En la fachada norte del convento quedan todavía muchos agujeros de bala. Disparos petrificados en el silencio del muro. Se conoce que las monjas nunca han tenido dinero para reparaciones. Uno se detiene allí, frente a los agujeros, y enciende el primer pitillo de la mañana.

-¿Me invita?

El viejo canoso mira de soslayo. Mantiene la mano derecha oculta en el bolsillo de la chaqueta.

-No sabía que ustedes fumaban –le digo.

-Oh, sí. Lo hacemos todo con absoluta normalidad.

El humo se le escapa de los labios mientras habla.

-Usted pensará que se trata de su imaginación. Le entiendo. Viven ahora en primera persona eso que han dado en llamar “mundo virtual”. No se preocupe. No es más que la concreción de las peores pesadillas de los ilustrados.

-¿Qué quiere decir?

-Deje pasar a esta buena señora… Bien. Le decía que la virtualidad, es decir: la nada, se ha apoderado de ustedes. Mire: un vaso de vino o una barra de pan tienen un valor real. Digamos que son reales. Usted puede beber ese vino o comer ese pan. Luego llegaron quienes se lo cambiaron por unas monedas de plata, o de oro, da igual. Esas monedas tenían un valor real en plata o en oro. El problema es que no hay quien se las coma o se las beba. El valor del vino o del pan ha perdido realidad al convertirse en plata o en oro. Más tarde inventaron el papel moneda que tampoco se puede comer ni beber y, peor aún, no tiene en sí mismo ningún valor. Ahora andan ustedes con la desaparición total de la moneda y del papel moneda: el dinero electrónico le llaman, ¿no? Es decir, la nada. Si se va la luz o se acaba la batería de su teléfono, se queda usted sin dinero. Están llevándoles a vivir de meras ilusiones ópticas. No, yo no soy una de ellas y usted lo sabe.

El viejo canoso ha lanzado la colilla de un papirotazo muy hábil.

-Créame: la desconexión con la realidad del mundo moderno es tal que, fíjese bien, nunca antes en la historia, la sociedad humana ha podido ser tan manipulable. Han delegado todo el poder en manos de un ente abstracto al que llaman “estado”, que regula la cantidad de realidad que pueden ustedes soportar –y que, por cierto, no es mucha-. Mejor dicho: regula la cantidad de verdad que pueden digerir y, por tanto, qué dosis exacta de mentira, de virtualidad, necesitan para no desesperar y suicidarse colectivamente.

-Exagera.

-Llámelo como guste. El dosificador, en política, se llama “elecciones”. Ahí no solo han delegado ustedes en el voto todo el supuesto valor de la verdad, de la realidad, sino que aceptan que la mentira se duplique.

-¿Cómo?

-Vea, si no me cree, las recientes elecciones en su tierra: más de la mitad de los catalanes votan que no quieren esa realidad virtual llamada “independencia” y, sin embargo, van a gobernarles unas gentes que harán todo lo posible por conseguir hacerla real de veras.

El viejo canoso recibe a su amigo, calvo y con perilla.

-¿Nos conocemos? –me dice; y, sin esperar respuesta, añade: Nos conocemos desde hace muchos años. Usted siempre escribe sobre nosotros dos. Pero no le creen, ¿me equivoco?

-No.

-Le dejamos. No vayan a pensar estos transeúntes que habla usted solo y que está loco. Por cierto, mi amigo estuvo en esta cheka del convento. Si presta atención, oirá los gritos de los torturados y verá toda la sangre derramada. Fue por una causa virtual. Aunque los muertos, ya sabe, fueron reales.