La liturgia, como dice la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, es fuente y cumbre de la vida cristiana. Es en ella donde el cristiano se encuentra con Dios y recibe el alimento para la tarea de la santidad. Quien participa de la actividad litúrgica se alimenta, por ejemplo, de la Palabra, es decir, de la Palabra de Dios proclamada en la Iglesia, escuchada, acogida y meditada.

No es por tanto cosa de poca importancia cómo el ministro, sea laico o clérigo, proclama dicha Palabra. ¿Cómo se proclama la Palabra en nuestras celebraciones? ¿Es el ministro alguien realmente preparado? ¿Se puede decir que un lector "indigno" comete sacrilegio sin saberlo? 

Fernando Poyatos es uno destacado especialista en liturgia y lleva en su haber algunos libros que son una referencia indispensable en la teoría y práctica litúrgicas. Acaba de publicar Leer y proclamar. Los ministros de la Palabra en la celebración litúrgica (De Buena Tinta) un título que cubre una necesidad vital en la Iglesia. Conversamos con él...


―Primero, el haber observado a los lectores y lectoras en muchas parroquias españolas y en otras de veintitantos países en cuatro continentes, incluidas, durante casi cuarenta años, las mías de Estados Unidos, y sobre todo, la de Canadá; el haber actuado muchos años como lector de facto; y, por supuesto, basándome en mis propios trabajos en el campo de la comunicación y la interacción, el reconocer que cuantos actuamos en el presbiterio de cara a la asamblea estamos siendo un testimonio o un antitestimonio.


―Es que es indispensable una formación integral de los ministros de la Palabra para hacer realidad la afirmación de nuestro Catecismo: «El Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes [...] la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios [...] El Espíritu Santo pone a los fieles y a los ministros en relación viva con Cristo [...]» (1101). Lo que también nos han dicho documentos como El Sacramento de la Redención, de 2004, que nos dice bien claramente: «El fiel laico que es llamado para prestar una ayuda en las celebraciones litúrgicas, debe estar debidamente preparado y ser recomendable por su vida cristiana, fe, costumbres y su fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia». Por eso, la Ordenación General del Misal Romano insiste en que los lectores laicos «sean verdaderamente idóneos para desempeñar este oficio y estén esmeradamente formados» (101), y el Sínodo Europeo de 1999 afirmó que un objetivo urgente en la vida de la Iglesia era mejorar y uniformar este ministerio, que en importancia y responsabilidad sigue solo al del presidente en la Santa Misa. Si el beato cardenal Newman hablaba de la naturaleza sacramental de la Palabra, y nuestro llorado gran liturgista padre Aldazábal nos explicaba que en la Santa Misa primero comulgamos con la Palabra y luego con Cristo en persona, es obvia la enorme importancia de la calidad de la lectura, tan descuidada en la práctica por la improvisación, por la falta de preparación y, claro, por la falta de interés en esa preparación.


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―Veamos. Si, como dijo el Concilio Vaticano II, «La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo», ¿sería exagerado pensar que un lector indigno, así como quien le invita a leer conociéndole bien, cometen sin saberlo un sacrilegio, ya que su actitud constituye una ofensa a la sacralidad de la Palabra de Dios? Después de todo, El Sacramento de la Redención nos dice: «El fiel laico que es llamado para prestar una ayuda en las celebraciones litúrgicas, debe estar debidamente preparado y ser recomendable por su vida cristiana [...] No se elija a ninguno cuya designación pueda suscitar el asombro de los fieles (46), lo cual vemos ocurrir algunas veces. La Ordenación General del Misal Romano dice: «Si falta un lector instituido, desígnense otros laicos para proclamar las lecturas de la sagrada Escritura, con tal que sean verdaderamente idóneos para desempeñar este oficio y estén esmeradamente formados» (101). Y, de todas formas, la proclamación de la Palabra de Dios es una parte esencial de la liturgia de la Santa Misa, y por eso san Juan Pablo II, en su carta apostólica de 2004, Mane nobiscum Domine, nos advierte: «También vosotros, lectores [...], tened viva conciencia del don que recibís con las tareas que se os encomiendan con vistas a una celebración adecuada a la Eucaristía» (30). Estas son advertencias que pocas veces se tienen en cuenta, especialmente en ocasiones como casamientos o fiestas y celebraciones litúrgicas especiales, en las que, por ejemplo, se asignan las lecturas a niños que aún no pueden leer debidamente, incluso a personas no practicantes solo por el hecho de encontrarse allí. O sea, que, puesto que una parroquia es parte de la Iglesia de Cristo, que se hace presente sobre todo en la Santa Misa, debe cuidarse en ella que los lectores formen con el sacerdote y los demás ministros un equipo perfectamente uniforme y digno ante la asamblea de los hermanos.


Fernando Poyatos ha publicado diversos libros sobre liturgia que son en buena medida fruto de su actividad evangelizadora.


―Por supuesto, porque no solo estamos  acostumbrados a que cada uno haga lo que quiera (por no darle a la liturgia la debida importancia), como si diera igual, sino que vemos con gran frecuencia que, incluso en celebraciones muy especiales en nuestra parroquia o en una catedral, no se ha preparado debidamente a los lectores designados. Porque es esencial que, para empezar, sepan cómo subir al ambón y marcharse de él, es decir: con una inclinación profunda, desde la cintura (no un amago de inclinación de cabeza o poniéndose firmes unos segundos) al altar, que, como dice el Catecismo, «es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles [...] representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar» (1383). A todos los fieles se les deberían enseñar que, como dice la Ordenación General del Misal Romano (2005), «si el Santísimo Sacramento está en el presbiterio, el sacerdote, el diácono y los demás ministros hacen genuflexión cuando llegan al altar y se retiran de él» (274), pero no durante la Santa Misa.
     
»Por cierto, me atrevo a sugerir que si el presidente bendice al concelebrante o diácono «para que anuncies dignamente el Evangelio», o a un ministro de facto para distribuir la Sagrada Comunión, y él mismo se inclina ante el altar y dice en secreto: «Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente el Evangelio» (132), tal vez pudiera recomendarse que cada lector o lectora al menos dijera también en secreto algo como: “Purifica, Señor, mi corazón y mis labios para proclamar tu Palabra”.


―No, porque cuanto en él se propone sería muy útil en el currículum de los seminarios, puesto que ni la institución de lectores ni la ordenación de diáconos o sacerdotes implican automáticamente, como debería ser, que sus cualidades para este ministerio sean ya las óptimas. Esto lo comenté en un curso que di para sacerdotes en 2003 sobre comunicación no verbal y liturgia (organizado por el Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona) y en el que di con este libro en 2013 para la comunidad cisterciense del monasterio de San Isidro de Dueñas.


―Normalmente, como curso parroquial, es un cursillo de cinco días (mucho mejor si dura más, para insistir en la práctica), como he hecho en varias ocasiones. El primer día se dedica solo a hablar a fondo del ministerio en sí, para después ‒‒a la vez que se van corrigiendo en los participantes sus hábitos defectuosos como lectores‒‒ comentar y practicar cada uno de los tipos de texto sagrado, haciéndoles muy conscientes de las cualidades de la voz que requiere cada uno; porque lo más corriente es que, por ejemplo, un salmo de gozosa alabanza se lea de modo totalmente insípido y apagado, lo mismo que su antífona, y no digamos el “Aleluya” antes y después del versículo que muchos lectores apenas musitan, como si fuera un apéndice sin importancia. Pero eso no es proclamar la Palabra de Dios, y una parroquia no debe conformarse con que a los lectores se les entienda. Además, los lectores deben considerar su tarea como evangelizadora, y si Jesús nos ha dicho a cada uno de nosotros: «Como el Padre me ha enviado, así también  os envío yo» (Juan 20,21), y San Pablo nos asegura que «actuamos como enviados de Cristo» (2 Corintios 5,20), los lectores deben comportarse como testigos suyos.


―El apéndice sobre al año litúrgico y los leccionarios y, sobre todo, el capítulo «Introducción a la Biblia», son materiales muy útiles para que los lectores se familiaricen con la distribución de los textos sagrados en los distintos tiempos litúrgicos y para fomentar la lectura personal de la Palabra de Dios. Pero hay dos aspectos importantes acerca del salmo responsorial de cada Misa que los que proclaman la Palabra deben conocer y que se estudian en este libro detalladamente: su numeración (cualquier Biblia española o extranjera, de cualquier confesión cristiana y en cualquier idioma, utiliza la numeración hebrea original, como hacen el Catecismo y las encíclicas de los papas, pero no la Liturgia de las Horas, algo reñido con el creciente espíritu ecuménico, ya que impide compartir la Palabra sin confusiones con nuestros hermanos no católicos); y su procedencia (en nada menos que 38 ocasiones el salmo responsorial está tomado de otros 12 libros de la Biblia, lo cual ni se les dice a los fieles, cuando precisamente los «Prenotandos» que introducen el Leccionario IV  sugieren «unas breves moniciones en las que se indique el porqué de aquel salmo determinado y de la respuesta, y su relación con las lecturas», cosa que yo personalmente nunca he visto hacer, y en la Misa ni se nos dice qué salmo se va a leer).


―Claro, porque, si, como se ha insistido hasta ahora, ellos son instrumentos de Dios, es lógico que su ropa nunca deba desviar la atención de la asamblea de los fieles respecto al texto sagrado que están proclamando. Lo adecuado para cualquier ministro que participe visiblemente en la celebración es la sencillez y moderación, pero a veces la intervención en cualquier ministerio parece utilizarse como una pasarela donde a menudo se ostentan las apariencias y el rango social.

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