Jueves, 18 de abril de 2024

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El sacerdote: la misericordia de Dios que sana

El sacerdote: la misericordia de Dios que sana

por Un camino de fe

El sacerdote es un hombre, que se siente la debilidad, como cada uno, pero que es llamado por Dios, a ser aquel que puede sanar las heridas de sus hermanos. El sacerdote tiene necesidad de sanación, y de la oración de las personas. Pero al mismo tiempo él se convierte en fuente de sanación para otros, a los que apoya con su propia experiencia. ¿Cuál es la roca sobre la que se apoya la vida de un sacerdote para poder sanar su corazón herido, y el de los hombres con los que vive? El Hijo de Dios, que desde su corazón herido en la cruz, puede curar al sacerdote que se acerca a su corazón. El amor de Jesús es el que reconstruye una vida herida y la convierte en sanación para otros. El amor de Dios, que es incondicional y libre es capaz de reconstruir el corazón herido de los sacerdotes que ha llamado, para ser fuente desde donde curar a todos sus hermanos.

El sacerdote es un hombre sacado de entre los hombres. Y como toda persona humana, experimenta en sí mismo la debilidad, la fragilidad y la miseria del ser humano. Pero esta experiencia de finitud, es una posibilidad para realizar su vocación y entregarse al hermano.

El Hijo de Dios se hace hombre y sufre en su persona todo lo propio de la naturaleza humana. Pero su existencia humana, no le impide la entrega y la acogida de cada persona, sino que su vida es el lugar donde el hombre y la mujer se pueden sentir acompañados, sanados, y amados. Así, el sacerdote que hace presente la entrega de Jesús y que experimenta como todos los hombres la debilidad, puede amar a los suyos desde el amor de Dios, que le llama a sanar y acoger. Su corazón débil puede entender mejor a los que más sufren. En definitiva, puede comprender a todos y cada uno porque él vive en su vida la debilidad y la fragilidad propia del ser humano.

Hoy en día el hombre ha perdido toda referencia al Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, y ha centrado su vida desde sí mismo, desde su propio ser. Pero si el hombre siente en su vida la angustia y la desesperación, ¿podrá darse a sí mismo la sanación y la curación de su cansancio y debilidad? La persona necesita la ayuda de otro para poder ser sanado. El sacerdote es un hombre que siente en sí mismo la miseria, pero que es invitado a salir de sí, para ir al encuentro del que sufre. En este sentido, el Hijo de Dios, que se hace hombre, puede ser la roca firme donde el sacerdote se puede apoyar para dar sentido a la vida de sus hermanos. El sacerdote, que con su vida nos hace presente la vida del Hijo de Dios, está llamado a dar consuelo, amor y misericordia a todos los hermanos, que sufren en este mundo.

En el mundo de hoy, el hombre se ha convertido en la autoreferencia absoluta desde donde contempla todo lo que dice y hace. En este sentido, el sacerdote como persona puede caer en el riesgo de vivir su vocación sacerdotal solo como un proyecto personal. Y es invitado a descentrarse de sí, para que poniendo su vida en Dios, pueda servir a los hermanos. De esta manera, la pertenencia a la Iglesia, que se hace concreta en un grupo de personas, ayuda al sacerdote a realizar y confirmar su vocación sacerdotal.

En el mismo sentido, el sacerdote puede vivir su vida entre dos movimientos: la salida de la soledad, y la acogida de esa soledad, que es querida, en la que pueda encontrar momentos de encuentro con el Señor, donde renovar sus fuerzas; momentos de estudio y reflexión para profundizar en el conocimiento de Dios, y conocer y sanar sus debilidades; momentos en los que se encuentra consigo mismo, y en los cuales el sacerdote madura y crece para entregarse a los hermanos. Sin estos momentos de soledad positiva y de encuentro con el Señor, el sacerdote, puede agotarse y vivir su vida desde la frustración, y la desesperanza, reduciendo su vida a un puro formalismo de compromisos y actividades que le lleva a perder la ilusión y el amor en la entrega. Por lo cual, el sacerdote ha de vivir su existencia con la referencia puesta en Cristo, y en la entrega por su Reino. Él, es otro Cristo, en medio de su pueblo.

El sacerdote se entrega a los demás para servirles. No solo es uno con los ellos, sino que su llamada hace que los pueda conducir y orientar en su camino hacia Dios. Por lo cual, ser guía del pueblo conlleva varios aspectos que paso a  enumerar: el sacerdote ha de querer una comunidad que esté unida, que viva en comunión de amor y entrega, desde el amor de Dios que crea esa comunión. El sacerdote hace posible que en libertad, los hermanos experimenten el amor de Dios que les lleva amarse entre ellos, desde el cuidado a cada uno, que desde su singularidad, se siente elegido por Dios con todas sus limitaciones y fortalezas, pero sin que la comunión se pierda. También el sacerdote ha de cultivar que la comunidad sea una comunidad que transmita el anuncio del evangelio, el amor de Dios y de Jesús que cambia la vida.

En el mismo sentido, el discernimiento de los carismas como labor sacerdotal, conlleva el poder reconocerlos. Solo cuando el sacerdote reconoce los carismas en la comunidad para que se ejerciten, es posible discernirlos. Hay dos criterios de discernimiento: conformes a la fe y que generen unidad en la Iglesia. De este modo el sacerdote tiene que armonizar los carismas, para que como en una sinfonía, se integren en la comunidad cristiana.

Belén Sotos Rodríguez

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