A propósito de la terminología que algunos utilizan con sentido dialéctico al hablar de “conservadores” y “liberales” en el seno de la Iglesia, Steven Neira, responsable del blog El Patio de los gentiles, observa en una columna publicada el 9 de enero en ReL que se trata de un uso de “etiquetas políticas para clasificar nuestra fe”, es decir, la fe católica. De este modo, “ahora hacemos uso de las categorías del mundo para juzgar a la Iglesia en vez de usar las categorías de la Iglesia para juzgar al mundo”.
 
La observación de Steven Neira me hizo recordar más de un texto de los Papas en los que, precisamente, se afirma la unidad de la Iglesia –en particular, la de la fe– y se la desprende de toda interpretación de acuerdo a la mentalidad del mundo. En este sentido, el apóstol San Pablo dice, entre otros lugares que podrían citarse: “Nolite conformari huic saeculo, sed transformamini renovatione mentis” (Rom 12, 2), es decir, “no os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente”.
 
Resalto ahora, brevitatis causae, un texto de Benedicto XVI que, entre idas y vueltas por tanta bulla en la vida de la Iglesia, reviste creciente actualidad. En un discurso histórico, afirma Benedicto XVI que, respecto del Concilio Vaticano II, se plasmaron dos tipos de “hermenéutica”: la “de la discontinuidad y de la ruptura” y la “de la reforma”. “La hermenéutica de la discontinuidad –observa el papa– corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tales no serían aún la verdadera expresión del espíritu del Concilio. Serían el resultado de componendas, en las cuales, para lograr la unanimidad, se tuvo que retroceder aún, reconfirmando muchas cosas antiguas ya inútiles. Pero en estas componendas no se reflejaría el verdadero espíritu del Concilio, sino en los impulsos hacia lo nuevo que subyacen en los textos: sólo esos impulsos representarían el verdadero espíritu del Concilio, y partiendo de ellos y de acuerdo con ellos sería necesario seguir adelante. Precisamente porque los textos sólo reflejarían de modo imperfecto el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario tener la valentía de ir más allá de los textos, dejando espacio a la novedad en la que se expresaría la intención más profunda, aunque aún indeterminada, del Concilio. En una palabra: sería preciso seguir no los textos del Concilio, sino su espíritu”.
 
Las palabras de Benedicto XVI son suficiente claras en el sentido, por lo que no requieren mucha glosa.
 
En relación a las “categorías políticas” sobre las que habla Steven Neira que se utilizan para explicar la vida de la Iglesia, Benedicto XVI formula una observación que, precisamente, refuta dicho tipo de interpretación. “De ese modo, como es obvio, queda un amplio margen para la pregunta sobre cómo se define entonces ese espíritu y, en consecuencia, se deja espacio a cualquier arbitrariedad. Pero así se tergiversa en su raíz la naturaleza de un Concilio como tal. De esta manera, se lo considera como una especie de Asamblea Constituyente, que elimina una Constitución antigua y crea una nueva. Pero la Asamblea Constituyente necesita una autoridad que le confiera el mandato y luego una confirmación por parte de esa autoridad, es decir, del pueblo al que la Constitución debe servir. Los padres no tenían ese mandato y nadie se lo había dado; por lo demás, nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial de la Iglesia viene del Señor y nos ha sido dada para que nosotros podamos alcanzar la vida eterna y, partiendo de esta perspectiva, podamos iluminar también la vida en el tiempo y el tiempo mismo”.
 
Un tema queda pendiente y es el de la relación entre la Iglesia y el mundo. Vaya ahora una cita de otro Papa. En este caso es de Juan Pablo II y figura en un discurso que dirigió a los obispos australianos: “La cuestión principal concierne a la relación entre la Iglesia y el mundo. Este tema fue fundamental para el Concilio Vaticano II, y sigue siéndolo para la vida de la Iglesia después de más de treinta años. La respuesta que demos a esa cuestión determinará la que daremos a otras muchas cuestiones importantes y prácticas. La secularización avanzada de la sociedad implica una tendencia a confundir los límites entre la Iglesia y el mundo. Algunos aspectos de la cultura dominante pueden condicionar a la comunidad cristiana en actitudes que el Evangelio no admite. A veces falta voluntad para poner en tela de juicio los presupuestos culturales, tal como pide el Evangelio. Esto va acompañado a menudo por un enfoque acrítico del problema del mal moral y por un rechazo a reconocer la realidad del pecado y la necesidad del perdón. Esta actitud se manifiesta en una concepción de la modernidad excesivamente optimista, junto con un malestar ante la cruz y sus implicaciones para la vida cristiana. Se olvida muy fácilmente el pasado, y se acentúa tanto la dimensión horizontal, que se debilita el sentido de lo sobrenatural. Un respeto erróneo del pluralismo lleva a un relativismo que pone en duda las verdades enseñadas por la fe y accesibles a la razón humana; y esto, a su vez, crea confusión acerca de lo que constituye la verdadera libertad. Todo esto causa incertidumbre sobre la contribución propia que la Iglesia está llamada a dar al mundo.
 
»Al hablar del diálogo de la Iglesia con el mundo, el Papa Pablo VI usó la expresión colloquium salutis. No se trata de un diálogo por sí mismo, sino de un diálogo que tiene como fuente la verdad y busca comunicar la verdad que libera y salva. El colloquium salutis exige que la Iglesia sea diferente precisamente por el bien del diálogo. La fuente inagotable de esa diferencia es la fuerza del misterio pascual, que proclamamos y comunicamos. En el misterio pascual descubrimos la verdad absoluta y universal, la verdad sobre Dios y sobre la persona humana, que ha sido confiada a la Iglesia y que ella ofrece a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Los obispos nunca debemos perder la confianza en la llamada que hemos recibido, la llamada a una diakonía humilde y tenaz de esta verdad. La fe apostólica y la misión apostólica que hemos recibido nos imponen el solemne deber de anunciar la verdad en todos los ámbitos de nuestro ministerio”.
 
Dicho lo anterior, ¿no habría que concluir que aquellos que formulan una interpretación dialéctica sobre la vida de la Iglesia se amoldan al mundo y se alejan de su transformación mediante la renovación de la mente según el Corazón de Cristo?