Han pasado 65 años desde que el cardenal Michael von Faulhaber ordenara sacerdotes a dos jóvenes hermanos alemanes, Georg y Joseph Ratzinger, en la catedral de Freising, un 29 de junio, fiesta de San Pedro y San Pablo, como era costumbre. 

Aquel joven Joseph Ratzinger aprendería mucho sobre el sacerdocio, como cura, como teólogo, luego como obispo, cardenal responsable de Doctrina de la Fe y finalmente como Papa Benedicto XVI. Y escribió sobre ello y enseñó sobre ello.

Este martes el Papa Francisco ha querido participar en la celebración del aniversario, con el Papa emérito en la Sala Clementina de Roma. Estaba presente también el cardenal Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio y el coro pontificio de la Capilla Sixtina que entonó diversos temas polifónicos. 


El Papa emérito agradece los regalos, discursos y canciones por su 65º anibversario sacerdotal 

Francisco recordó la relación entre Jesús y San Pedro, su pregunta "¿me amas?" y el mandato de Cristo: "apacienta mis corderos". Señaló también que el Monasterio de Mater Ecclesiae no es un lugar de la cultura del descarte donde se envía a quienes no tienen fuerzas, sino un sitio del cual se irradia tranquilidad, fuerza, confianza, madurez, una fe, una dedicación y una fidelidad “que me hacen tanto bien y me da fuerza, así como a toda la Iglesia”. 

También alabó una definición de teología dada por Benedicto XVI: "La teología, que no por casualidad usted ha definido como ‘la búsqueda del amado’”.

(Lea más abajo el discurso completo de Francisco en la Sala Clementina)


Varias editoriales se han reunido para regalarle en seis idiomas un libro que recoge su sabiduría sacerdotal: 43 homilías de Joseph Ratzinger sobre el tema del sacerdocio. 

El volumen está editado en Italia por Cantagalli, en Estados Unidos por Ignatius Press, en Alemania por Herder, en Francia por Parole et Silence, en España por la Biblioteca de Autores Cristianos (bac-editorial.es) y en Polonia por la Universidad Católica de Lublin.

Se trata del libro Enseñar y aprender el amor de Dios, que se puede adquirir aquí en español. 



Cuenta con una introducción escrita por el cardenal alemán Gerhard L. Müller, sucesor de Ratzinger al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que es además el encargado de supervisar las ediciones de las obras completas de su antecesor. 

Pero, menos frecuente en la historia, cuenta con un prefacio de Francisco. No es nada común que un Papa en ejercicio prologue un libro de sermones de un Papa emérito. 

"Cuando leo las obras de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI", escribe Francisco, "me resulta cada vez más claro que él ha hecho y hace teología de rodillas. De rodillas porque antes incluso que ser un grandísimo teólogo y maestro de la fe, se ve que es un hombre que cree verdaderamente".


Francisco insiste en que más allá de los conocimiento teológicos de Benedicto XVI, hoy su mayor enseñanza es su ejemplo como hombre de oración.

"Él [Benedicto] encarna esa constante relación con el Señor Jesús sin la cual nada es ya verdadero, todo se convierte en rutina, los sacerdotes en asalariados, los obispos en burócratas y la iglesia deja de ser la Iglsia de Cristo y se convierte en un producto nuestro, una ONG a fin de cuentas superflua", añade el Papa argentino. 

"Quizás es precisamente hoy, como Papa emérito, cuando él nos está impartiendo del modo más evidente una de sus más grandes lecciones de teología de rodillas. Porque Benedicto XVI nos sigue testimoniando, quizás ahora, sobre todo, desde el monasterio Mater Ecclesiae [...] que el primer y el más importante servicio no es la gestión de los asuntos corrientes, sino rezar por los demás, sin interrupción, con alma y cuerpo", añade el Pontífice actual.

"La oración, nos dice en este libro y nos testimonia Benedicto XVI, es el factor decisivo, es una intercesión de la que tienen más necesidad que nunca tanto la Iglesia como el mundo", prosigue Francisco.


El Papa alaba el estilo expositivo de Benedicto XVI, con sus "estupendas imágenes" recogidas en el libro. Por ejemplo, le gusta cuando Ratzinger escribe: "Sin la vinculación con Dios somos como satélites que han perdido su órbita y caemos como enloquecidos en el vacío, no solo desintegrándonos nosotros mismos, sino amenazando también a los demás". 

El libro, centrado en el papel del sacerdote, ofrece una conclusión que Francisco quiere remarcar: "Los hombres esperan de nosotros [los sacerdotes] que les llevemos a Jesucristo y que les conduzcamos a Él, al agua fresca y viva".

Francisco agradece la colaboración entre un laico y un sacerdote (el italiano Pierluca Azzaro, y el español Carlos Granados, director de la BAC) para llevar adelante la edición del libro y la colección en la que se integra. 

Y para recordar la necesidad de llevar la Gracia de Dios a los hombres mediante los sacramentos, recuerda el testimonio de la conversión del escritor francés Julien Green:

- ¿Está usted conforme con su vida? -le preguntó un dominico polaco.
- No, claro que no.
- ¿A usted le gustaría vivir de otro modo? ¿Se arrepiente?
- Sí.

"Y entonces sucede algo inesperado: el sacerdote le dice 'arrodíllese'. Ego te absolvo a peccatis tuis, yo te absuelvo. Julien Green escribe: Entonces me di cuenta de que, en el fondo, siempre había estado esperando ese instante, siempre había estado esperando a que en cualquier momento hubiese alguien que me dijese: arrodíllate, yo te absuelvo. Me fui a casa, yo no era otro, no. Finalmente había vuelto a ser yo mismo".

(Este libro excepcional con 43 homilías llenas de la sabiduría de Benedicto XVI se puede adquirir aquí).


Momento de la ordenación sacerdotal de Joseph Ratzinger hace 65 años


»Santidad, hoy festejamos la historia de una llamada que inició hace 65 años con su ordenación sacerdotal el 29 de junio de 1951 en la catedral de Freising. ¿Pero cuál es la nota de fondo que recorre esta larga historia y que desde el primer inicio hasta hoy la domina cada vez más?

»En una de las tantas hermosas páginas que usted le dedica al sacerdocio, subraya cómo en la hora de la llamada definitiva de Simón, Jesús mirándolo en profundidad le pregunta una sola cosa: ‘¿Me amas?’. ¡Que bello y verdadero es esto! Porque es aquí –usted dice– es en aquel ‘me amas’ que el Señor fundamenta su pastoreo, porque solo si hay amor por el Señor, Él puede realizar el pastoreo a través de nosotros: ‘Señor tú sabes que te amo’.

»Es esta la nota que domina una vida intensa empleada en el servicio sacerdotal y a favor de una verdadera teología que Ud. no por casualidad ha definido como ‘la receta del amado’; sobre esto usted siempre ha dado testimonio y testimonia todavía hoy: que la cosa decisiva en nuestras jornadas –de sol o de lluvia– aquello con la cual solamente viene todo el resto, es que el Señor esté verdaderamente presente, que lo deseamos, que interiormente estamos cerca de Él, que lo amamos, que realmente creemos profundamente en Él y creyendo lo amamos realmente.

»Es este amar que verdaderamente nos llena el corazón, este creer es aquello que nos hace caminar seguros y tranquilos sobre las aguas, también en medio de la tempestad, justamente como sucedió con Pedro. Este amar y este creer es lo que nos permite amar al futuro no con miedo o nostalgia, sino con alegría, también en los años avanzados de nuestra vida.

»Y así, justamente viviendo y dando testimonio hoy de manera tan intensa y luminosa esta única cosa verdaderamente decisiva -tener los ojos y el corazón dirigido a Dios- usted santidad sigue sirviendo a la Iglesia, no deja de contribuir realmente con vigor y sabiduría a su crecimiento; y lo hace desde aquel pequeño monasterio Mater Ecclesiae, en el Vaticano, que se revela así ser algo muy diverso que uno de esos rincones olvidados en la cual la cultura del descarte de hoy tiende a relegar a las personas cuando debido a la edad, las fuerzas faltan.

»Es todo lo contrario. Y permita que lo diga con fuerza su sucesor ¡que ha elegido llamarse Francisco! Porque el camino espiritual de san Francisco inició en San Damián, pero el verdadero lugar amado, el corazón palpitante de la Orden, allí donde la fundó y donde al final de cuentas entregó su vida a Dios fue en la Porziúncola, la ‘pequeña porción’, el rincón junto a la Madre Iglesia; junto a María que, por su fe así firme y por su vivir así enteramente el amor y en el amor con el Señor, todas las generaciones la llamaron bienaventurada.

»Así la providencia, quiso que usted, querido hermano, llegara a un lugar por así decir propiamente ‘franciscano’ del cual se irradia tranquilidad, paz, fuerza, confianza, madurez, una fe, una dedicación y una fidelidad que me hacen tanto bien y me dan fuerza así como a toda la Iglesia, así como y un sano y alegre sentido del humor.

»El deseo con el cual quiero concluir es por lo tanto un deseo que dirijo a usted junto a todos nosotros y a la Iglesia entera: que usted, santidad, pueda continuar sintiendo que la mano del Dios misericordioso la sostiene, que pueda sentir y darnos testimonio del amor de Dios; que con Pedro y Pablo pueda continuar a exultar con gran alegría mientras camina hacia la meta de la fe.

(El libro "Enseñar y aprender el amor de Dios", 43 homilías llenas de la sabiduría de Benedicto XVI sobre el sacerdocio, se puede adquirir aquí).


Benedicto XVI pronunció las siguientes palabras de manera improvisada.

Querido Santo Padre, queridos hermanos, hace 65 años, un hermano ordenado conmigo decidió escribir sobre la estampa de recuerdo de la primera Misa solamente, salvo el nombre y la fecha, una palabra en griego: Eukaristomen, convencido de que con esta palabra en sus muchas dimensiones está ya dicho cuanto se puede decir en este momento.

Eukaristomen dice un gracias humano, gracias a todos. ¡Gracias sobre todo a Usted, Santo Padre! Su bondad, desde el primer día de la elección, en cada momento de mi vida aquí me emociona, me lleva realmente, interiormente. Más que en los Jardines Vaticanos, con su belleza, Su bondad es el lugar en el que habito: me siento protegido. Gracias también por la palabra de agradecimiento, por todo. Esperemos que Usted pueda ir adelante con todos nosotros en este camino de la misericordia divina mostrando el camino de Jesús, hacia Jesús, hacia Dios.

Gracias también a Usted, Eminencia (Cardenal Sodano) por Sus palabras que han tocado el corazón: Cor ad cor loquitur. Usted se ha hecho presente sea en mi ordenación sacerdotal sea también en mi visita en 2006 a Frisinga, donde he revivido esto. Puedo solo decir así, con estas palabras, Usted ha interpretado lo esencial de mi visión del sacerdocio, de mi labor. Le estoy agradecidode  por la amistad que hasta ahora nos une desde hace tanto tiempo, de tejado a tejado [se refiere a sus habitaciones que se encuentran cerca]: es casi presente y tangible.

Gracias Cardenal Müller por el trabajo que Usted hace y por la presentación de mis textos sobre el sacerdocio, en los cuales busco ayudar también a los hermanos a entrar siempre una y otra vez en el misterio en el que el Señor se da en nuestras manos. Eukaristomen, en aquel momento el amigo Berger quería mencionar no solo las dimensiones del agradecimiento humano, sino naturalmente a la palabra más profunda que se esconde, que aparece en la liturgia, en la Escritura, en las palabras “gratias agens benedixit fregit deditque”. Eukaristomen nos dirige a esta realidad de agradecimiento, a esta nueva dimensión que Cristo ha dado. Él ha transformado en agradecimiento, y así en bendición, la cruz, el sufrimiento, todo el mal del mundo. Y así fundamentalmente ha transustanciado la vida y el mundo y nos da cada día el Pan de la verdadera vida, que supera el mundo gracias a la fuerza de Su amor.

Al final queremos inserirnos en este "gracias" del Señor y así recibir realmente la novedad de la vida y ayudar para la transustantación del mundo: que sea un mundo no de muerte, sino de vida; un mundo en el que el amor ha vencido la muerte. Gracias a todos ustedes. El Señor nos bendiga a todos. Gracias, Santo Padre.