De haberla conocido en los ochenta no se me habría ocurrido pedirle a la madre Teresa de Calcuta que saltara a la comba, aunque la morfología física de esta monja era la más idónea para el brinco corto y su alegría espiritual la más apropiada para entonar El cocherito leré. Tampoco habría instado a Juan Pablo II, un consumado nadador, a que batiera la plusmarca vaticana de cien metros espalda. Tengo por seguro, en cualquier caso, que por una cuestión biológica ninguno hubiera aceptado mi propuesta. A según qué edad, la prudencia ejerce de Guardia Civil de tráfico: te obliga a frenar.
Por entonces el santo polaco y la santa armenia no estaban ya para subir al Himalaya, pero escalaban sin sherpas la montaña del sermón y ejercían la caridad a jornada completa. Es lo que, a imitación suya, hace a diario una multitud de católicos vetustos que tiende al que lo necesita la mano de la artrosis. A fuerza de otoños esta gente ha comprendido que es menos gratificante comer tocino de cielo que donar alimentos y más gratificante cantar en el coro de la iglesia que bailar Los pajaritos en Benidorm.
Los años, empero, no siempre aportan sabiduría. Hay quienes si con 80 cumplidos no se suben a la barra del bar no es falta de ganas, sino de fuerzas. No es el caso de los ancianos del movimiento de vida ascendente de Jaén, a quienes impartiré una conferencia a petición del Obispado. Podía decirles que están en la flor de la vida, dado que de ninguna otra edad queda tan cerca el crisantemo, pero les hablaré sobre el poder rejuvenecedor del perdón, que es el mayor de los milagros, pues un hombre perdonado es un hombre que resucita. Chesterton lo dijo de otra manera: el perdón vuelve niño al hombre. Dicho de un tercer modo: la extirpación del pecado, la próstata del alma, convierte al sufrimiento, el orinal, en un objeto prescindible.