La reciente noticia de la decisión adoptada por el Consejo Escolar del Instituto Camilo José Cela del municipio madrileño de Pozuelo de Alarcón de mantener en el reglamento interior la prohibición a los alumnos asistir a clase prendas que cubra la cabeza, ha desatado una polémica que mediáticamente se escampa con los días, pero que, desde luego, forma parte de un debate que está muy lejos de extinguirse.
 
El hecho de que Najwa Malha, de 16 años, española de origen marroquí no pueda asistir a sus clases de 4º de ESO con la hiyab, el velo islámico, no es un tema estético. Evidentemente no. De ser así, me parece inexplicable la vaga tolerancia a diferentes indumentarias y hábitos de vestir que en nada educan a un joven que pretendemos que salga bien formado, en todos los aspectos, para integrarse en nuestra sociedad actual. Me encoleriza el ridículo de esos pantalones caídos que dejan bien visible esos calzoncillos coloridos – quizás a veces hasta con palominos – y que el alumno debe mantener en equilibrio sorteando toda serie de dificultades e incomodidades con tal de lucir el borreguismo de la moda. ¡Qué decir de esos majestuosos escotes que parecen montañas donde el sol se convierte en el desviado ojo de algún adolescente que solo puede pensar en el atardecer! ¿Y los cabellos – por llamarlos de alguna manera – haciendo juego con el arcoíris? Hoy verdes, mañana rojos, pasado amarillos… Y esas crestas a lo gallito que un día lució Beckham despeinado, quizás por un descuido, y la masa decidió que sería su nuevo rito para sus tantos sinsentidos. ¿Y esas cabezas rapadas con un estilo Barroco, quizás, Rococó? Los piercing en las cejas, en la nariz, en los labios…
 
Evidentemente, no es una cuestión de estética, porque si lo fuese, sería para escandalizarnos. ¿Acaso un hiyab es lo que más molesta en un instituto? Yo creo que no.
 
Caer inocentemente en esto es ignorar la problemática de fondo que entraña el velo islámico. Desde nuestra sociedad occidental, la cultura islámica se encuentra en una Edad Media cultural y social que muy difícilmente podemos discutir. Mucho más cuando el siglo XXI ha arrancado con unas dosis de feminismo desbocado que, desde mi humilde punto de vista, muchas veces no pretende la igualdad de la mujer, sino que el sexo femenino pueda reivindicar su presencia, su protagonismo, y algunas veces, un modus vivendi que las aleja de la maternidad. Desde nuestro atalaya europeo, el velo es un signo de sometimiento y sumisión, identificado con una cultura que nos es ajena y con la que no comulgamos. Una cultura que no es la nuestra, pero que el pensamiento único también debe respetar.
 
Y es que esta idea tan jaleada del pensamiento único, de este aluvión mediático que impone una cultura y unos principios, también se evidencia en esto. Cuando Bibiana Aído se manifiesta radicalmente en contra del velo y no de los pantalones caídos u otras extravagancias, es porque esta concepción de su mundo, de su mátrix, es diametralmente opuesto a los valores y costumbres islámicas. Y cuando personajes de la talla de Esperanza Aguirre y otros tantos jalean el linchamiento contra estas minorías, también se apuntan a este pensamiento único.
 
¡Dios me valga ponerme yo aquí a defender la hiyab! No estoy de acuerdo con los principios que subyacen bajo el uso del velo, claramente misóginos, y ajenos a nuestra realidad cultural. Desde luego, no lo quiero para mis hijas, pero sí les pediría a ellas que respetasen a aquellas compañeras que lo quieran utilizar. ¿O acaso nosotros vamos a responder con la misma intransigencia que tratan a la Iglesia en los países islámicos? Porque de ser así, no solo deberíamos erradicar la hiyab, sino también a veces prohibirles salir de casa.
 
La educación española no puede fomentar el uso del velo, pero debe educar en la tolerancia y el respeto a los demás. Imponer no educa, proponer sí. La historia ya nos debería haber enseñado, sobradamente, que prohibir cosas no anula las ideas, sino todo lo contrario: las enardece. Una niña no va a cambiar su ideología porque se le prohíba su hiyab – que es muy importante para ella en muchos casos, porque así la han educado en la familia, porque la familia es la que principalmente educa -, más bien todo lo contrario. Probablemente adopte una actitud más radical que la enfrente contra sus opresores: la cultura occidental.
 
La labor de la escuela es sembrar valores que construyan al alumno, y entre ellos está el de la igualdad entre ambos sexos, la posibilidad de amar a un Dios sin signos que choquen con la cultura en que les toque vivir. Y es que deben ser educados en este aprendizaje, porque ellos no continúan sumidos en su especial Edad Media, sino que han decido compartir sus tradiciones con las nuestras, y eso implica una adaptación.
 
¡Pero atención! Eduquemos y no impongamos.
 
Nuestra preciosa cultura occidental postmoderna está muy lejos de ser el paradigma único al que debemos aspirar. Dicen que alumbrando a los demás también nos alumbramos nosotros mismos. Seamos tolerantes, denunciemos las incoherencias en las que cae el mundo musulmán, pero también meditemos sobre nuestra idiosincrasia, tan lejos de ser perfecta.
 
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