Se enfrentó a los poderosos del mundo, defendió a los más débiles, se humilló ante Dios y le sonrió a la misma muerte: Jerome Lejeune, médico, genetista francés y descubridor del Síndrome de Down, dio a lo largo de su vida sobradas muestras de que la santidad fue el único objetivo realmente importante de su vida.

Como menciona Aude Dugast, postuladora de su causa de beatificación, Lejeune siempre vivió "las virtudes en grado excepcional y demuestra permanecer vigilante en la búsqueda del reino de Dios, trabajando el desprendimiento de los bienes de este mundo en la medida en que se lo permite su condición de esposo y padre".

Aquel gran objetivo se plasmó en multitud de pequeñas batallas, que llevaron a la Iglesia a declararle venerable 27 años después de su muerte, el 21 de enero de 2021.

 Bajo la firme convicción de la santidad de Lejeune, Dugast ha publicado recientemente Jerome Lejeune, un retrato espiritual. Una obra que no solo detalla multitud de aspectos de aspectos y curiosidades vitales del genetista y descubridor, sino que expone como vivió en grado sumo cada una de las siete virtudes. Especialmente en momentos de dificultad:

Una fe fortalecida ante cualquier adversidad 

La virtud de la fe de Lejeune determinó profundamente su vida y profesión. Una fe que alimentó "con los sacramentos y la misa dominical", que ejercitó en la inteligencia con la lectura de la Biblia en latín y "estudiando los principios del universo y la aparición del hombre sobre la Tierra".

Sin embargo, el ejercicio de la virtud en su fe afrontaría una difícil prueba. Sería su "travesía en el desierto": cinco años después de la aprobación del aborto en 1975, Lejeune dedicó "todas sus  energías" a  luchar contra esta práctica, viendo su carrera y la de sus colaboradores reducida a cenizas. Jerome se quedó solo. También fue obligado a ver, impotente, como su descubrimiento se usaba con el fin contrario para el que fue ideado, curar a los niños. Lejos de debilitarse, su fe se fortalecería para conocer una nueva etapa: la de transmitir su mensaje a todo el mundo.  

"La niñita Esperanza sigue imperando"

Tras descubrir la trisomía del par 21 y posicionarse en defensa de la vida, Lejeune se adentró en lo que Dugast llama "la travesía del desierto". En esta etapa, a partir de 1980, el genetista fue rechazado y abandonado por sus amigos y compañeros de la comunidad médica. Fue este momento, sin embargo, cuando mostró "el carácter excepcional de su fe, ya que combate por fidelidad a su bautismo y su constancia sería imposible sin una fe heroica", relata la postuladora.

Así, en plena soledad, Lejeune fue el primero en "creer en la posibilidad de un tratamiento para los trisómicos y se lanza en su búsqueda, perseverando en ella cuando todos le abandonan".

"Esperando contra toda esperanza", continuó buscando el tratamiento "hasta el momento de su muerte", lo que muestra el mensaje que escribió a uno de sus fieles amigos: "Ante la inmensidad de la tarea que hemos de cumplir y la debilidad de nuestros medios, la niñita Esperanza sigue imperando siempre".

Puedes conseguir aquí Jérôme Lejeune, un retrato espiritual (Palabra).

"La Caridad empieza por no matar"

En Lejeune, "la caridad con sus pacientes nace de la acogida del amor de Dios" y, alejado de la filantropía, reconoce en cada paciente a Su hijo. Como decían sus amigos y familiares, "amaba a los más débiles con los que se encontraba porque amaba a Dios".

El fiel seguimiento de la caridad generó en Lejeune el compromiso de servir a sus pacientes y a los no nacidos para dar gloria a Dios, privándose por ello "de una gloria legítima" y exponiéndose incluso "físicamente": "Su exigencias moral le lleva a olvidarse voluntariamente de su reputación -que podría haber recuperado posicionándose a favor del aborto- y del futuro de su carrera. Se le han abierto todas las puertas  y, sin embargo, prescinde deliberadamente de la gloria personal que podría obtener".

Especialmente este último aspecto y su convicción de que "la caridad bien entendida empieza por no matar" es lo que  le llevaría a vivir esta virtud de forma heroica, "cuando de manera irreversible y permanente hasta su muerte opta por asumir la defensa pública de sus pacientes.

Prudente... en las buenas noticias y en las malas

Lejeune dedicó gran parte de su vida precisamente a investigar el tratamiento que sanase la trisomía causante del Síndrome de Down. Un 7 de diciembre de 1984, el genetista anotó en su diario como, creyendo haber encontrado al fin el tratamiento y sin ningún apoyo, recibió poco después el "duro golpe" de comprobar errores en sus cálculos. Manteniéndose firmemente aferrado a la esperanza y la perseverancia, tanto cuando estaba convencido de haber encontrado la solución a la trisomía como cuando hallaba algún avance, se mostraba "siempre atento a no dar falsas alegrías a los padres" ante preguntas de la prensa y los periodistas.

Jérôme Lejeune, rodeado de niños con síndrome de Down. Una patología que el mismo descubrió y que luchó por erradicar durante toda una vida. 

Justicia y juego limpio... aunque le cueste miles de euros

En cuanto a la justicia, esta se manifestó especialmente en lo relativo a la fe y la piedad religiosas. De hecho, cuenta  Dugast como sus compañeros, admirados,  relatan como los domingos nunca faltaba a Misa, incluso cuando su propio empleo lo ponía en entredicho: "Nunca faltaba. Ni si quiera si estaba de viaje. Nosotros no lo lográbamos, pero él sí". Si viajaba en domingo, siempre encontraba la manera de asistir a misa de última hora, lo que le exige mucho esfuerzo y vencer el cansancio del desfase horario.

Sin embargo, practicar esta virtud también le acarreo dificultades, incluso en su propia carrera. Tal y como anotó en su diario, esta virtud le movió a renunciar a un premio de medicina antes que jugar a un "doble juego" con su jefe: "Ayer a mediodía me enteré de que nos han denegado el Premio Pellman… Y todo porque me he negado a un pequeño apaño deuno de los enviados del jurado que vino a proponerme excluir a Turpin -su jefe-". Habría ganado 15.000 euros

Extremo autodominio

En cuanto a la templanza, los "pequeños sacrificios" eran "el pan de cada día" de Lejeune. Sin embargo, destacan otros de gran envergadura: desde 1950, Jerome no solo "fumaba mucho", sino que también "vivía rodeado de fumadores", como sus colaboradores y su mujer.

"A partir de 1980, decide dejar de fumar. Y lo hace de la noche a la mañana, masticando chicle, mientras a pocos pasos de él, Birthe -su mujer- sigue encendiéndose sus cigarrillos. Dejar el tabaco tan radicalmente después de 30 años demuestra su gran autodominio y la sumisión del apetito sensible a la razón", añade Dugast.

Altivo por la vida frente al poder mundial

También hizo gala de una tenaz fortaleza, incluso contra los poderosos. Cuenta Dugast que esta se manifestó con su fidelidad a la fe y la verdad cuando, "en nombre de la ciencia, se multiplican los ataques contra la verdad y la vida". De hecho, optó por combatir a los actos médicos contrarios a la vida. Un combate no exento de riesgos, pues como cuenta su esposa, "hacía falta cierto valor para enfrentarse a aquellas personas. Sobre todo porque sabíamos que tenía en contra a las logias masónicas a nivel internacional".

Su fortaleza también se hizo presente en combates tangibles, especialmente "en la aceptación de los dolores físicos derivados de la enfermedad" que le acompañaría hasta la muerte, el cáncer de pulmón.

Así fue una de las últimas cartas que escribió a uno de sus amigos médicos, tres meses antes de fallecer: "Hasta ahora he intentado ser el soldado del centurión al que le dicen `ve´ y  va. Ahora ya no puedo ir ni lejos ni deprisa. Justo cuando habría que defender a los embriones a los que  atacarán el día de los Inocentes, ya no me queda aliento. Fiel por el momento a la teoría del legionario: si cae, pelea de rodillas".