La semana pasada, pensando en nuestra España, no sin dolor, pero con mucha esperanza, me refería al gravísimo problema del paro, y acababa señalando que el no tener en cuenta a la familia suficientemente en ese contexto juzga a nuestra sociedad. La juzga porque, con demasiada frecuencia e intensidad, no está siendo el hombre, la verdad del hombre, el criterio de actuación de nuestra sociedad y el norte que oriente la actuación pública y privada.

España, Europa, el mundo entero edificarán su presente y proyectarán su futuro sólo desde la verdad auténtica del hombre, de la dignidad de la persona, desde la libertad que respeta esa verdad y esa dignidad y nunca las hiere, y desde la justicia y el respeto a los derechos humanos inalienbales y fundamentales para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos, entre los que se encuentran hoy tantos y tantos jóvenes, tantas y tantas familias. Un mundo, una España, y una Europa preocupadas no sólo de las necesidades materiales, económicas, de los hombres, sino también de las morales, sociales y religiosas, porque ellas son exigencias genuinas del único hombre, y sólo asi se trabajará eficaz, íntegra y fecundante por su bien, por la paz entre los hombres y la superación de toda violencia y sus causas (Cfr. Benedicto XVI, en Santiago de Compostela).

No podemos olvidar, nadie puede olvidar, tampoco los poderes públicos, que la cuestión y el bien del hombre es inseparable de la familia, y que ésta pertenece a la verdad, dignidad y grandeza del hombre, o que sin ella no es posible la paz ni la superación de la violencia.
El Papa en su viaje a España recordó que «la cuestión de la familia, como célula fundamental de la sociedad es el gran tema de hoy, y nos indica hacia donde podemos ir tanto en la edificación de la sociedad, como en la unidad entre fe y vida, entre sociedad y religión» (Benedicto XVI a los periodistas).

Concretaba más aún en Barcelona al señalar, con palabras de una grandísima actualidad en estos precisos momentos y de grande luz para ellos, que «las condiciones de vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormemente en ámbitos técnicos, sociales y culturales. No podemos contentarnos con esos progresos. Junto a ellos deben estar siempre los morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y de una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde existen el amor y la fidelidad nace y perdura la verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización: para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de la concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar» (Benedicto XVI, en la Basílica de la Sagrada Familia, de Barcelona)

Es cierto que la familia ha sido, y sigue siendo, objeto de batalla cultural y social, en la que, al fin y al cabo, quien cae herido y dañado es el hombre. Es cierto también que la familia, en los últimos tiempos, ha pasado por una gran evolución entre nosotros, no siempre favorable, sino al contrario, como podemos ver en ese libro magnífico y tan lúcido del Instituto de Política familiar: La familia, desafío para una nueva política. Es cierto, además, que la familia, de hecho, no es tenida suficientemente en cuenta, por ejemplo, en la organización económica y laboral, que no se tiene en cuenta como debiera la dimensión familiar del salario, o que ha vivido y vive con una presión económica muy grande que comienza con la adquisición de la vivienda,... Pero esto no obsta a que siga siendo la realidad más y mejor valorada y querida de todos. Aunque más allá de las valoraciones y apreciaciones, objetivamente, la realidad es que, de suyo, el futuro del hombre y de la humanidad dependen de la familia, pasan por la familia, por la verdad de la familia, por la familia natural.

Sin el apoyo decidido y total a la familia, no hay apoyo total y decidido al hombre, base de todo orden y progreso social, fundamento del bien común al que todo en la sociedad se ordena; y sin este apoyo no saldremos ni superaremos la crisis que nos aflige, el paro que destruye a tantos, el fracaso educativo que está tan en el ojo del huracán de decadencia y ruptura humana, el relativismo que nos corroe como un cáncer terrible, ni tampoco encontraremos el fundamento para una sociedad en paz. Ésta es respuesta muy básica, no sólo de la Iglesia, sino de todos los que integramos la sociedad, particularmente de quienes se ocupan de la cosa pública y cargan con la grave responsabilidad de gestionarla. Sería miope y suicida que en estos momentos, tan grávidos humana y socialmente, se pospusieran para momentos más tardíos respuestas políticas, económicas, y educativas a los temas de la familia, por considerar que lo urgente y prioritario es la economía sin más. Sin la familia, sin el apoyo a la familia, sin la defensa de la familia y de la vida que de ella surge y en ella crece y humanamente se forma, no habrá solución para los graves problemas económicos, como, de hecho, estamos viendo y viviendo en estos días: la familia, la familia natural, la que corresponde al hombre y su dignidad, está siendo el gran sostén y el gran calor y cobijo de amor donde se curan tantas heridas que han surgido de unas visiones del hombre, en las que han primado otros criterios sobre la verdad y dignidad del hombre, y han originado lacras tan lacerantes como la del paro, que comentamos la semana pasada. No cabe la menor duda que la familia es un «desafío para una nueva política», que no puede aparecer en segundo plano, sino que tiene una prioridad en el conjunto de asuntos públicos.