Sábado, 25 de enero de 2020

Religión en Libertad

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¿Italia para comer y La India para rezar?

por Alberto Royo Mejia

Entre las películas recientemente estrenadas, ha pasado con bastante poca pena y con no más gloria una americana con tintes de “New Age” llamada “Come, reza, ama”, protagonizada por Julia Roberts y el español Javier Bardem, cuya presencia quizás la haya hecho un poco más atractiva para los admiradores de este actor patrio, entre los que no me encuentro.  No he visto la película ni realmente es el tema de esta reflexión, pero la historia sobre la que versa me ha llamado la atención.


Se trata más o menos de una mujer que no acaba de encontrarle el sentido a la vida que lleva en su ambiente norteamericano y decide viajar al extranjero en busca de algo distinto. Visita Italia donde disfruta sobre todo la comida, además del arte y del ambientillo. Visita después la India, donde un maestro espiritual propio de “Karate Kid” la enseña a orar y los secretos de la vida espiritual. Y para desfogarse de tanta vida espiritual viaja a Bali donde la buena mujer -Santa Lucía le conserve la vista- se enamora de Javier Bardem.

Esta mañana, volando hacia Roma, en un periódico de Italia he podido leer que ponían a caldo a dicha película, por los estereotipos italianos tan mediocres que transmite, se ve que ya están cansados que les representen siempre del mismo modo: Gente gritona, todo el mundo gesticulando cuando hablan, un par de monjitas con cara de bobas por la calle, los consabidos ligones, iglesias oscuras, etc., y todo ello centrado en la comida (este elenco lo tomo casi literal del periódico italiano).

Volviendo a la historia del personaje que encarna Julia Roberts, dejando claro que es una película de pocas pretensiones -según la crítica- no deja de llamar la atención como esta señora que busca algo nuevo en su vida lo que encuentra en Italia sea comida y juerga, y tenga que irse a la India para encontrar la vida espiritual, como si en ambientes católicos no se puediese encontrar. Esto se puede deber quizás al ramalazo de “New Age” de la película, quizás a la propia experiencia de la actriz, que hace poco ha declarado haberse convertido al hinduismo (lo que no sé es si en el jardín de su mansión millonaria ha construido algún templito en honor de los antepasados), o a los típicos prejuicios de hollywood acerca de la Iglesia… o al hecho -que cabe dentro de lo posible- de que el autor haya querido rezar en alguna iglesia católica, por ejemplo de nuestra geografía o de la misma Italia y, como suele ocurrir, se la haya encontrado cerrada, e incluso le haya pasado en repetidas ocasiones.

No es de broma. La hermana de un amigo sacerdote me contaba hace unos meses las dificultades que tiene en su ciudad -capital de provincia típica- para encontrar una iglesia abierta en la que ir a rezar, y si llama a la puerta y le pide a los sacerdotes entrar a rezar fuera del horario estrictísimo, la miran con cara rara. Yo mismo he experimentado, viajando en verano por la geografía española, lo difícil que es encontrar iglesias abiertas en las que hacer una visita al Santísimo. Antes siempre te quedaba como recurso las catedrales, cuyo horario era más amplio, pero ahora te cobran por entrar, en algunas aunque sólo quieras rezar.

Recuerdo mis veranos de juventud en una localidad playera de Tarragona, en la que el párroco local, santo varón, tenía casi siempre abierta la parroquia. Era normal ir a ver a alguien rezando y la cosa dio sus frutos, salieron unas cuantas vocaciones, de las cuales hoy algún clérigo tiene posición prominente en aquella diócesis. Pero el buen Mosén fue trasladado a Tarragona capital y vino otro que se dedicaba a cultivar los frutales de su familia, abriendo la iglesia quince minutos antes de Misa y prácticamente cerrando con una mano mientras con la otra apagaba las velas del altar. La iglesia parroquial se convirtió así en un hortus conclusus, y la gente abandonó la costumbre de ir a rezar durante el día. Cosas de la vida.

En los años postconciliares, con aquello de los curas obreros -experiencia que debió de tener sus puntos positivos-, la colisión entre el horario laboral de los susodichos y el de las iglesias hizo que muchas de ellas estuvieran abiertas solamente un par de horas al día y como el reverendo, llegado de sus otras labores, tenía mucho que atender al llegar a la parroquia, el confesionario se llenaba de telas de araña y también los espíritus. Salvo honrosas excepciones, esto pasó en muchos barrios de nuestra geografía, quizás menos en los pueblos. Así mucha gente dejó las sanas costumbres de dedicar un rato durante el día a orar ante el Santísimo, de confesarse y de dirigirse espiritualmente (o dejarse acompañar, como se dice ahora), costumbres que tampoco fueron fomentadas por buena parte del clero.

De los religiosos se puede decir algo parecido, pero no lo diré yo, sino reproduzco unas palabras de un religioso insigne, el cardenal austríaco Schönborn, que hace unos años narraba cómo en su Orden se liberaron de la oración, y lo que trajo como consecuencia:

Cuando en 1963, siendo todavía un joven de 18 años, entré en la orden Dominicana, fui testigo de la venida de la crisis postconciliar. Pasó por encima como un tsunami. Una de las primeras consecuencias fue poner radicalmente bajo interrogante la oración. Lo único que merecía la pena era actuar. Se consideraba que las estructuras de la Iglesia y de la sociedad eran injustas y desfasadas, y que había que cambiarlas con el fin de renovar la Iglesia y la sociedad. Era muy joven y entonces tomaba al pie de la letra lo que se nos decía sobre la oración. La oración se nos presentaba como tarea, como el yugo que hay que llevar juntamente, lo que en nosotros, religiosos jóvenes producía un efecto de ánimo. Entonces cayó el yugo de las largas horas del rezo del breviario, y especialmente el yugo de la oración personal, que viví en un primer momento como una especie de liberación. Pero gradualmente comencé a notar cómo todo iba cubriéndose de una sombra gris. La vida religiosa perdió su sabor, iba

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