Hace quince años Sebastián Randle publicaba la primera entrega de su benemérita biografía del gran escritor argentino Leonardo Castellani (1899-1981), que se extendía hasta su aciaga expulsión de la Compañía de Jesús, en 1949. En aquella obra, Randle nos ofrecía una muy vistosa y documentada zambullida en el Castellani juvenil, en sus muy viajados años de formación y en su ajetreada actividad intelectual, también en las peculiaridades de una psicología nada convencional (sin desdeñar la exploración de sus abismos neuróticos, incluso) y en las complejidades de un temperamento tan subyugador como difícil, en el que las vocaciones religiosa y literaria cuajaban una problemática amalgama. Randle lograba en aquel volumen, en fin, captar el genio de Castellani, haciéndonos partícipes de sus exaltaciones y padecimientos; y lograba elucidarnos el alma sublime, zarandeada siempre de conflictos y desmesuras, de una de las mayores glorias de la literatura católica en español.

Especialmente interesantes resultaban las páginas que entonces Randle dedicaba a explicar las desavenencias que afloraron entre el arriscado Castellani y sus superiores jesuitas (un hatajo de hombres mayoritariamente obtusos), que fatalmente derivarían en un espeluznante calvario para el escritor, con estación principal en Manresa. Aquel descensus ad inferos de Castellani lo acompañaba Randle de una profusa documentación de primera mano, en la que desempeñaban un papel protagonista los Diarios del maestro (que alguien debería publicar, pues parecen comparables en desgarro y sinceridad a los de Bloy), así como los borradores de la multitud de cartas que escribió en aquellos años; y todo este acervo documental lo acompañaba Randle de un estilo personalísimo, muy elegantemente irónico (a veces, incluso, muy sarcásticamente zumbón), que se atrevía a entrometerse en la atroz peripecia de su personaje mediante comentarios que en la mayoría de las ocasiones resultaban tan pertinentes como dilucidadores (del biografiado, pero también del propio autor). Todo escritor verdadero está hablando siempre de sí mismo, de sus inquietudes y anhelos, no importa cuál sea el asunto de su escritura; y, en este sentido, aquella biografía de Leonardo Castellani nos revelaba a Sebastián Randle, un escritor de voz muy personal y prosapia literaria muy definida (marcada por una recalcitrante anglofilia), con un sentido del humor nada convencional (a veces jocoso, a veces algo revirado) y una capacidad de empatía con la sustancia narrada fuera de lo común (lo cual no le impedía, sin embargo, distanciarse de su personaje cuando le resultaba en exceso irritante).

Tras la publicación de aquella primera entrega, Sebastián Randle anunció mil veces que nunca escribiría la segunda, alegando que la existencia del biografiado perdía variedad y vivacidad desde el momento de su expulsión de la Compañía (aunque imaginamos que en su designio influiría también el avispero de opiniones encontradas que la biografía despertó entre los «viudos» de Castellani, una fauna especialmente pelmaza y tiquismiquis). Pero, tras un intervalo de diez años, Randle reanudó finalmente su labor, «obligado ya saben ustedes por Quién» (según confesión propia), hasta brindarnos este jugosísimo tomo que ahora comentamos, que completa el periplo vital de Castellani, acompañándolo desde el sitio en que lo dejó (expulsado y suspendido a divinis, sin cátedra ni oficio) hasta la tumba. Si en la primera parte Randle hacía uso de los diarios de Castellani tardíamente (sólo a partir de una pintoresca intentona de ayuno que se alargó durante casi cuarenta días), para utilizarlos profusamente durante los accidentados episodios que precedieron a su expulsión, en esta segunda parte se convierten en su principal apoyo desde el principio, para sólo ceder el protagonismo a otras fuentes en las páginas finales, cuando un anciano y exhausto Castellani ha colgado definitivamente la péñola. Como nos confiesa en el «Colofón» de su magna obra, Randle ha corregido en los años transcurridos desde la escritura del primer tomo «la perspectiva de muchas cosas», ha cambiado de parecer «en toda clase de asuntos» y presume sin presunción de conocer más cabalmente a Castellani; incluso puede afirmar sin rebozo que, «a pesar del infinito respeto que me merece, a pesar de haber pasado tantas horas revisando su obra, conversando sobre sus cosas, meditando sobre sus ideas, repasando su vida, a pesar de conocerlo tanto… no es santo de mi devoción: hay en él (…) un dejo de malhumor, una especie de parquedad, un aire airado, un no sé qué de distancia que establece con quien le conoce, un humor inevitablemente astringente, un cierto hieratismo, una especie de soledad (…) que impiden más cercanía». Creo que esta falta de completa sintonía con su biografiado tiene que ver con el temperamento artístico de Castellani, que a Randle no acaba de gustarle del todo, porque se alimenta (como el de Léon Bloy) de un fondo muy poco british de dolor jeremíaco, de desgarro sincero y a la vez teatral, de neurosis y aspaviento; un talante artístico que vuelve a probar que «cuando Dios entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Castellani nos prueba que, para que prenda la llama del arte, hay que abrazarse al dolor y fundirse con él: una vez consumado ese abrazo, el artista puede ser atrapado por una luz infernal que lo devore o aniquile (como le ha ocurrido a tantos artistas desesperados); o bien puede hallar una luz divina que lo rescate (como afortunadamente le ocurrió a nuestro Castellani).

Pincha aquí para adquirir ahora Castellani maldito.

Sospecho que esta condición arrebatadamente artística (arrebatadamente torturada) de Castellani es la que a Randle (más diurno y solar) no acaba de caerle simpática. Hay un pasaje en esta segunda entrega de su magna biografía muy revelador este sentido. Castellani hace suya una afirmación de Kierkegaard (o Kierkegord, como gustaba de escribir el maestro) que a Randle le disgusta: «La subjetividad es la verdad». Y, para justificarla (para que no parezca una profesión de fe relativista), Randle necesita echar mano de argumentaciones tomistas un tanto forzadas, sin darse cuenta de que en esa frase Castellani está confesando sucintamente lo que íntimamente es, lo que no podría nunca dejar de ser, que es una subjetividad apasionada (sin la cual no existe arte), tortuosamente injertada en la máquina jesuítica de formación del carácter: es de esta hibridación casi imposible de donde surge el grandioso escritor que Castellani es; y los jesuitas, pensando que habían triturado al artista entre los engranajes de su impasible máquina, no hicieron sino desgarrarlo y descoyuntarlo hasta el extremo, hasta lograr que de la crisálida brotase finalmente la mariposa (o la falena) del genio castellaniano. Y ese genio, para expresarse, necesita hacerlo a través del tamiz de su íntimo dolor; de ahí que todo lo que Castellani escribe termine girando siempre en derredor de la misma llaga, cuya sangre es el manantial de su inspiración. De modo que el calvario que tan vivamente y con trazos tan estremecedores se nos detalla en este libro es, a la postre, la crónica de la salvación de una vocación religiosa y literaria que logra sobrevivir a las llamas del infierno, para que la luz divina se derrame finalmente sobre sus quemaduras.

En otro pasaje del «Colofón», Randle nos confiesa que ha tomado la discutible decisión de “no hacer referencia a las cosas menos felices en la vida de Castellani (sobre todo durante los últimos años de su vida, viejo ya) de las que me anoticié por medio de sus Diarios”. Pero en este Castellani maldito echamos también en falta referencia a otras cosas que nos habrían ayudado a entender mejor al personaje. Randle no nos cuenta, por ejemplo, cuál fue la reacción de Castellani ante la muerte criminal de Alicia Eguren, a la que tanto amó (aunque no del modo que indignamente propaló Hernán Benítez); para entonces, ya había dejado de escribir sus Diarios, pero sin duda Castellani tuvo que conocer tan luctuoso hecho antes de su muerte y tuvo que causarle gran consternación. También hubiese sido deseable que la peripecia interior del biografiado se hubiese acompañado de referencias a la repercusión y recepción de su obra entre sus contemporáneos. Sabemos que la cultura oficial siempre trató de ningunear a Castellani, sabemos que desde ciertos sectores de la cultura católica se trató incluso de impedir que escribiera, pero no creemos que Castellani fuese un completo «ignorado» en los medios culturales y periodísticos. Si lo eligieron, junto a Sábato y Borges, para que representase a la literatura argentina en la célebre comida con Videla, debía de gozar de cierto reconocimiento, aunque sólo fuese en determinados círculos. En el borrador de una carta fechada en febrero de 1959 que Randle reproduce, Castellani afirma que «en cuanto a la polémica entre La Nación y la revista Qué de si soy “el primer escritor del país”, me inspira la respuesta de Verlaine a Rubén Darío: “La gloire? Merde!”». Que llegase a producirse esa polémica prueba que la obra de Castellani alguna repercusión estaba teniendo; y nos habría gustado conocerla, nos habría gustado saber dónde y con qué tono se reseñaban sus libros, qué escritores de cierto relieve lo alabaron o denigraron por escrito.

Aunque quizá la ausencia más notoria del volumen (que también era ausencia en la primera parte de la biografía) sea la escasa –casi nula– atención que Randle presta a la influencia que la tradición literaria española tiene en la obra de Castellani, a su profundo conocimiento de los clásicos españoles, a su identificación extrema con don Quijote. Si Castellani es, más allá de sus bondades literarias, un alma que nos prende y cautiva es precisamente porque es una de las más cabales encarnaciones quijotescas que nunca se hayan dado. El propio Castellani era muy consciente de ello: de ahí que constantemente esté glosando la obra cervantina (que llevó, incluso, a los títulos de sus obras); de ahí que no vacile en presentarse como un nuevo Quijote (como hace, por ejemplo, en su fantasía papal). No se trata de «desargentinizar» a Castellani para españolizarlo (como Randle afirma que pretenden hacer algunos viudos de Castellani), sino de subrayar el profundísimo amor que Castellani siempre tributó a la literatura española, a mi modesto juicio superior al que tributó a la literatura inglesa (que Randle, en cambio, subraya hasta extremos tal vez hiperbólicos).

Son ausencias que, sin embargo, no logran empañar la grandeza de este libro, que si por algo brilla es por su generosidad cordial. Pues si bien Castellani no es del todo santo de su devoción, Randle lo ama arrebatadamente, aunque no ame todos sus desafueros e intemperancias. Los años posteriores a la expulsión de la Compañía siempre nos habían resultado muy oscuros y desconcertantes; pues al hundimiento anímico de Castellani se sucede luego una batería de libros que se cuentan entre los más granados y especiosos de su genio, desde El ruiseñor fusilado a De Kierkegord a Santo Tomás de Aquino, pasando por El Evangelio de Jesucristo o El Apokalypsis de San Juan. En Castellani maldito, Randle nos explica a la perfección tanto las iniquidades que la Compañía se gastó con Castellani (e incluso las irregularidades de su proceso de expulsión, que Luis María de Ruschi explica en un apéndice lleno de incisivas consideraciones canónicas) como las estaciones por las que Castellani discurrió, hasta encontrar la paz (o la guerra) necesaria para escribir sus mejores obras. Randle, ayudado siempre de cartas y diarios, logra llevar al lector hasta el meollo mismo del dolor, hasta la fragua donde arden y crepitan las angustias y desazones de Castellani (también sus obsesiones y monomanías), de tal modo que uno llega a sentir y padecer con Castellani, incluso en el lugar de Castellani, hasta sentirse tan inteligente y atribulado como él. Es verdad que Castellani puede llegar a resultar un tanto reiterativo en sus intereses, un tanto egomaníaco en su lamentaciones, un tanto absorto en su nunca del todo resuelto conflicto personal; pero las páginas dedicadas a elucidar ese atormentado mundo interior nunca resultan tediosas, sino –por el contrario– amenas y muy perspicaces. Especial mención requieren los pasajes donde Randle nos presenta a los samaritanos que socorrieron a Castellani en tan desgarrador periplo, desde sus hadas madrinas (María Esther Borzani, Irene Caminos) a sus amigos siempre leales (Graffigna y Gamallo) y a veces incluso misteriosamente providenciales (como Von Grolman).

También resultan muy enriquecedoras las páginas que Randle dedica a la génesis y gestación de cada una de las obras que Castellani escribió durante estos años; así como al análisis de las mismas, que de nuevo consigue que el lector tenga la impresión de estar bogando en la corriente de los pensamientos de Castellani. Y el capítulo dedicado a la empresa titánica y modesta de la revista Jauja resulta especialmente atinado, porque en unas pocas páginas Randle consigue ofrecernos una visión panorámica de aquella aventura que ocupó las horas de un Castellani ya provecto. Y esto lo logra Randle porque, no cediendo a la idolatría del personaje, logra compenetrarse con él como sólo pueden hacerlo los biógrafos más delicados y agudos. Toda la lectura de Castellani maldito resulta enormemente placentera, salpimentada a cada poco de sagaces intuiciones y sabrosas reflexiones, hermoseada por el peculiar humor de Sebastián Randle (que no siempre es humor castellaniano, lo que permite que el libro sea más poliédrico), que no se recata de repartir mandobles a diestro y siniestro con gran desenvoltura. A veces, incluso, con excesiva desenvoltura, como hace con Bergoglio, a quien siempre que puede estoquea, descabella y apuntilla (se nos excusarán los símiles taurinos, que a Randle sin duda disgustarán), venga o no a cuento (y en general no viene). En un momento dado, el autor reprocha a Carmelo López-Arias que escribiera un artículo en el que se resaltaban las similitudes del papa Francisco y el papa ficticio que protagoniza la novela de Castellani Juan XXIII (XIV). Nosotros, que también hemos escrito sobre esa novela, sabemos que esos paralelismos misteriosos existen; y también, por haber leído algo a Castellani, sabemos que Bergoglio no le hubiese caído a Castellani tan gordo como Randle pretende. ¿Nos atreveremos a decir que a ratos le habría, incluso, encandilado?

Randle reconoce paladinamente –aunque le fastidia un poco– que Castellani nunca dedicó comentarios demasiado severos a Pablo VI, ni despotricó contra el Concilio Vaticano II, ni defendió a machamartillo la liturgia tradicional (nunca se le dieron bien las rúbricas al viejo maestro). También le fastidia un poco que Castellani no acabara nunca de execrar a Maritain, tal vez porque fue el maestro más querido de su juventud; y es que todo juicio de Castellani estaba siempre marcado por su autobiografía (de ahí, por ejemplo, que su animadversión a Teilhard de Chardin fuese tan contumaz). También reconoce Randle paladinamente que el progresismo vaticanosegundón sólo inquietó a Castellani en su justa medida, no porque no lo captase sino porque lo consideraba –con razón– un epifenómeno o corolario natural de otros males mayores, que son el liberalismo y el modernismo religioso (que durante décadas habían profesado muchos eclesiásticos sin que conservadores y conservaduros se llevasen las manos a la cabeza, como hicieron luego con el progresismo vaticanosegundón). Esos males mayores, en colusión con el fariseísmo que ha convertido en máquina a la Iglesia, son el molino de viento que Castellani combatía (aunque supiese que no iba a lograr en vida la victoria). A Randle le fastidia un poco (pero sólo un poco) que Castellani no mojase demasiado la pluma en la tinta acre del dicterio cuando se refiere a los zurdos; y también que no se preocupase demasiado de los avatares de la politiquilla diaria. Pero comprende que no era porque la visión de Castellani fuese obtusa, sino porque era visión de águila, preocupada por la supervivencia de la patria y de la religión.

Y también porque Castellani rompe todos los moldes y se sale de todas las casillas. Todo empeño por amoldarlo o encasillarlo –al estilo de lo que hacen los viudos de Castellani, ante los que a veces Randle muestra cierto «celo amargo»– es traición a su personalidad gigantesca, traición de gente mezquina que no entiende que las águilas piensan (y sueñan) en el cielo, que no conoce casillas ni moldes. Para amar a Castellani hay que abandonar prejuicios y prevenciones, exigencia que en los hombres de alma ruin es pedir lo imposible; pero este Sebastián Randle es hombre de alma ancha que, hasta cuando se tropieza con las facetas que menos le gustan de Castellani, le rinde reverencia. Tal vez no sea santo de su devoción, pero es el genio que lo ha ayudado a pensar durante todos estos años; y esa «significación» se nota en la escritura del libro, inspiradísima siempre y con sus raptos o ráfagas de genialidad. Y, puesto que Castellani está sin duda en el cielo, disfrutando de «la posesión de Dios por toda la eternidad» –como el viejo maestro declaró sin falsa modestia en sus postrimerías, según leemos en el emocionante final de este magnífico libro–, puede estar Sebastián Randle seguro de que Castellani tiene que estar intercediendo por él con la misma insistencia que en vida dedicó a denostar a los obtusos jesuitas que lo victimaron. Por los que, en cambio, no creo que interceda demasiado en el cielo; pues estamos seguros de que Castellani es también genio y figura después de la sepultura.

Artículo publicado en Verbo (Revista de formación cívica y de acción cultural según el derecho natural y cristiano).