Quien busque una buena biografía o libro de historia contundente para leer o regalar estas Navidades puede apostar por Napoleón: una vida, de Andrew Roberts, que gustará a cualquiera que haya disfrutado leyendo a otros divulgadores ingleses de pluma ágil como Paul Johnson o Tom Holland.

Desde niño Napoleón quiso ser otro Alejandro Magno, más aún, otro Julio César. Todo lo que le movió en su vida –que no fue larga: 51 años, los últimos seis preso en Santa Elena- fue llegar a ser “grande”, y en todo lo que pudo imitó a César. Según su modelo, reconvirtió una república caótica en un Imperio.


Napoleón fue un trabajador incansable, que dormía poco y dictaba infinidad de cartas, incluso mientras se bañaba, a su ejército de secretarios. Se han conservado 30.000 de ellas y en ellas ha buceado Roberts para describir la mente y el corazón de Bonaparte.

Ningún tema le parecía pequeño ni se escapaba de su supervisión directa: mientras organizaba la invasión de Rusia tenía tiempo para escribir a un párroco de pueblo regañándole por un sermón flojo en el día de su cumpleaños (que era la Asunción, el 15 de agosto) o cuestionaba la calidad de las tazas de té de uno de sus palacios.  


El libro tiene 890 páginas, aunque 140 son índices, notas y anexos. Se lee con agilidad y a veces con humor, y puede considerarse la biografía definitiva de Napoleón.

Cubre con amplitud su personalidad y motivaciones, sus amoríos (tuvo al menos 20 amantes), sus batallas y campañas (cada una descrita con detalle suficiente para los que disfrutan la historia militar), su vida cotidiana y el trato con sus colaboradores.


Napoleón, una vida, de Andrew Roberts: 740 páginas
de acción y peripecias históricas, a veces desconcertantes



El historiador inglés, que durante 740 páginas critica los errores de Napoleón y algunas de sus crueldades ocasionales, pero que en general se muestra admirado por su personalidad y logros, concluye: “Su vida y su carrera contradicen los análisis deterministas de la historia, que explican los acontecimientos basándose en imparables fuerzas impersonales y minimizan el papel que juegan los individuos. Como el guardamarina George Home expuso en sus memorias: ‘nos enseñó lo que puede alcanzar una pequeña criatura humana como nosotros en tan poco tiempo’. ¿Napoleón el Grande? Por supuesto”, concluye Andrew Roberts.



Llegó a general a los 24 años y reestructuró Francia para que pudiera funcionar como un ejército: una meritocracia con administración eficaz, aunque él quería controlar mil detalles en persona. Participó en 60 batallas y asedios, y sólo perdió en 7. 

Roberts lo considera “el último y mayor de los déspotas ilustrados” y, con Goethe, afirma que fue “la Ilustración a caballo”.


En 1804 se proclamó “Emperador de la República Francesa” y nadie osó señalarle la contradicción. Enseguida eliminó las distintas chaladuras revolucionarias, como el absurdo calendario revolucionario impuesto en 1792 (lo eliminó al acabar 1805), retornando el calendario gregoriano, con sus connotaciones cristianas, o los hinchados e hipócritas cultos "al Ser Supremo” o "a la Diosa Razón", que se desinflaron en cuanto sopló sobre ellos. 

Se acabó el Terror: en todos sus gobiernos, sólo 4, quizá 5 personas, fueron ejecutadas por razones directamente políticas en Francia (descontando casos claros de intento de magnicidio).

Eliminó el Sacro Imperio Romano-Germánico y la Orden de Malta como entidad político-militar. Aunque en cierto momento reintrodujo la esclavitud en las colonias americanas en el Caribe y apoyó una cruelísima guerra de conquista en Haití, la abolió finalmente en 1815 y reconoció que la guerra haitiana fue innecesaria.


El Código Napoleónico que creó es la base de gran parte del derecho europeo. Hay 40 países por todo el mundo con sus principios.

Sus puentes, embalses y desagües en el Sena siguen usándose hoy. La Cámara de Cuentas que creó para auditar impuestos y combatir la corrupción sigue funcionando con eficacia. Los liceos que puso en marcha siguen ofreciendo una educación excelente y el Consejo de Estado sigue reuniéndose los miércoles como él estableció.


El libro de Roberts combina la historia y las anécdotas con los números. Las Guerras Napoleónicas costaron 3 millones de muertos militares (la mayoría por enfermedades y frío) y 1 millón de muertos civiles. De ellos, 1.400.000 eran franceses. Cada año las batallas eran más sangrientas, contaban con más y más cañones que causaban más víctimas y las campañas movilizaron ejércitos de tamaños que nunca antes se habían visto.

En 1812 Francia –con sus satélites- tenía en armas un ejército de 1 millón de soldados. La invasión de Rusia contaría con 615.000 hombres, 250.000 caballos, 25.000 vehículos… nunca antes una fuerza invasora fue tan grande. El Imperio Napoleónico tenía 71 millones de habitantes, y sólo 27 millones eran franceses.

Pero, como dice Jesucristo (Mc 8,36) y como recordó Santo Tomás Moro en su juicio: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?” Vale la pena hablar algo del alma de Napoleón y su relación con la Iglesia y la fe.

 
Napoleón nació en una familia socialmente católica de la baja nobleza en Córcega. En casa hablaban corso (una variante cercana al italiano genovés) y en el colegio escribía y hablaba en italiano. A los 9 años lo enviaron a aprender francés -y a afrancesarlo en todos los sentidos, con éxito absoluto- a Borgoña, en unos cursos que incluían clases de religión del obispo de Autun. Ya entonces el padre Chardon, director de su escuela, lo veía como un niño pensativo y melancólico, sin amigos. En pocos meses dominó el francés hablado. Nunca llegó a  escribirlo a la perfección pero en la época no importaba mucho y como magnatario tuvo muchos secretarios a los que dictar. 
 
Después, ingresó en una academia militar para jóvenes destinados a ser oficiales, administrada por frailes franciscanos. Los hijos de San Francisco educaron al que sería gran conquistador en diversas materias no militares: idiomas, geografía, latín... destacó en matemáticas. Las asignaturas bélicas las impartían militares. 
 

Él ya había leído las vidas de César y Alejandro en Córcega. A los 11 años en Brienne tenía que hablar en un examen oral de los 4 milagros más importantes de Cristo. De esa fecha Napoleón escribió años después: "Me escandalizó escuchar que los hombres más virtuosos de la Antigüedad arderían por siempre por no haber seguido una religión de la que ni siquiera habían oído hablar".

Así los franciscanos y la fe cristiana perdieron a Napoleón cuando tenía 11 años: por no reconocer o al menos no explicar claramente -como sí reconoce hoy la Iglesia, véase Dominus Iesu 20 y 21- que Cristo puede salvar, de formas misterioras, a los paganos que no lo conocen. No es una causa tan inusual para perder la fe: al historiador Tom Holland le pasó algo parecido en pleno siglo XX, y solo en el s.XXI ha replanteado su visión (ReL lo cuenta aquí). 
 
A los 15 años murió su padre y el Napoleón adolescente se negó a recibir palabras de consuelo de los sacerdotes de Brienne. Poco después, escribió un texto -que nunca publicaría- acusando al cristianismo de permitir la tiranía al ofrecer la vida eterna, como una forma de adormecer al pueblo. Es decir, el "opio" que diría Marx. Pero cuando él llegó al poder enseguida recurrió a ese "opio" para aportar orden y estabilidad al país. 
 
Roberts considera probado que siempre fue vagamente deísta y nunca -excepto quizá en sus días finales- creyó en la divinidad de Cristo. Nunca le interesó Cristo ni quiso parecerse a Cristo: él quiso parecerse a César.

Alguna vez se le vio persignarse antes de una batalla. No era cobarde: acudió a muchas contiendas y las balas de cañón explotaban a sus pies. 

 
Ya siendo un jovencísimo general, en su invasión a Egipto, intentó seducir al pueblo musulmán con escritos floridos en los que poco menos sugería que él podía ser el "mahdi", el líder profetizado de los últimos tiempos del Islam. "Venimos a castigar a los usurpadores, yo rindo tributo a Dios, a su Profeta, al Corán; ¿no acabamos nosotros con los Caballeros de Malta, esos necios que pensaban que era voluntad de Dios luchar contra los musulmanes?" Pero esas proclamas eran mera propaganda.


En 1796, como general de la Francia revolucionaria y ferozmente anticlerical, Napoleón venció a una alianza de austriacos y fuerzas papales e italianas. Firmó una paz que le permitía llevarse 100 obras de arte y 500 manuscritos de los Museos Vaticanos a París. En otro tratado con Pío VI en 1797 le sacó a los Estados Pontificios 30 millones de escudos. Escribió al Directorio que gobernaba Francia que "Treinta millones valen para nosotros diez veces más que Roma, de donde no hubiésemos sacado ni cinco millones... Esa vieja máquina se descompondrá ella sola". 

Al año siguiente creó en los Estados Pontificios la República Romana, legalizó el matrimonio civil y el divorcio, cerró monasterios y confiscó propiedades eclesiales.

Los franceses arrestaron al anciano y casi paralizado Pío VI, de 81 años, y se lo llevaron a Francia. El Papa murió por el camino en Valence-sur-Rhône perdonando a sus enemigos. El prefecto de la ciudad escribió en el registro de defunciones: «Falleció el ciudadano Braschi, que ejercía profesión de pontífice». Muchos periódicos titularon: «Pío VI y último». No podían imaginar que vendrían otros 6 "Píos" y muchos más Papas. 


 El Papa Pío VI murió a los 81 años, deportado por
los franceses; decían que sería "el último"



En 1800, con 31 años, Napoleón ya era el hombre fuerte de Francia con poder para hacer y deshacer. Acabó con el bandolerismo y las milicias realistas. También acabó con el anticlericalismo republicano y los extremistas jacobinos. Quitó los bonetes rojos de los campanarios, se pudo volver a hablar de "monsieur y madame" (desde 1792 solo se permitía "ciudadanos y ciudadanas") y volvieron a celebrar las fiestas de Semana Santa y Navidad, que los revolucionarios franceses habían prohibido. 
 
Tras conquistar Milán en 1800, recibió a doscientos sacerdotes católicos italianos y les dijo que "el catolicismo es especialmente favorable para las instituciones republicanas. Yo mismo soy filósofo, y sé que en toda sociedad ningún hombre es considerado justo y virtuoso si no sabe de dónde viene ni a dónde va. La simple razón no le puede guiar en este asunto. Sin religión siempre se camina en la oscuridad". Él siempre estaba dispuesto a adoptar la fe necesaria para lograr triunfos sociales.

Mientras tanto, en los territorios que conquistaba implantaba la tolerancia religiosa, que en zonas italianas podía beneficiar a protestantes, en zonas alemanas a católicos y en todas partes a los siempre discriminados judíos. Las leyes de tolerancia religiosa que implantó se mantuvieron tras su caída en la mayoría de territorios.
 

En 1804 Napoleón decidió ser Emperador . Lo sometió a votación a "la Nación francesa", que “votó” (por 3,5 millones de votos a favor y solo 2.500 en contra) que sí, que todos querían un Imperio hereditario a cargo de los Bonaparte. La expresión votaciones "a la búlgara" -nacida en la época soviética, por su unanimidad amañada- debería llamarse "votaciones a la francesa", que fue el país que las empleó antes.
 
Para fundar un Imperio había que copiar rituales de la época de Carlomagno y se necesitaba que el Papa participase. La coronación no fue en Roma, sino en París: allí acudió el Papa Pío VII. "Napoleón ordenó a sus oficiales que lo tratasen como si contase con el respaldo de 200.000 soldados, uno de sus mayores cumplidos", escribe Roberts. 
 
Además, desde 1796 Napoleón estaba casado con Josefina por el rito civil de la República, pero para la Iglesia eso era mero concubinato, al ser ambos bautizados. El día antes de la coronación, el cardenal Fesch –un medio tío de Napoleón, que llegó a cardenal por sus presiones- les casó católicamente. Años después, para casarse con Maria Luisa, princesa de Austria, Napoleón tendría que esforzarse para argumentar que fue un matrimonio nulo.
 
La coronación buscaba demostrar el acomodo entre la Iglesia y el Imperio después de años de persecución e inseguridad. El arzobispo de París recibió a Napoleón y Josefina a la entrada de Notre Dame, les salpicó con agua bendita, después el Papa Pío VII le ungió la frente tres veces con óleo bendito… pero aunque se imitaba a las coronaciones católicas, Napoleón ni se confesó ni comulgó, algo que sí hacían los monarcas católicos en este tipo de ceremonias.


   Napoleón, en Notre-Dame, corona a Josefina y se corona a sí mismo;
el Papa Pío VII le ungió y les bendijo


Él llevaba una corona de laureles que evocaba al Imperio Romano, y levantó con sus propias manos sobre su cabeza una corona copia de la de Carlomagno (la verdadera la tenían los austriacos y no se la dejaban). Esto lo había pactado también con el Papa: otra diferencia con el rito habitual, en que el Papa era quien coronaba. Luego Napoleón puso una coronita a Josefina y el Papa los bendijo.
 
Prosiguió la misa, y al finalizar Napoleón juró “mantener la integridad territorial de la República, respetar y hacer respetar las leyes del Concordato [con la Santa Sede] y la libertad de culto y de libertad política y civil, la irreversibilidad de la venta de los bienes nacionales [confiscados por los revolucionarios a clero y nobleza]…”
 
A los pocos meses Napoleón fue a la catedral de Milán y se autocoronó Rey de Italia (un título nuevo inventado por él) ante 8 cardenales y 30.000 asistentes, usando la Corona de Hierro de Lombardia que contiene –se supone- metal de los clavos de Cristo. “Dios me la concede, maldito sea el que la toque”, proclamó. Palabras muy solemnes de su completa invención.
 
El agosto de 1803, mientras preparaba la batalla de Austerlitz, decretó la nulidad de cualquier prohibición de bailar cerca de las iglesias porque, escribió, “bailar no es malo, si creyésemos todo lo que dicen los obispos prohibiríamos los juegos de pelota, los divertimentos y las modas y el Imperio se convertiría en un gran convento”.


En 1805 las relaciones con el Papa Pío VII se hundieron por la misma razón que Enrique VIII en Inglaterra en el siglo XVI: no le concedió una nulidad matrimonial. Quería anular el matrimonio de su hermano Jerónimo con una plebeya norteamericana -aunque estaban enamorados y se querían mucho- para casarlo con una princesa y nombrarle rey de Westfalia.

El Papa no cedió, se pelearon y cuatro años después Napoleón se anexionó los Estados Pontificios –también para bloquear el comercio británico- y se llevó al Papa prisionero 6 años a Francia, con media hora para preparar las maletas. Ese mismo año de 1809 el Papa declaró excomulgado a Napoleón, lo cual no le ayudaría nada en su trato con italianos y, mucho menos, con españoles y portugueses.
 
Pese a sus años preso, Pío VII devolvió más adelante bien por mal: cuando a partir de 1815 nadie quiso saber nada de los Bonaparte, el Papa acogió a la madre y a varios hermanos y sobrinos de la familia.

Además, tras esos años de cautiverio, Pío VII se convirtió en un activista contra la esclavitud y logró que las potencias europeas declarasen abolida esta práctica en el hemisferio norte.


  Pío VII se mantuvo firme ante Napoleón en defensa
del matrimonio; Napoleón lo deportó y mantuvo
cautivo en Francia cinco años; años después, el
Papa acogió a la familia Bonaparte caída en desgracia
 

 
En España las tropas napoleónicas son recordadas en muchos pueblos y ciudades por sus destrozos de iglesias y conventos, y lo cierto es que Napoleón, desde 1809, estaba excomulgado y era presentado por todo el clero español como un esbirro del demonio. Pero en casi toda Europa las tropas napoleónicas respetaron los espacios sagrados sin destrozos innecesarios, excepto cuando confiscaban oro en para financiar campañas. (Otra excepción fueron algunas conquistas italianas de finales del siglo XVIII bajo el Directorio revolucionario).

La guerra de España fue especialmente salvaje y violenta, Napoleón consideraba que la lucha contra las guerrillas era luchar contra “chusma” y permitía a sus tropas todo tipo de desmanes contra la población que colaboraba en ella. Napoleón nunca mostró interés por España ni su cultura, su historia ni sus grandes hombres, y lo cierto es que la inacabable guerra de España mantuvo siempre ocupados a unos 400.000 soldados que necesitaba desesperadamente en otros lugares. España y Rusia hundieron sus esperanzas de dominio europeo.
 
En 1815 Napoleón emprendió su aventura “de los Cien Días” que acabó en la batalla de Waterloo y causó en ese tiempo cien mil muertos en su bando y otros tantos en la alianza contraria. Se entregó a los ingleses pensando que lo tratarían mejor que los rusos, y que quizá lo alojarían en Londres, como un ciudadano más, pero lo enviaron a la desolada y lejanísima isla de Santa Elena. Ahí acababan sus ansias de ser como César.


  Napoleón hacia el exilio... hablaba de religión con el capellán anglicano del barco


Durante sus últimos cinco años de cautiverio tendría que aprender a “hacerse pequeño”. Quizá al final lo consiguió y quizá eso salvó su alma.

En el viaje a la isla habló con el capellán del barco sobre la religión anglicana, pero parece que ésta no le atrajo. En la isla acabó sus tomos biográficos, contando su versión de los hechos. También leía a Voltaire, Homero y a veces la Biblia. También jugaba con una muchachita, Betsy, la hija de 14 años del delegado de la Compañía de las Indias Orientales. “Era una amistad encantadora, improbable e inocente”, escribe Roberts.
 
Hizo testamento el 15 de abril de 1821. “Muero en la fe romana y apostólica en cuyo seno nací, hace más de 50 años”, escribió. El mes antes había hablado con el padre Buonavita, enviado por su tío cardenal, que transmitiría sus mensajes a su familia exiliada en Roma. En el testamento perdonaba a varios enemigos personales a los que consideraba traidores de Francia: “Que las posteridad en Francia les perdone como yo he hecho”. También perdonaba a otros parientes que le traicionaron claramente, como su hermana Carolina.


 
Recibió la extremaunción de manos del padre Angel-Paul Vignali. “El católico nominal que había declarado la guerra a un papa y mantenido cautivo a otro fue acogido de nuevo en el seno de la Iglesia poco antes de morir”, escribe Roberts.  

(Puede conseguirse la biografía Napoleón, una vida aquí en OcioHispano)

Escena de la miniserie francesa Napoleón, de 2002, en la que Pío VII y el dignatario preparan la coronación y hablan del papel de la religión... Napoleón moriría 17 años después, despojado de todo poder, pero reconciliado con Dios