Según cuenta Juan Vicente Boo en el ABC, la jornada de Benedicto XVI es absolutamente regular. Desde que los médicos le aconsejaron descanso, el Papa ya no se levanta a las cinco y media de la madrugada sino algo después de las seis, de modo que puede empezar a las siete un momento de oración en la capilla, justo antes de la misa que celebra a las siete y media.
 
La meditación ante el sagrario es el primer encuentro de una pequeña «familia» que comparte cada día algunos ratos breves de plegaria y trabajo. Las cuatro mujeres que se ocupan de administrar y gestionar el apartamento pontificio y los dos secretarios privados inician el día rezando con el Papa y asistiendo a su misa.
 
El desayuno es frugal y típicamente italiano: café con leche, zumo de naranja, un «cornetto» y algo de fruta. En un abrir y cerrar de ojos, el Papa está ya trabajando en su estudio privado.
 
A primera hora de cada día, su secretario personal, el sacerdote alemán Georg Gaenswein, le pasa la correspondencia y la reseña de prensa. Después sigue un rato de trabajo con expedientes hasta que llega la hora de las audiencias. Un poco antes de las once, el Papa baja a la biblioteca del segundo piso para recibir a jefes de Estado, obispos y jefes de los dicasterios. Con mucha frecuencia, la mañana incluye una audiencia a grupos numerosos, que suele celebrarse en la Sala Clementina.
 
La mañana de los miércoles, en cambio, se dedica a la audiencia general, que tiene lugar en la plaza de San Pedro la mayor parte del año pues suelen participar más de diez mil personas. Tan sólo en los meses más gélidos del invierno y en los más tórridos del verano la audiencia general se traslada al Aula Pablo VI que, en todo caso, puede acoger a unas siete mil personas.
 
Joseph Ratzinger ha tenido siempre una constitución física ligera, y la comida, a la una y media de la tarde, mantiene el mismo tono frugal del desayuno y la cena. A diferencia de Juan Pablo II, que disfrutaba con la conversación y los invitados, Benedicto XVI considera el almuerzo como un rato de descanso tranquilo: pocas palabras y poca comida, en veinte minutos como máximo.
 
Los treinta años pasados en Roma se notan también en la mesa. Dominan las especialidades italianas -sobre todo sopas y platos muy ligeros- aunque de vez en cuando se dejan ver las salchichas blancas de Munich y, por supuesto, el «appelstrudel» con un poco de canela, uvas pasas y miel. Desde hace tiempo, Joseph Ratzinger sólo bebe vino por alguna obligación de cortesía. Prefiere sencillamente el agua, la naranjada o la limonada.
 
Por indicación médica el Papa da un corto paseo diario a eso de las tres de la tarde. Al terminar la comida, el Papa descansa media hora en un sillón y luego sale a rezar el Rosario por los Jardines Vaticanos junto con don Georg y don Alfred. Normalmente suben en coche hasta lo alto de la colina y allí caminan por la zona de la Gruta de Lourdes, cerca del helipuerto.
 
El trabajo de la tarde es más tranquilo y aunque el Papa recibe visitas de los colaboradores más directos como el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, o el vicesecretario, Fernando Filoni, la mayor parte de las horas están dedicadas a estudiar expedientes y a escribir.
 
Benedicto XVI estudia con todo detalle los gruesos expedientes que se preparan para la selección de obispos, pues considera esos nombramientos como una de sus responsabilidades más importantes.
 
Hace un par de meses el Papa terminó de escribir lo que, según dijo, será su último libro. Se trata del segundo volumen de «Jesús de Nazaret», que está siendo traducido a los principales idiomas para hacer una presentación simultánea a principios del verano.
Benedicto XVI es muy reservado e incluso tímido. No le gusta hablar de sí mismo y a duras penas habla de sus proyectos. La noticia de que había terminado de escribir «Jesús de Nazaret» se la dio a un colega y amigo judío, Jacob Neusner, cuya obra «Un rabino habla con Jesús» había citado para explicar uno de los puntos esenciales del primer volumen. A Neusner le alegró mucho que el Papa hubiese conseguido terminar el libro, pero ha protestado contra la decisión de no escribir ya otros pues un intelectual no debe renunciar nunca a seguir produciendo piezas de envergadura.
 
En la casa del Papa se cena a las siete y media de la tarde, lo cual permite ver el telediario de las ocho, ya sea el de la RAI o el de alguna cadena internacional. Igual que su predecesor, Benedicto XVI dedica mucho tiempo a intentar entender lo que sucede en Italia, pues además de ser obispo de Roma mantiene una relación especial con el episcopado italiano, del que procede buena parte de la Curia vaticana, cuya internacionalidad ha retrocedido en los últimos años.
 
Después de las noticias viene un rato de lectura, de trabajo o, si es posible, de piano, una de sus aficiones favoritas. Mozart y Beethoven se adueñan del apartamento pontificio y todo el mundo lo disfruta porque saben que el Papa descansa. A Benedicto XVI le alegran mucho las visitas de su hermano Georg, también sacerdote y gran musicólogo, jubilado hace ya tiempo, que vive de modo muy discreto en Regensburg. Como Georg tiene problemas de corazón y de vista, el Papa ha decidido pasar todo el verano en Castelgandolfo en lugar de ir a la casa de los Alpes: así pueden disfrutar las vacaciones juntos.