Como no podía ser de otra manera, el mes más bonito del año, el mes de las flores, se dedicará entero a la Virgen María, la Madre de Dios y nuestra, hay que dar gracias a Dios por Ella.

Pero el primer domingo de este mes también es el día de la madre, la que Dios nos regaló a cada uno, la que nos trajo al mundo, la nos crió, la que más nos quiere, la mejor... hay que dar gracias a Dios por ella.

Cuánto valdrá una madre, que ni el mismo Dios quiso privar a su Hijo al venir a la tierra de las caricias, besos y cuidados de una madre.

Cuánto valdrá una madre, que Jesús, antes de morirse, la encomendó al discípulo que más quería, no a otro cualquiera.

¿Recordáis la película de Marcelino Pan y Vino? Narra, con un candor delicioso, la historia de un niño a quien acogieron los frailes a la puerta del convento, y lo cuidan con gran amor, pero siente una muy grande nostalgia de su madre, a la que nunca ha conocido porque recién nacido lo llevan al convento con los frailes.

Este es el dialogo del Crucifijo con el niño.

Jesús: Estas muy callado. ¿Qué piensas ahora, Marcelino?
Marcelino: Que dónde estará tu Madre ahora.
J: Con la tuya.
M: ¿Y cómo son? ¿Qué hacen las madres?
J: Dar, Marcelino, siempre dar.
M: ¿Y qué dan?
J: Dan todo. Se dan a sí mismas, dan a los hijos sus vidas y la luz de sus ojos, hasta quedarse viejas y arrugadas.
M: ¿Y feas?
J: Feas, no, Marcelino. Las madres nunca son feas.
M: ¿Y tú, quieres mucho a tu madre?
J: Con todo mi corazón.
M: ¡Y yo, a la mía, más!

 

Así de cautivador había sido el relato de Jesús sobre las madres, ...

 Al final, en otro momento, El Cristo llamó hacia sí al niño, y, tomándole con las manos, le dijo:

-Bien, Marcelino. Has sido un buen muchacho y Yo estoy deseando darte como premio lo que tú más quieras.

-Dime: ¿quieres ser fraile como los que te han cuidado? ¿Quieres…? ¿Quieres que venga contigo Manuel?

A todo decía que no Marcelino, con los ojos cada vez más abiertos...

- ¿Qué quieres entonces? -le preguntaba el Señor.

Y entonces Marcelino, fijando sus ojos en los del Señor, dijo:

-Sólo quiero ver a mi madre y también a la tuya después.

-Y ¿quieres verlas ahora?

-Sí, sí, ahora…

-Entonces tendrás que dormir.

–Si no tengo sueño...

-Ven, yo te lo daré.

El niño es abrazado por el Cristo y se muere en sus brazos. Se lo llevó al cielo para ver a sus madres, la de la tierra y a la del cielo, a la Santísima Virgen.

 

Ser madre significa ser sacrificada, desinteresada, la que no pasa factura, la que todo lo da, y muchas veces a cambio de poco o de nada. La que sufre más cuando sufrimos los hijos, y la que más se alegra cuando a los hijos nos va bien en la vida…

Decir madre es sentir dulzura cuando estamos con ella, y nostalgia cuando no la tenemos cerca. Ella es la que más nos quiere (nos quiso), antes de amarla nosotros, ella ya nos amaba, ya éramos amados, porque nos acariciaba en su vientre, nos cuidaba con sus delicadezas, antes de conocernos, y aunque seamos mayores y nos independicemos, pero para una madre, sus hijos son el motivo de su existir. Somos su vida, de niños, de jóvenes y de adultos. Nosotros queremos a las personas cuando las conocemos y tratamos, las madres, ya antes de esto lo hacían.

Es la primera maestra que hemos tenido, la que más nos enseñó para la vida, y en las cosas de Dios, la que nos enseñó a rezar y nos enseñó el nombre de Jesús y de María. La que siempre nos ha esperado y nos esperará, como decimos de la Virgen: "Una madre no se cansa de esperar". ¡Benditas las madres cristianas, porque ellas serán recompensadas!

A la madre se la quiere mucho, aunque se le haga sufrir, se la quiere mucho cuando se la tiene. Se la añora mucho, cuando está lejos. Se la siente muchísimo, cuando se nos muere. Las madres no se tenían que morir nunca, porque siempre se las necesita, siempre...

Hoy, en este día, pedimos a Dios por todas las madres: porque ellas hacen (han hecho) con nosotros las veces de Dios, son las más parecidas a Dios, nos dan la vida, nos la cuidan y como a Dios, muchas veces somos desagradecidos… Hoy se lo queremos agradecer.

Por las madres jóvenes: que lo tienen muy difícil hoy para educar bien a sus hijos en valores humanos y cristianos, para que sean valientes y no se cansen…

Por las madres que sufren por alguno de sus hijos que están enredados en la droga, en el alcohol, en la delincuencia, etc.: que los vean regenerados.

Por las madres que han tenido que ver que alguno de sus hijos las ha adelantado en la muerte, que le lloran todos los días: para que vivan con esperanza, para que cuando Dios las llame a ellas, se encuentren con el hijo que dieron a luz en la tierra y las adelantó para irse al cielo.

Por las madres que se han equivocado con sus hijos o les dejaron abandonados: también son madres.

Por las madres adoptivas: que abrazan a esos hijos como suyos…

Por las madres enfermas: que no se desesperen, que sus hijos no se cansen de cuidarlas como hicieron ellas tantas veces.

Por las madres ancianas, que han desgastado la vida por sus hijos, para que no se sientan solas ahora que les necesitan más: aunque estén en residencias, que noten la cercanía de sus hijos.

Por las madres que se nos han muerto: para que reciban el premio merecido a quienes pasaron haciendo el bien, y Dios les pague como los hijos no sabríamos hacerlo. Que su examen haya sido como lo ha prometido el Señor, se examinarán del amor, y, ¿quién ha amado más que una madre? Y ¿quién de manera más desinteresada, lo más parecido a como lo hace Dios?

Monseñor Eliseo García Rubio es capellán del Convento de San José de Ávila.