede también aprovecharla para crecer en la vida de oración rezando mejor, con la consciencia de que orar es principalmente estar con quien más nos ama.

Ayuno

“Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mateo 6, 17-18) El ayuno está llamado a ser una práctica íntima, personal, y ordenada a crecer en el amor a Dios. Amo a Dios, pero reconozco que mi corazón también está puesto en las cosas del mundo. El ayuno es un acto libre, por medio del cual tomo distancia de esas cosas que me generan algún apego —que pueden ser buenas y legítimas—, en orden a reafirmar que el primero en mi vida es Dios. Renuncio momentáneamente a algo que es bueno —ciertos alimentos, Netflix, música, etc.— en orden a afirmar la primacía de algo —mejor dicho, de Alguien— que, en mi vida, tiene mayor valor.

Lo que fundamenta el ayuno es el amor a Dios. De ahí que el ayuno aprovecha poco si uno se abstiene de cosas buenas, pero persiste en comportamientos o en apegos que a uno lo alejan de Dios. Por eso Dios decía a su pueblo por boca del profeta Isaías: “Este es el ayuno que deseo: rompan las cadenas injustas, dejen libres a los maltratados, no abandonen a sus semejantes.” (Isaías 58, 6-7) Se trata entonces de analizar la propia vida a la luz de Dios, e identificar qué es aquello que a uno le impide crecer en la relación con Él. Así, en el tiempo de cuaresma uno se puede proponer también “ayunar” de los propios los pecados, especialmente de aquellos en los que uno puede encontrarse más instalado de modo habitual.

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