Para enterarse de lo que está pasando, hay que seguir la actividad de los archipámpanos del mundialismo. Un tal Vitit Muntarbhorn, relator elegido por el Consejo de Derechos de Naciones Unidas, acaba de explicar cuál debe ser la estrategia para evitar “la discriminación basada en la orientación sexual e identidad de género”. Muntarbhorn considera prioritario “formar a los niños en actitudes correctas desde una edad temprana”; y afirma sin ambages que “la libertad de expresión y la libertad religiosa no son derechos absolutos y podrán ser limitados”.  Es un soniquete que llevamos escuchando bastante tiempo, a veces expresado más brutalmente, como hizo Hillary Clinton: “Las creencias religiosas han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales”.
 
¡Pero esto es un atropello!, exclaman los católicos cándidos, que todavía piensan ilusamente que las declaraciones de derechos humanos amparan sus creencias. Pero lo que la “libertad religiosa” hace, lo mismo que la “libertad de expresión”, es más bien otorgar el mismo rango a todas las religiones y expresiones, que a partir de ese momento pasan a tener todas el mismo valor (o sea, ninguno) y se anulan entre sí. Lo que la “libertad religiosa” pretende es que la religión fundadora de nuestra civilización valga lo mismo que cualquier superstición sectaria y pachanguera. Lo que la “libertad de expresión” pretende es que la verdad quede oscurecida por un enjambre de mentiras, de modo que verdad y mentira queden igualadas en una papilla indiscernible. Y allí donde todas las creencias religiosas valen un ardite, es inevitable que el orden temporal usurpe los atributos divinos y exija adoración; allí donde la palabra del sabio y la palabra del necio son opiniones igualmente valiosas, es inevitable que acabe imponiéndose una verdad oficial que se alce sobre el guirigay reinante.
 
El hombre es un ser de dependencias: allá donde no tiene un Dios al que adorar, termina adorando ídolos; allá donde no puede abrazarse a la verdad, termina abrazándose a las paparruchas más dementes. Esto lo sabían bien los promotores de los “derechos humanos”, que emboscaron detrás de una vaga ética cristiana una religión antropoteísta que  disfrazaba de “dignidad” humana lo que no era sino exaltación de los apetitos. Esta es la razón por la que los “derechos humanos” no han dejado nunca de redefinirse y ampliarse, quitándose al fin la careta de la inspiración cristiana con la que en su día engolosinaron a los católicos cándidos; pues, a medida que los apetitos humanos hallaban satisfacción, despertaban otros apetitos, cada vez más caprichosos y excéntricos, cada vez más voraces en su afán de imposición.
 
Llegados a este punto, la argumentación del relator Muntarbhorn que citábamos al principio es irreprochablemente lógica. Del mismo modo que la religión antropoteísta no puede admitir que unos testigos de Jehová impidan que sus hijos reciban una transfusión de sangre, tampoco puede admitir que unos católicos impidan que sus hijos reciban en la escuela “orientación sobre su identidad de género”. Pues, para la religión antropoteísta, los testigos de Jehová y los católicos son igualmente grupúsculos de friquis que enarbolan creencias religiosas obsoletas. Y tales creencias sólo se toleran mientras no osen infringir la verdad oficial establecida por un poder temporal que, entretanto, ha usurpado los atributos divinos. Pero, si osan infringirla, tendrán que ser limitadas, para que los niños sean formados en actitudes correctas, para que puedan recibir transfusiones de sangre y orientación sobre su identidad de género.

Publicado en ABC el 13 de febrero de 2017.