Kurt Gerstein,apodado «El espía de Dios», reconoció la barbarie nazi y luchó desde dentro con la ayuda de sus creencias. Actuó como un caballo de Troya dentro del infierno nazi, en parte, gracias a su fe.

Así lo acredita el llamado «Informe Gerstein», que se presentó como prueba en los Juicios de Nüremberg entre 1945 y 1946.

El nombre del documento hace referencia al apellido de un oficial de las SS, Kurt Gerstein, que al comprobar las atrocidades del régimen nazi, inició una lucha interna para paliar la barbarie del nacionalsocialismo. Las declaraciones que este miembro del Ejército dejó por escrito revelan cómo sus creencias le provocaron un cambio de mentalidad y le ayudaron a comprender lo que allí ocurría.


De hecho, al personaje se le otorgó el apelativo de «El espía de Dios». Gerstein, que fue educado en la escuela según el protestantismo, desarrolló su labor en uno de los puestos más importantes de la maquinaria
nazi: el Instituto de Higiene del cuerpo de combate de élite de las SS. Fue allí donde, después de que comprobaran la valía de su trabajo, sus superiores le pidieron trabajar en la llamada «Solución final», o lo que es lo mismo, el plan para exterminar a los judíos.



Kurt Gerstein, de uniforme

Según lo que el mismo oficial dejó por escrito, no conocía en realidad lo que sucedía en los campos de concentración, ni la finalidad de los experimentos que realizaba en su trabajo, aunque después de algunos sucesos, como la extraña muerte de su cuñada Berthe, víctima del programa eugenésico nazi conocido como «Aktion T-4», comenzó a hacerse una idea de que algo realmente monstruoso se escondía detrás.

De hecho, años antes de ingresar en las SS, ya libró una importante lucha interna entre su fe cristiana y la ideología del nacionalsocialismo, hasta el punto de ser detenido por sus creencias y su activismo religioso.


Gerstein nació en Münster, una zona al norte de Alemania, y fue el sexto de siete hermanos. Aunque su familia no fue nunca muy devota, los años en la escuela y la influencia de una niñera católica causaron que dudara de las ideas políticas que ya andaban en boga y que su padre defendía, lo que le valió una mala relación con su progenitor durante toda su vida.

Según recogen algunos documentos, durante los años universitarios en los que estudió Ingeniería de Minas, dedicó largos ratos a la lectura de la Biblia. Posteriormente, perteneció a varios movimientos cristianos, que, según los historiadores, fueron influenciados y presionados también por la ideología imperante.

En aquellos años, Gerstein llegó a escribir que «Dios es aquél que todo lo dirige, a quien es preciso someterse sin discusión y, sobre todo, al que será preciso rendir cuentas».


Sin embargo, al mismo tiempo en su cabeza se fue instalando la idea de la necesidad de alcanzar la «pureza», lo que originó una lucha en su interior. La pertenencia del alemán al nazismo se fijó finalmente el 2 de mayo de 1933, al ingresar en el partido nazi, a pesar de las advertencias del pastor de la localidad de Hagen, Kurt Rehling, donde se crió.

Según revela Valerie Hébert –profesora de la Universidad de Toronto e investigadora del Holocausto– en su obra «¿Resistencia disfrazada?, la historia de Kurt Gerstein», el militar le diría a su amigo pastor que desde dentro podría ayudar más a desenmascarar las verdaderas acciones de los nazis.

Pero fue durante su trabajo en el desarrollo del Zyklon-B, el gas letal que sustituyó al monóxido de carbono en las cámaras de gas de los campos de exterminio, cuando se daría realmente cuenta de lo que allí sucedía.


En agosto de 1942 recibió la orden de llevar al campo de concentración de Belzec, en las cercanías de Lublín, en Polonia, unos 100 kg del gas letal, acompañado de otros miembros de su departamento. Allí, también según algunas investigaciones, le fue revelado el verdadero objetivo de sus trabajos: por un lado la desinfección masiva de las ropas de los prisioneros y por otro, cambiar el sistema de las cámaras de gas por uno más efectivo y mortal.



El personaje de Kurt Gerstein, con su cargamento de gas, en la película "Amén", de Costa Gavras, de 2002, a su vez basada en la obra de propaganda anticatólica y comunista "El vicario", de Rolf Hochhuth de 1963; Gerstein es de los pocos personajes reales en esta obra que acusa a la Iglesia de no hacer nada contra el Holocausto

El 18 del mismo mes, Gerstein fue llevado hasta el campo de Belzec, donde le mostraron el proceso de gaseamiento a un tren de 45 vagones llenos de prisioneros judíos.

El alemán dió detalles en sus memorias de cómo actuaron con ellos: les sacaron de manera violenta de los vagones, les raparon y les obligaron a desnudarse y a entrar en procesión hacia las cámaras mientras los oficiales les aseguraban que nada malo les ocurriría.

Gerstein también por escrito lo que sintió en ese momento: «Recé con ellos, y grité a mi Dios y al de ellos. ¡Cuánto me gustaría haber podido entrar en las cámaras de gas con ellos!», explica en el texto. «¡Con qué gusto me habría muerto de la misma forma en que ellos habían muerto!», asegura.

«Luego habrían encontrado a un oficial de las SS con uniforme en las cámaras de gas» y «muchos habrían creído que fue un accidente y habría sido sepultado y olvidado».

Sin embargo, «yo no podía hacerlo todavía» porque aquello «me convertía en un testigo único», así que «sentí que no debía sucumbir a la tentación de morir con estas personas».

«Ahora sabía mucho acerca de estos asesinatos», afirmó de forma categórica en su informe.

Lo que vio aquel día le cambiaría la vida. Fue tanto el horror del que fue testigo y que refleja en sus memorias, que no llegó a entregar el cargamento del Zyklon-B, sino que lo escondió para que no pudieran hacer uso de él.

Desde ese momento, comenzó su cruzada particular para que no se repitiera lo que había presenciado.


Para ello consiguió acercarse a varios diplomáticos, a los que contó lo sucedido: «Continué informando a cientos de personas de estas horribles matanzas». Entre ellas se encontraban también miembros de la iglesia protestante y de la católica. Gerstein intentó entrevistarse con estos últimos para que alertaran al Papa Pío XII. Sin embargo, según cuenta en sus memorias, no recibió la atención que esperaba.

En abril de 1945 Gerstein fue detenido por las tropas aliadas francesas a pesar de contar sus acciones antinazis. Durante su cautiverio escribió las memorias, pero finalmente fue acusado de crímenes de guerra ante la incredulidad de las experiencias que narró.

Solicitó a un amigo de la resistencia holandesa que testificase a su favor. Pero la petición llegó demasiado tarde al destinatario: Gerstein se ahorcó en su celda.

Después de numerosas investigaciones y algunos años, se comprobaron la veracidad de la mayoría de sus afirmaciones y acciones.


Quizás Gerstein no dio con las personas adecuadas, pero tal como se ha revelado en los últimos años, la Iglesia hizo todo lo que pudo para contrarrestar el dominio nazi.

En una exhaustiva investigación, el rabino David G. Dalin, profesor de Ciencias Políticas e Historia en Ave Maria University en Naples, Florida, corrobora que Pío XII tuvo amistad con la comunidad judía desde antes de ser elegido Papa. «En 1935 calificó a los nazis de falsos profetas con la soberbia de Lucifer». Poco más tarde, «atacó a las ideologías poseídas por la superstición de la superioridad de raza o de sangre», indica el rabino. Entre las confesiones que el Papa Pacelli realizó, aseguró que «los nazis eran diabólicos» y que «Hitler está completamente obsesionado».

Para conocer más historias de cristianos bajo el nazismo recomendamos "Cristianos contra Hitler" y "La Rosa Blanca", de José M.ª García Pelegrín