El presidente norteamericano Dwigt Eisenhower dijo en cierta ocasión: “Cada arma que se fabrica, cada guerra que se emprende, cada cohete que se dispara, significa, en último sentido, un robo a quienes padecen hambre y no son alimentados, quienes padecen frío y no son vestidos…”.

Si lo dijo con sinceridad y convencimiento, su testimonio es especialmente valioso por provenir de un militar del más alto nivel, del general que estuvo al frente de las fuerzas aliadas en Europa en la Segunda Guerra Mundial y que, por tanto, mandó a millones de soldados e hizo uso de las armas en gran escala.

Lo expresado por quien fue presidente de los Estados Unidos, el país que ya entonces, en los años 50 del siglo pasado, y también ahora, es el que gasta más en armamento de todo el mundo, es válido de manera permanente, pero adquiere más relevancia en este momento en que, a raíz de la guerra de Ucrania, se relanzan a nivel mundial los presupuestos de Defensa. Países como Alemania y Japón, potencias económicas pero perdedores de la Segunda Guerra Mundial, que habían reducido sus ejércitos al mínimo y con objetivos exclusivamente defensivos, han anunciado crecimientos espectaculares en los recursos destinados al campo militar. Países como Finlandia y Suecia desean entrar en la OTAN ante el peligro que ven en el Este, y aumentan sus cuotas armamentísticas. Dinamarca incrementa también el gasto militar. Casi todos los países. El propio Gobierno español ha anunciado que aumentará el presupuesto de Defensa del 1,2 por ciento del PIB al 2 por ciento. Casi se duplicará.

En conjunto, cientos de miles de millones de dólares o euros.

Muchos países del Tercer Mundo no han aumentado recientemente sus gastos militares, pero se sabe que dedican a ellos un alto porcentaje de todos sus medios, aunque el hambre o la miseria afecte a buena parte de su población. No solo se da en convulsos países subsaharianos. Basta una ojeada al vecino Marruecos, con un ejército potente mientras su población tiene que emigrar, e incluso es utilizada en algún momento como avalancha humana para que pasen por millares a territorio español.

Tanto gasto militar significa detraer una inmensa cantidad de recursos que podrían y deberían destinarse a sanidad, educación, infraestructuras y obras públicas, incentivación de la economía, atención a las personas dependientes, investigación, mejora del medio ambiente, apoyo a las familias, ayuda a países pobres, etc. Pensamos poco en ello. Quizás en esta guerra en curso nos centramos en los aspectos estratégicos, las figuras de los líderes, los cambios geopolíticos, la correlación de fuerzas, el incremento de los precios que nos afecta, o en algo tan positivo como los heridos y los refugiados, pero no nos damos cuenta de la injusticia enorme que significa en sí misma la carrera armamentística desatada.

No sabemos si se ampliará o no el conflicto. En todo caso, la paz verdadera no es el resultado del simple equilibrio de fuerzas, sino de algo más profundo, del respeto, de la búsqueda de la concordia y de la colaboración. Aunque ello haya formado de la doctrina habitual de la Iglesia, en la encíclica Pacem in terris lo explicitó de forma muy clara el Papa Juan XXIII en un momento de gran tensión. Ahora, el Papa Francisco ha hablado del “odio a la guerra” que le inculcó su abuelo, que había participado en la Primera Guerra Mundial y había sido víctima y testimonio de grandes sufrimientos.

Las cosas con complejas. No es ilícito, e incluso es comprensible, que los países se armen si se siente amenazados. Pero es grave que el mismo peligro exista. En todo caso, considero positivo que dentro de la Iglesia sean cada vez más reacios a bendecir las armas.