Existe una corriente creciente en la Iglesia que busca reinterpretar el dogma y la moral desde una pretendida mayor fidelidad al Jesús de los evangelios. El problema es que la perspectiva sobre ese Jesús de los evangelios está completamente sesgada.

Esta corriente establece que el dogma y la moral van mudando a lo largo de la historia, de modo que siempre pueden cambiar. Y según está corriente es urgente que hoy vuelvan a cambiar conforme a principios pretendidamente más evangélicos.

Pero se leen los evangelios desde el prejuicio posmoderno, presentando un Jesús que relativiza todo en aras de un mal entendido amor que acoge a todos y no echa fuera a ninguno. En este Jesús posmoderno no hay una relación directa entre amor, verdad y libertad.

Desde la concepción posmoderna del amor, éste se concibe simplemente como un sentimiento agradable y dulce, líquido y sentimental, que no pide nada, que hace la vista gorda ante cualquier aspecto escabroso con la excusa de una pretendida incondicionalidad.

Por su parte, se desenfoca la verdad del Evangelio desde la perspectiva posmoderna del relativismo, en la cual no hay una verdad objetiva ni en la realidad ni tampoco en la moral. El amor (sentimentalmente entendido) justificaría a cualquier actitud, comportamiento y decisión. No habría una “verdad” que se deduzca del amor, sino muchas “verdades” justificadas por el sentimentalismo.  

Y al desligar la libertad de la verdad, esta corriente entiende que la libertad es simplemente el dejarse llevar por el impulso y el sentimiento, haciendo caer todas las barreras que no permitan al ser humano llegar a ser lo que imagina que puede ser y hacer lo que le apetece hacer.

Así, se nos presenta a Jesús predicando y viviendo un amor que es sentimentalismo, una verdad que es relativismo, y una libertad que es autodeterminación absoluta. Esta perspectiva prejuiciosa desde la que se lee el Evangelio y que está afectando a la reinterpretación del dogma y de la moral, es la causante del grave problema que tenemos actualmente en la Iglesia, particularmente en labios de algunos de sus pastores.

Con estos presupuestos, se puede llegar a justificar cualquier opción moral. Por ejemplo, la ética posmoderna no admite el asesinato, pero sí el aborto, en una clara incoherencia procedente del sentimentalismo y la comodidad. En este tema que hemos puesto de ejemplo, desde esa mirada del Jesús evangélico posmoderno, se le presentaría justificando el aborto en aras de un mal entendido amor y aceptación de todos, excusando la debilidad de la gente y acumulando circunstancias atenuantes que llegara a exculpar totalmente este crimen; o incluso se propondría a Jesús “cambiando” la ley moral, de modo que lo que antes era pecado debido a los prejuicios históricos de la época, ahora ya no lo es (“habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”). De este modo, se seguiría que en ese tema la Iglesia debe “actualizarse” desde esta imagen de Jesús que se saca de una interpretación inadecuada del Evangelio.

Para esta perspectiva pseudo – teológica, el dogma es solo una etapa transicional de la verdad, que sigue cambiando y adaptándose, y la Tradición es sólo la historia de cómo la Iglesia ha ido actualizando el Evangelio a cada época. Por eso se justifica que hoy se pueda reabrir el debate sobre el aborto, la ideología de género, la ordenación de las mujeres, y un largo etcétera de temas que la evolución magisterial de la Iglesia ya había dejado cerrados.

La presión en esta dirección es cada vez mayor, y los grupos de teólogos y de pastores que abogan por una mal entendida actualización de la moral son cada vez más numerosos, debido a una mala comprensión del Evangelio y una proyección en él de los presupuestos posmodernos.

La perspectiva genuinamente católica nos enseña que la verdad es una y única; que del amor verdadero se deduce un modo de vivir, de forma que debe predicarse y vivirse esta verdad; y que esa verdad hace al hombre libre, frente a otras opciones que le acaban esclavizando. El Evangelio no está a merced de interpretaciones personales o actualizaciones aleatorias. La Tradición de la Iglesia es el marco desde el cual se puede profundizar en el dogma e iluminar las nuevas realidades, pero sabiendo que el dogma y la moral no cambian, sino que se afinan.

Para conocer el verdadero rostro de Cristo debemos evitar que los prejuicios posmodernos interfieran en nuestra mirada sobre el Evangelio. Debemos mirarle a través de la Tradición y el magisterio, que son los que nos dan el único marco en el que podemos conocer e interpretar de un modo auténtico a Jesús y su palabra.

Lo que está en juego en el fondo es la imagen de Jesús que tenemos en nuestro corazón. El sentimentalismo actual presionado por la ideología del pensamiento dominante conduce a muchos a tener una imagen desdibujada de Jesús que no corresponde con la realidad.

Es pues necesario redescubrir al verdadero Jesucristo cuyo rostro nos llega íntegro a través del magisterio y de la Tradición de la Iglesia, para que podamos iluminar desde la única verdad los tiempos actuales sin ceder al prejuicio posmoderno. Muchas de las cosas que vemos que están pasando en la Iglesia actualmente provienen de esta confusión.

No es que los pastores sean necesariamente malos; es que están confundidos, porque tienen una imagen incorrecta de Jesús que les hace reinterpretar el dogma y la moral. Por eso no debemos cansarnos de denunciar esta deformación de la figura de Jesús que está influyendo en la deformación del dogma y de la moral. Lo que está en juego no es una lucha de “progres contra carcas”, sino el verdadero rostro de Jesús y su verdadera voluntad sobre nosotros, la Iglesia y la sociedad.