Para contestar a esta pregunta…, previamente es conveniente que distingamos entre las diversas clases de fe. Porque como resulta que somos criaturas con una parte de nosotros material, que es nuestro cuerpo, y otra parte que pertenece a otro orden distinto superior, que es el alma, tenemos de entrada dos clases de fe diferentes. Una es la fe material, que es la necesita nuestro cuerpo para sobrevivir y la otra es la fe de carácter espiritual, que quien nos la demanda es nuestra alma. Porque tanto nuestro cuerpo como nuestra alma necesitan para sobrevivir tener fe. El cuerpo, nuestro cuerpo nos demanda fe, una fe material porque sin ella no podría sobrevivir. Y otro tanto, le sucede a nuestra alma.

            La fe material que nos demanda nuestro cuerpo, es la que nos obliga a que tengamos confianza en la materia, con que él se alimenta, la que ingiere nuestro cuerpo. Pues si carecemos de fe material, si no tenemos fe o confianza en que los alimentos que tomamos no están envenenados, no podríamos alimentarnos. Y no es esta una cuestión baladí, pues en la época romana, y en otras épocas anteriores de la historia,  se le tenía mucho miedo al envenenamiento y había personas que solo se alimentaban de frutas pero no de guisos. También necesita nuestro cuerpo tener fe, en lo que le dice su médico y en lo que come en los restoranes, en los que más de unos, se ha contaminado con el anisakis, del pescado, o la triquinosis del cerdo. Para el desarrollo de nuestra vida corporal, estamos continuamente necesitados de tener confianza en lo que comemos, es decir, tener fe y también necesita nuestro cuerpo continuamente fe, cuando se mueve, confianza en que, la casa que visita está bien construida, que el ascensor que utiliza no se va a descolgar, en que el tren o el avión que tomamos no se va a estrellar. Nunca dejamos de salir a la calle, porque tenemos fe, en que no nos va a caer encima, una teja o una maceta. Nuestra vida corporal necesita fe para desarrollarse, porque nuestro cuerpo es frágil y por accidentes imprevistos o por enfermedades sin tener precauciones, son muchos los seres humanos que mueren sin llegar a la senectud.

            Nuestra alma, que es la parte esencial de nuestro ser, a diferencia de nuestro cuerpo que es corruptible y fenece, ella es incorruptible y eterna, pero el alma también necesita apoyarse en la fe, si es que quiere vivir, plenamente su eterno destino espiritual, es decir, alcanzar la eterna felicidad para la que está creada La muerte del alma aunque sea eterna, no es una muerte material como la del cuerpo sino una muerte espiritual.   

            Es claro y evidente, que el mundo que habitamos y todo el universo planetario material, es pura materia que tarde o temprano dada su corruptibilidad fenecerá, este mundo tan maravilloso y que tanto nos ata y no deseamos abandonarlo, es pura materia, que terminará como otros muchos astros del universo en un agujero negro, tal como nos lo explican los astrónomos. Lo único que existe no ya en este mundo sino en el universo, perteneciente al orden del espíritu y no al de la materia, son nuestras almas. Y esto se corrobora con el principio antrópico, conforme del cual cual resumidamente desde un punto de vista laico, podemos decir: que el universo existe porque existe el hombre, pero desde un punto de vista de un creyente, podemos comprender que el Señor, cuando nos creó, nos hizo no solo reyes y señores de la tierra, sino de la plenitud del universo,

            La muerte de un alma, no es desde luego una muerte física, sino una muerte espiritual, en cuanto ella fracasa en conseguir su eterno objetivo, que es el de retornar a su Creador, superando la prueba de amor, que habrá realizado, durante la estancia en este mundo. El alma que no supera esa prueba, muere espiritualmente, al no ser capaz de aceptar el amor, que le ofrece su Creador y saldrá del ámbito de amor del Señor.  

            San Juan, en su evangelio, nos dice: “…el que cree en el Hijo tiene vida eterna”. (Jn 3,36). La fe que necesita el alma para no perecer, es tener confianza en la existencia de Dios trinitario, creer que Él nos creó, y creer, en el resto de verdades reveladas, que  a lo largo de los siglos, el hombre ha recibido de su Creador. Más allá de los límites que nos marcan nuestras capacidades humanas, nuestra alma creada por Dios, tiene una serie de inquietudes, ansias y deseos, que como improntas naturales todos tenemos. Todo hombre tiene pendiente de respuesta, una serie de preguntas trascendentes, que sin la ayuda de la luz divina, no encontrará nunca las respuestas.

            Juan Pablo II en su encíclica, Veritatis splendor, nos dice: “Por otra parte, son elementos de los cuales depende la «respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana que, hoy como ayer, conmueven íntimamente los corazones: ¿Qué es el hombre?, ¿cuál es el sentido y el fin de nuestra vida?, ¿qué es el bien y qué el pecado?, ¿cuál es el origen y el fin del dolor?, ¿cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad?, ¿qué es la muerte, el juicio y la retribución después de la muerte?, ¿cuál es, finalmente, ese misterio último e inefable que abarca nuestra existencia, del que procedemos y hacia el que nos dirigimos?”.

            Nuestra alma necesita la fe, para conocer las respuestas a estas preguntas, y si la persona no atiende las necesidades de su alma, es el mismo el que se condena a una muerte espiritual. Nuestra alma al igual que nuestro cuerpo, necesita nutrientes para llegar a un desarrollo adulto. Pero la desgracia nos envuelve, porque vivimos, en un mundo, en el que existe una gran mayoría de personas, con su cuerpo desarrollado y con un alma incipiente, anémica incapaz de comprender ni entender, nada de nada. Ya que en el mundo del espíritu, nada se entiende ni se comprende, si uno carece del don de la luz divina y esta gracia no se adquiere  así como así, ¡vamos!, como en una tómbola. Dios no le niega a nadie sus dones ni sus gracias, pero tampoco quiere que cuando las dona ellas no se utilicen.

Para la salvación de nuestra alma, es imprescindible tener fe, y si no nos preocupamos de nutrir el desarrollo de nuestra alma, es imposible adquirir una fe robusta. Nos dice San Pablo que en esta vida: “Lo que uno siembre eso cosechara. El que siembra para la carne, de ella cosechara corrupción; el que siembra para el espíritu, del Espíritu cosechara vida eterna”. (Ga 6,7b-8). Y también San Pablo, en su epístola a los Filipenses, nos dice: “Con temor y temblor trabaja en tu salvación. Porque yo soy quien hace en ti, que quieras y que obres según me parece”. (Flp 2,12-13). Y San Pedro en esta misma línea nos dice: “Y si el justo a duras penas se salva, ¿que será del impío y del pecador?”. (1Pe 4,18).

Pero también San Pablo nos dice: “No tienen que temer ser condenados los que están unidos a Cristo y no viven según los deseos de la carne”. (Rm 8,1). Y también: Verdadera es la palabra: “Que si padecemos con El, también con El viviremos. 12 Si sufrimos con El, con El reinaremos. Si le negamos, también El nos negará. 13 Si le fuéramos infieles, El permanecerá fiel, que no puede negarse a si mismo”. (2Tm 2,11-13).

            Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

            Otras glosas o libros del autor relacionados con este tema.

            La fecha que figura a continuación de cada glosa, es la de su publicación en la revista ReL, en la cual se puede leer la glosa de que se trate.

Si se desea acceder a más glosas relacionadas con este tema u otros temas espirituales, existe un archivo Excel con una clasificada alfabética de temas, tratados en cada una de las glosas publicadas. Solicitar el archivo a: juandelcarmelo@gmail.com