No solo son las series que se difunden por televisión o internet: la violencia ejercida por los ideólogos de género contra la inocencia infantil se ejerce también a través de los libros especialmente dedicados a ellos, que los padres y otros familiares les regalan confiando en su contenido. Tomasso Scandroglio pone en La Nuova Bussola Quotidiana un ejemplo de cómo esos contenidos manipuladores se destinan a edades tan tempranas como el periodo de cero a tres años, con cuentos preparados con deliberada intención adoctrinante:

Admitámoslo. La mayoría ya ha digerido la homosexualidad. Sólo ha quedado aparte el habitual grupo reducido de católicos radicalizados. También la transexualidad es ya percibida como un fenómeno normal, como la nieve sobre las montañas en invierno. Tal vez lo que aún sigue dando fastidio es la idea de los niños transexuales. Éste, según la profesora universitaria sueca Susanne Pelger, es el próximo tabú que hay que abatir: "El tema de las parejas homosexuales ya se ha convertido en mainstream, mientras que el de los niños transgénero sigue siendo tabú en la sociedad". Hemos tenido ocasión de demostrar que cuando un progenitor muestra preocupación por la identidad sexual de su hijo, los que realmente tienen problemas son los padres y lo que tiene que preocupar no es tanto, y sobre todo, el comportamiento de los hijos, sino el tipo de educación que imparten los padres.


Susanne Pelger no deja que el mensaje transgénero de su libro se difunda solo, y lo recalca en sus charlas a niños.

Siguiendo con el tema de las preocupaciones, la profesora Pelger está luchando por una causa (in)noble. No sólo quiere que se acepte la transexualidad de los niños, sino que quiere inducirlos a que se conviertan en baby-trans. El medio para llevar a cabo este propósito es siempre el mismo: los cuentos. Lo que ha hecho Pelger, entonces, es publicar un libro ilustrado titulado Hästen & Husse [El caballo y el ama de casa], destinado a niños desde los cero a los tres años y que está teniendo una cierta difusión en Suecia, el país donde te multan si te equivocas en el pronombre de un transexual y donde los niños y las niñas del jardín de infancia son indicados con el pronombre neutro "hen".
 

La iconografía de la cubierta es inequívoca, con la bandera arco iris en un cuadro, a la izquierda.

El cuento Hästen & Husse relata la historia de dos personajes. Por una parte, tenemos un caballo que cree ser un perro, por lo que mueve el rabo, roe huesos, persigue a los gatos, juega con la pelota y le indica a su ama la correa con la esperanza que le lleve a dar un paseo. El otro personaje es el ama, que en realidad es un "él" que cuando vuelve a casa se pone una falda, se pinta los labios y hace punto. Nota al margen: si el cuento hubiera explicado que quien se pone pintalabios y una falda es una mujer y no un transexual, todos hubieran gritado enseguida al "estereotipo de género", agravado por el hecho que la mujer es ama de casa. Además, si somos rigurosos y políticamente correctos, un transexual que quiere ser mujer, debería comportarse como un hombre, ¿no creen? Porque si no caería en los habituales estereotipos sexistas. Son los típicos cortocircuitos ideológicos.


Volvamos a El caballo y el ama de casa. El recurso narrativo presente en este cuento es evidente y la Pelger no quiere, ciertamente, esconderlo: si los niños ven que un caballo puede comportarse como un perro sin ningún problema, de igual modo podrán aceptar que un niño se comporte como una niña. Y nosotros añadimos: menos mal que el caballo no se comporta como una perra. Ya es algo.
 
Muchos de ustedes conocerán, por haberlo oído nombrar, el título de un famoso libro del igualmente famoso neurólogo Oliver SacksEl hombre que confundió a su mujer con un sombrero. El título hace referencia a un caso clínico que le sucedió realmente al Dr. Sacks. Un señor, de profesión músico, tenía un trastorno neurológico que le imposibilitaba reconocer la identidad de las cosas, es decir, asignar a los objetos y a las personas su significado objetivo. Así, un día había confundido la cabeza de su mujer por un sombrero. Y estaba tan convencido que la cabeza de su esposa era un sombrero que, delante del propio Sacks, había intentado ponerse la cabeza de ella sobre la propia como si fuera un sombrero borsalino. Otra peculiaridad de este caso era el hecho que el músico no era en absoluto consciente de su trastorno cognitivo. Llevaba una vida casi normal, fuera de una serie impresionante de patinazos e incidentes, a veces peligrosos (intenten confundir la navaja de afeitar con el cepillo de dientes).



Pues bien, para la psiquiatría, quien no reconoce la realidad por lo que es tiene, claramente, un problema. Así, si yo creo que soy Napoleón, muy pocos estarán dispuestos a respetar mi identidad ficticia. Pero no es esto lo que sucede con los defensores de la ideología de género: ellos, igual que el músico que confundía a su mujer con un sombrero, confunden el sexo masculino con el femenino y viceversa, pero a nadie se le ocurriría pedirles que se tumben en la camilla de un psiquiatra. Hay que añadir que ellos, igual que el señor mencionado anteriormente, están archiconvencidos de tener razón y, por consiguiente, no se dan cuenta de su error –¡seamos indulgentes!– de percepción. Sin embargo, no se les atribuye la definición de "locos", sino de "defensores de las libertades civiles"
 
Coherentes con este trastorno de la percepción, toda la realidad comienza a modificarse ante sus ojos. Y, así, un caballo puede no sólo comportarse como un perro, sino serlo de verdad si el animal se lo cree con la suficiente convicción. Si seguimos así, si pensamos que somos aves podremos lanzarnos por la ventana; y si somos encinas, que viviremos trescientos años.


La intención de la Pelger, que tiene poco de cuento de hadas, es peligrosa. No sólo porque inocula en las inmaculadas mentes de los niños-neonatos la semilla de la locura de la ideología de género, sino porque abre las puertas de par en par a la pedofilia. La profesora sueca explica que, tras haber contado El caballo y el ama de casa a los niños, les pregunta: "¿Los hombres pueden pintarse los labios y llevar falda?" y los niños "responden: 'Sì'. Cada uno es como siente que es. Éso es lo mejor". Por lo tanto, Pelger defendería este dislate: si un niño te dice que el transexualismo es algo bueno, entonces lo es de verdad, dado que los niños son las criaturas más inocentes que existen y no pueden mentir.

Pero la inocencia puede ser violada, como ha hecho Pelger. De hecho, los niños beben como si fuera maná lo que les cuentan los mayores. Si estos les dicen que los unicornios existen, casi todos los niños se lo creerán. Pero esto no quiere decir que los unicornios existan realmente.
 
Ésta es la clave para abrir a la pedofilia: la confianza de los niños hacia los mayores utilizada para validar las conductas de los adultos sobre los niños. Dicho de manera más clara: si puedes convencer a los niños que crean que no hay nada malo en el hecho que un hombre se comporte como una mujer, puedes también convencerles que no hay nada malo en el hecho que un adulto los toque.
 
Tal vez ha llegado el momento de sacar del baúl de los recuerdos los antiguos cuentos sobre los ogros.
 
Traducción de Helena Faccia Serrano.