La ciudad de San Sebastián celebra de forma muy especial la festividad de la Asunción de María. La víspera tiene lugar la Salve en la catedral de Santa María, que este año volvió a abarrotarse, con presencia de las autoridades civiles encabezadas por el alcalde peneuvista Eneko Goia.



Se celebró misa y se entonó el Ave María de Usandizaga, seguido de la Salve compuesta en 1934 por Linitio Refice, maestro de la Capilla Sixtina, expresamente para ser interpretada en la basílica donostiarra. Para finalizar, el tradicional Agur Jesusen ama.



Este martes continuó la celebración litúrgica con la festividad de la Asunción, y en la misa del día el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, pronunció una homilía en la que comenzó destacando que la protección que nos brinda Maria es independiente de nuestra actitud hacia ella: "Desde el cielo ejerce su vocación materna sobre todos nosotros, seamos o no conscientes de ello; ya lo estimemos, lo ignoremos o incluso lo rechacemos. Ella no puede dejar de ser madre de cada uno de sus hijos, aun cuando nosotros podamos ser insensibles hacia su acción maternal".

Dios le ha encomendado "ayudarnos en la lucha por nuestra propia libertad, tanto interior como en el orden social", dijo monseñor Munilla: "Sí, es una paradoja que nuestra cultura ensalce la libertad hasta el punto de idolatrarla, al tiempo que nuestro mundo está lleno de adictos, es decir, de esclavos. Es una paradoja que la libertad sociopolítica haya sido reivindicada tradicionalmente desde los sectores liberales y progresistas; y, sin embargo, seamos testigos de cómo nos imponen ahora, sin margen al disenso, un pensamiento único al servicio del nuevo orden mundial".

"Dios es infinitamente respetuoso con la libertad del hombre", subrayó, pero "porque es la condición indispensable para que el ser humano pueda llegar a amar la verdad", que es "el culmen de la vida de todo hombre y de toda mujer".

"En mi opinión", añadió el prelado donostiarra, "la gran herejía de nuestro tiempo es la contraposición entre la verdad y el amor; o dicho de otro modo, entre la justicia y la misericordia. El gran engaño del pensamiento contemporáneo consiste en confrontar ambas dimensiones, como si estuviésemos condenados a una dialéctica que hace irreconciliable el amor y la verdad. La historia misma es presentada bajo ese paradigma dialéctico: los estadios antiguos de la historia habrían estado marcados por el signo de la verdad, en detrimento de la caridad y la misericordia. Por el contrario, el hombre moderno habría logrado realizar un giro antropocéntrico para liberarse de la esclavitud de la verdad, y centrarse ahora meramente en el ideal del amor".

Y eso es una herejía porque "el ideal evangélico no deja lugar a dudas. Dios es el amor y Dios es la verdad. Jesucristo es la verdad de Dios, y el amor de Dios, simultáneamente. No son dos aspectos contrapuestos, sino un mismo misterio en Dios. La predicación del ideal evangélico es inequívoca: estamos llamados a amar la verdad; o, en otras palabras, a vivir la verdad en el amor".

Munilla respondió a la dialéctica antropocéntrica con dos ejemplos. Primero, las palabras de Jesús a la mujer adúltera, a quien rescata de la lapidación pero le pide no pecar más: "Ni el adulterio de aquella mujer justifica la falta de caridad hacia ella; ni la caridad hacia esa mujer hace que sea bueno el pecado del adulterio". Y segundo, las manipuladas palabras de Francisco sobre la homosexualidad: "¿Quién soy yo para juzgar?", de las que se mutiló su recordatorio de "la necesidad de que todos y cada uno de nosotros estamos llamados a vivir conforme a la voluntad de Dios".

De ahí la razón de sacar a colación este discurso en la festividad que conmemora "el triunfo pleno y definitivo" de la Virgen María: "María es la persona humana en la que se ha realizado la alianza definitiva entre la verdad y el amor. Verdad y amor, que se 'divorciaron' por el pecado de Adán y Eva, y que han sido reunificados en María, por el don del Espíritu Santo".


Queridos sacerdotes concelebrantes, queridas autoridades, queridos fieles donostiarras y visitantes que disfrutáis de estas fiestas entre nosotros; queridos todos, hijos de Dios, y por su gracia, hijos también de María:
 
El 15 de agosto es la fecha del calendario que, junto con el 8 de septiembre, concentra más fiestas patronales en los países de tradición católica. Si el 8 de septiembre celebramos la Natividad de María -el día de su nacimiento-, el 15 de agosto celebramos su asunción a los cielos en cuerpo y alma, es decir, el día de su entrada en la vida eterna; esto es, su triunfo pleno y definitivo. Desde el cielo ejerce su vocación materna sobre todos nosotros, seamos o no conscientes de ello; ya lo estimemos, lo ignoremos o incluso lo rechacemos. Ella no puede dejar de ser “madre” de cada uno de sus hijos, aun cuando nosotros podamos ser insensibles hacia su acción maternal.
 
En estos días de verano he leído un libro que quisiera recomendaros vivamente. Su título es Sobrevivir para contarlo, y narra la historia de una superviviente del genocidio de Ruanda. Una mujer que se apoyó en la Virgen María con una esperanza sobrenatural, en las circunstancias más duras que nadie pueda imaginar, que descubre en el rezo del rosario el medio más práctico para alcanzar la paz interior, así como la victoria sobre la espiral destructiva del odio. Pienso que es un testimonio que puede hacer mucho bien, especialmente a los que arrastran heridas profundas en la historia de su vida. María de Nazaret, la Virgen María, es una mujer libre y liberadora, que ha recibido de Dios la encomienda de ayudarnos en la lucha por nuestra propia libertad, tanto interior como en el orden social.
 
Sí, es una paradoja que nuestra cultura ensalce la libertad hasta el punto de idolatrarla, al tiempo que nuestro mundo está lleno de adictos, es decir, de esclavos. Es una paradoja que la libertad sociopolítica haya sido reivindicada tradicionalmente desde los sectores liberales y progresistas; y, sin embargo, seamos testigos de cómo nos imponen ahora, sin margen al disenso, un pensamiento único al servicio del nuevo orden mundial.
 
Ahora bien, Dios es infinitamente respetuoso con la libertad del hombre. Dios no quiere vencer, sino convencer. Dios no se impone, sino que se propone, llamando a nuestra puerta, como llamó a la puerta de María. Para Él la libertad tiene un valor infinito porque es la condición indispensable para que el ser humano pueda llegar a amar la verdad. Sí, lo repito, éste es el culmen de la vida de todo hombre y de toda mujer: AMAR LA VERDAD.
 
En mi opinión, la gran herejía de nuestro tiempo es la contraposición entre la verdad y el amor; o dicho de otro modo, entre la justicia y la misericordia. El gran engaño del pensamiento contemporáneo consiste en confrontar ambas dimensiones, como si estuviésemos condenados a una dialéctica que hace irreconciliable el amor y la verdad. La historia misma es presentada bajo ese paradigma dialéctico: los estadios antiguos de la historia habrían estado marcados por el signo de la verdad, en detrimento de la caridad y la misericordia. Por el contrario, el hombre moderno habría logrado realizar un giro antropocéntrico para liberarse de la esclavitud de la verdad, y centrarse ahora meramente en el ideal del amor.
 
Sin embargo, el ideal evangélico no deja lugar a dudas. Dios es el amor y Dios es la verdad. Jesucristo es la verdad de Dios, y el amor de Dios, simultáneamente. No son dos aspectos contrapuestos, sino un mismo misterio en Dios. La predicación del ideal evangélico es inequívoca: estamos llamados a amar la verdad; o, en otras palabras, a vivir la verdad en el amor.
 
Pongamos un ejemplo, para no perdernos en formulaciones abstractas. Todos recordamos el episodio del encuentro de Jesús con la mujer pecadora, en el que Jesús pronunció esta conocida expresión: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”… Sin embargo, es curioso, qué pocas veces recordamos las palabras finales que el Señor dirigió a esa mujer en el mismo episodio: “Tampoco yo te condeno, vete y no peques más”. Es decir, el ideal de Jesús es claro: ni el adulterio de aquella mujer justifica la falta de caridad hacia ella; ni la caridad hacia esa mujer hace que sea bueno el pecado del adulterio. Verdad y amor van siempre de la mano.
 
Otro ejemplo más cercano a nuestros días, fue el protagonizado por el Papa Francisco al pronunciar unas palabras en una rueda de prensa durante uno de sus viajes, que luego fueron mediática y popularmente cercenadas y manipuladas. El Papa Francisco no se había limitado a decir “¿Quién soy yo para juzgar?”, como se ha afirmado en innumerables ocasiones, sino que previamente había manifestado la necesidad de que todos y cada uno de nosotros estamos llamados a vivir conforme a la voluntad de Dios, tal y como se nos presenta en el pasaje evangélico: “¿Nadie te ha condenado, mujer? –Nadie, Señor. –Pues tampoco yo te condeno. Vete y no peques más” (Jn 8, 10-11).
 
Aun sabiendo que se trata de una extrapolación de la frase evangélica de Jesús: “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”, ¿acaso no podríamos aplicar dicha expresión, no solo a la unión del hombre y la mujer en el matrimonio, sino también a la unión indisoluble entre la verdad y la caridad; entre la justicia y la misericordia? Sí, ¡lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre!
 
Pues bien, queridos hermanos, María es la persona humana en la que se ha realizado la alianza definitiva entre la verdad y el amor. Verdad y amor, que se “divorciaron” por el pecado de Adán y Eva, y que han sido reunificados en María, por el don del Espíritu Santo.
 
Pero no olvidemos algo importante, que nos debe llenar de esperanza: el triunfo de María no es algo bello, para ser simplemente contemplado, sino que es, sobre todo, la muestra viva de lo que Dios quiere hacer en nosotros. También en nosotros Dios quiere llevar a cabo esa obra de reunificación interior, por la que se superen definitivamente nuestras contradicciones interiores, de manera que ejerzamos la libertad para llegar a ser uno con la verdad y el amor.
 
Pidamos en esta fiesta de la Asunción de María a los Cielos, que Ella nos guíe y nos asista en los intrincados vericuetos de nuestro espíritu y de la vida, para que, sin perdernos por el camino, completemos nuestra ascensión hasta la cumbre.
 
Termino con una frase del diario de Immaculée Llibagiza, la protagonista del libro Sobrevivir para contarlo, al que me he referido anteriormente: «Me aferré al rosario de mi padre y pedí a Dios que me ayudara, hasta que oí su voz nuevamente: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”.»
 
María, madre, hija y esposa de la Verdad y de la Caridad, ¡ruega por nosotros!