Jueves, 22 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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El mal no sigue a un Gobierno, le precede. Elena Aiello 2

por César Uribarri


Monseñor Spadafora quedó consternado con el papel que se le había hecho llegar en su día. “Es un simple papel el que tengo entre las manos, ligero como un leve soplo de viento, pero quizá sea suficiente para responder al significado de tantas manifestaciones fuera de lo ordinario que vivió sor Elena. Su contenido es, sin embargo, muy grave: tiene el calor y el tono de una página del Apocalipsis.” Ciertamente, el contenido de ese ligero papelillo, era de una carga descomunal. Y no debía ser tomado a chacota, sobre todo cuando sor Elena se había mostrado preclara con sus advertencias. Monseñor Spadafora era conocedor de la suerte que había corrido el Duce, pero también era conocedor de que todo le había sido dicho antes de que ocurriera. 
 

Años después de aquella otra carta recogida en el post anterior, sor Elena comprobaba en sus carnes las consecuencias de la desobediencia del Duce a los avisos del Cielo. Sin embargo el Cielo aún ofrecía su Misericordia. No le debió costar escribir esta nueva carta a la hermana de Mussolini, pues de nuevo había una oportunidad para la paz.
 

15 de mayo de 1943.
Estimada Señora,

este largo silencio le habrá hecho pensar, sin duda, que me había olvidado de Vos, pero todo lo contrario, me acuerdo todos los días, en mi pobre oración, siguiendo siempre los dolorosos sucesos que afectan a nuestra bella Italia.

Estamos ahora fuera de Cosenza, por culpa de los bombardeos. La barbarie enemiga ha descargado su odio, lanzando bombas sobre la ciudad de Cosenza, causando destrucción, dolor y muerte entre la población civil (…)

La razón de esta carta es para volverme a Ud., como en aquel mes de mayo de 1940, cuando llegué a Roma, presentada por la Baronesa Ruggi, para entregarla por escrito la revelación que el Señor me hizo sobre el Duce. ¿Recordáis cuando el 6 de mayo hablábamos sobre la decisión del Duce de entrar en guerra, mientras el Señor le hacía saber en mi carta que debía salvar a Italia de la guerra, o de lo contrario sería golpeado por Su divina Justicia? (…)

¡Ah… si el Duce hubiera escuchado las palabras de Jesús, Italia no se encontraría ahora en esta triste condición¡ Imagino que el corazón del Duce estará muy consternado al ver a Italia transformada, de un jardín florido, en un campo desierto, sembrado de dolor y muerte. Pero ¿por qué continuar esta guerra cruel, si Jesús ha dicho que para ninguno habrá un verdadera victoria? Por ello, querida Señora, diga al Duce, en mi nombre, que este es el último aviso que le manda el Señor. Podrá salvarse todavía poniéndolo todo en manos del Papa. “Si no hiciera esto –decía el Señor- pronto descenderá sobre él la Divina Justicia. Del mismo modo serán reconvenidos y castigados los demás Gobernantes que no han escuchado los avisos y directivas de Mi Vicario”. ¿Os acordáis cuando el 7 de julio del año pasado me preguntabais que le podría ocurrir al Duce, y que yo os respondí que si no permanecía unido al Papa, tendría un fin peor que el de Napoleón? Ahora os repito las mismas palabras:  si el Duce no salva Italia haciendo todo cuanto diga y haga el santo Padre, pronto caerá.

Querida Señora, reflexionad acerca de cómo todo lo que ha dicho nuestro Señor ha sido perfectamente cumplido. ¿Qué es lo que ha causado tanta ruina a Italia? ¿Acaso no ha sido el Duce por no haber escuchado las palabras de nuestro Señor? Ahora todavía podrá remediarlo haciendo cuanto quiere el Señor.

Yo no dejaré de rezar.”
 

A la luz de estas palabras sor Elena planteaba una directa relación entre los males ocurridos a  Italia durante la segunda guerra mundial y las decisiones del Duce. Era notorio como el líder había desencadenado el horror a su misma nación. Pero era más notorio cómo ese horror se había producido por un directo incumplimiento del querer del Cielo. Parece sorprendente, y quizá así lo sea. Pocos gobernantes han tenido la directa y concreta ayuda del Cielo para decidir en la aciagas horas de su poder. Mussolini sabía el concreto y detallado parecer del Cielo. Es más, se le brindaba una segunda oportunidad. Decidió otra cosa y el Cielo no equivocó su preaviso: el final de Mussolini fue peor que el de Napoleón. Solo, odiado, perseguido y sumarísimamente muerto.
 

Sin embargo la página que monseñor Spadafora tenía en sus manos está fechada por sor Elena el 8 de diciembre de 1958. Ese contenido "muy grave" ya no podía referirse a la segunda guerra mundial, pues hacía años que había quedado atrás. La culpa de aquellos flagelos parecía seguir viva, activa. Y aún así el mundo se embarcaba en una optimista reconstrucción de las naciones, de las economías y de las nuevas relaciones internacionales. La Iglesia misma no era ajena a esa explosión de, por humana, vana esperanza. Juan XXIII había sido elegido recientemente sucesor de Pedro y el optimismo inundaba igualmente a una Iglesia que, en breve, recibiría el anuncio de un nuevo concilio ecuménico. Todo parecía entrar en una nueva dinámica de paz. Pero sor Elena no recibía la misma sensación desde lo Alto. No eran las ideas lo que habría de inundar de optimismo el mundo, sino la santidad. Las ideas quedarían anegadas por la inmoralidad. Y ella, la inmoralidad, había precedido a las decisiones de los gobernantes y las había hecho posibles. El castizo español lo había intuido desde tiempos inmemoriales: “tenemos los gobernantes que nos merecemos.” Pero la ideología de la reconstrucción, del progreso, de los nuevos aires, de la modernidad en suma, parecía anegar esa constatación escondida: que el materialismo estaba apagando el alma del mundo y durmiendo su conciencia. Sor Elena lo señaló con crudeza en ese breve escrito del que hablaba monseñor. No hizo más que recoger  las palabras que le dirigió la Dulce Señora. Y tal como dijo monseñor Spadafora siendo un papel “ligero como un leve soplo de viento… tiene el calor y el tono de una página del Apocalipsis”:
 

“Los tiempos son graves: el mundo está todo revuelto porque ha llegado a una situación peor que los tiempos del diluvio. El materialismo avanza su marcha bañada de sangre, de luchas fratricidas; cual signo evidente y peligroso para la paz. El castigo está pasando por el mundo como la sombra de una nube amenazante, para testimoniar a los hombres que la Justicia de Dios pende sobre la humanidad y que mi poder como Madre de Dios contiene todavía el golpe del huracán. Todo está pendiente de un filo: cuando este filo caiga la Justicia divina golpeará el mundo en su terrible curso purificador. Todas las naciones serán castigadas por sus muchos pecados que, como una marea de barro, han recubierto la tierra. Las fuerzas del mal están preparadas para desencadenarse sobre cualquier parte del mundo, con cruda violencia. Tremendo será lo que está por venir… Los gobernantes de los pueblos advierten el grave peligro: pero no quieren reconocer que para evitar el flagelo es necesario hacer retornar a las sociedades a una vida verdaderamente cristiana…”

 

Sor Elena no hacía más que constatar la olvidada verdad: son los pecados los culpables de los males del mundo; las decisiones políticas vienen detrás.

 

x      cesaruribarri@gmail.com

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