[Lorenzo Bertocchi / Il Timone]

Muchos piensan que Vittorio Messori es el autor que, en el postconcilio, ha redescubierto y relanzado la apologética, una palabra que tal vez a muchos no les diga nada, mientras que a otros les resulta obsoleta, incluso irritante. Por esto también, el Instituto de Apologética, fundado hace poco en Milán, ha impreso un Dizionario elementare di Apologetica  [Diccionario elemental de Apologética], un texto que está siendo un éxito de ventas.

El Diccionario, editado por Gianpaolo Barra, Mario Iannacone y Marco Respinti, recoge 140 voces compiladas por 36 expertos, con un esquema muy simple: definiciones, objeciones, respuestas y sugerencias bibliográficas. Las voces van desde el aborto hasta Giordano Bruno; desde el comunismo a la Cristiada, pasando por los derechos humanos, los fenómenos místicos, la ley natural, los milagros, los estigmas de Padre Pío, la Sábana Santa, la Inquisición, las cruzadas y mucho más.


-La apologética es un discurso que, ante todo, defiende la razón humana. Antes de ser la defensa ante los argumentos planteados por los no creyentes o las agresiones de los adversarios de la fe cristiana, y en particular la católica, es la defensa de nuestro intelecto. Sirve para demostrar, sobre todo a nosotros mismos, que el cristiano no es un cretino, como algunos han dicho. Es decir, se trata de exponer las razones para creer, demostrando su fundamento lógico. Sirve para demostrar que hay un vínculo estrecho entre los dos grandes dones que el Creador nos hace: el primero, de hecho, es el de la razón, que debemos usar hasta el fondo precisamente para encontrar, descubrir y confirmar la verdad del otro gran don, que la fe en Jesucristo. La apologética es defensa de nuestra buena reputación: los cristianos no son unos visionarios. Pero es también la defensa de la buena reputación de la Iglesia católica, porque examina las acusaciones que le han sido dirigidas por tantos acontecimientos de la historia y reconstruye sobre documentos y fuentes auténticas lo que de verdad ha sucedido, descubriendo que, a menudo, las cosas no han ido como proclama la vulgata laicista.




-Especialmente después del Vaticano II el término apologética empezó a molestar, sobre todo al clero "teológicamente correcto". Tampoco hoy gusta a sacerdotes y teólogos que se consideran a sí mismos "adultos". En los estudios en los seminarios ha sido sustituida por la que ahora llaman Teología fundamental que, al querer ser irénica y ecuménica hasta el exceso, me parece bastante ineficaz. Sin embargo, hay que reconocer una cosa: la crisis la determinaron esos católicos que, sobre todo en el siglo XIX, hicieron una apologética poco rigurosa, en el sentido que daba por descontado lo que no lo era; y era, al mismo tiempo, excesivamente agresiva. La apologética es beneficiosa pero puede ser peligrosa, hay que manejarla con cuidado: si no es rigurosa y sosegada, puede hacer más mal que bien.


-Porque esta bendita apologética siempre ha sido una necesidad, diría incluso que fundamental, del cristianismo. Nace con el propio Jesús, en el camino de Emaús. El misterioso viandante que acompaña a los dos discípulos decepcionados se dirige a ellos diciendo ante su tristeza: «¡Insensatos y duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas!» Lucas, además, añade que el peregrino, empezando por Moisés y todos los profetas, «les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a Él». Aquí, Jesús, refiriéndose a las profecías, usa argumentos verdaderamente apologéticos. Y si la apologética responde a la necesidad de enlazar razón y fe, entonces, tal como nace en el propio Evangelio debe acompañar la fe hasta el retorno de Cristo. Como se lee en la Primera Carta de Pedro, el cristiano debe estar siempre preparado para dar razón de la esperanza que le ha sido donada. El éxito de este Diccionario confirma dicha necesidad.

-Mi amigo Moulin, docente en la universidad de Bruselas, me hizo esa consideración durante un viaje. Los católicos se han paralizado en una autocrítica masoquista precisamente porque se les quitó la apologética. En el fondo, las objeciones contra la fe se reducen a tres: la negación de Dios, la negación de la verdad de los Evangelios y la crítica a menudo “falsificada” y sumaria de la Iglesia Católica. Y como nadie ha vuelto a explicar a los católicos que es posible llegar con la propia razón a la intuición de un Dios creador, que es posible demostrar que las bases históricas del Evangelio son sólidas y seguras y que muchos de los hechos que se relatan sobre la historia de la Iglesia son mentiras o deformaciones, o pretextos polémicos, he aquí que la desazón e incluso la vergüenza han nacido en el corazón y en la mente de muchos católicos. De aquí a la autocrítica masoquista de la que hablaba Moulien el paso es, desgraciadamente, muy corto.



Por qué creo y Bernadette no nos engañó: dos muestras destacadas de la obra apologética de Vittorio Messori.




-Mi primer libro, Hipótesis sobre Jesús, salió en 1976, durante los que podemos definir los años de plomo de la Iglesia. Eran los años en los que Pablo VI incluso hablaba de un "humo de Satanás" que había entrado en los sagrados palacios y de «un pensamiento no católico que se estaba convirtiendo en hegemonía también entre los católicos». Hacía poco que me había convertido y era prácticamente un desconocido para el mundo católico. También por esto todos -empezando por mí mismo- se quedaron sorprendidos por la impresionante difusión que tuvo ese libro en el mundo entero. Difusión que sigue hoy en día. La causa de este éxito, impensable, fue probablemente que ese libro respondía a una pregunta que no encontraba respuesta: la planteada por los creyentes que se preguntaban si era posible creer sin renunciar a la razón, y la planteada por los no creyentes que se preguntaban cómo era posible que aún existiera alguien que se tomara en serio los Evangelios. Tras el Concilio había un vacío, se luchaba sobre las reformas de la institución eclesial pero nadie se interrogaba sobre la fe. Repito, en el mundo católico había una gran pregunta que no encontraba una oferta editorial. Y ésta llegó, para sorpresa también suya, de la mano de un joven redactor del periódico de la familia Agnelli, con un director judío, un vice-director que era un famoso anticlerical y una gran parte laicista y a menudo masónica… y que había escrito su primer libro. Si lo que quería era hacer carrera en La Stampa, ser el autor de Hipótesis sobre Jesús (libro para el que yo mismo pedí la aprobación, para garantía mía y del lector, y que quise que fuera publicado por mis amigos salesianos de la SEI) era el último de los méritos…


-El apologeta debe saber leer los signos de los tiempos. Hoy, por ejemplo, hay realidades que en el plano de la razón hay que contrastar y que eran impensables en el siglo XIX, o a principios del XX; por ejemplo, la defensa de una ley natural frente a instancias como las adopciones por parte de parejas homosexuales o la eutanasia. La necesidad de una «nueva apologética» de la que hablaba San Juan Pablo II es una verdad siempre válida, porque la apologética, en cierto sentido, debe ser siempre "nueva", es decir, nosotros no sabemos cuáles serán los errores que cometerá una cierta cultura dentro de treinta o cincuenta años. Aunque, y seamos claros, hay preguntas y dudas que acompañan a cada generación y que exigen, por consiguiente, una respuesta. En cualquier caso, creo realmente que consultar el recién salido Diccionario elemental de Apologética puede ser de ayuda para los creyentes que, a menudo, estamos comprometidos en contestaciones que son, al mismo tiempo, viejas y nuevas.

Publicado en Il Timone.
Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares.