El pasado 13 de octubre fue beatificado el restaurador de la Orden Jerónima, Fray Manuel de la Sagrada Familia, una de las miles de víctimas de Paracuellos de Jarama (Madrid).
Cuenta el periodista Miguel Santos Vidal en un artículo titulado "Paracuellos y la desaparición de los jeronimos" que la circunstancia “no podría ser más triste: llega la beatificación cuando la última comunidad de monjes jerónimos que queda en España podría estar viviendo sus últimos días. Pero los seguidores del León del Desierto tal vez hayan desaparecido cuando en 2020 se conmemore el XVI centenario de la muerte de San Jerónimo. No será la primera vez que esto sucede. Ya en nuestro tormentoso siglo XIX los Jerónimos fueron obligados a desaparecer. Y fue precisamente el mártir jerónimo de Paracuellos quien restauró la orden”.
 
De ferroviario a banquero
Manuel Sanz Domínguez nació en Sotodosos (Guadalajara) en 1887. Su primer trabajo fue en la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante. De ahí pasó a la banca, que a la sazón parecía empleo más prometedor que el ferroviario, y empezó a trabajar en el London Country Westminster and Parr´s Foreign Bank en la popular Gran Vía madrileña. Su ascenso fue rápido en este ramo y pronto fue fichado por el Banco Rural para encargarse de la dirección de la oficina de la calle Alcalá 26, en Madrid. Pero el recorrido vital del futuro mártir restaurador de la orden jerónima ya estaba marcado por la fe, que le había acompañado desde muy niño.
Testimonios de conocidos y amigos recuerdan que ya en sus tiempos de empleado de ferrocarril en Madrid, sin haber cumplido todavía los 25 años, explicaba la Buena Nueva a quien quería escucharle en andenes y oficinas de la estación de Atocha y hacía oídos sordos a las críticas y burlas de sus compañeros de trabajo.
Socialistas y anarquistas arremetían contra él sin éxito, o se burlaban y le llamaban “San Manuel”, tratando de restar ánimos a su empuje evangelizador. Tarea inútil. Manuel Sanz nunca se arredró ante las críticas, las incomprensiones y los insultos. La Adoración Nocturna, los ejercicios espirituales en Loyola, los retiros dominicales dirigidos por San José María Rubio S.J., y su tarea evangelizadora siguieron adelante y desembocaron en la llamada del Señor.
Pero las cosas de Dios tienen sus ritmos, que no suelen coincidir con los planes que nosotros trazamos. Sintiéndose llamado a ingresar en la Compañía de Jesús, la deteriorada salud de su padre y el hecho de que sus dos hermanas dependieran económicamente de su sueldo obligaron a Manuel a retrasar su decisión. Nunca sería jesuita.
 
El nacimiento de un monje jerónimo
En 1920 se cumplió el decimoquinto centenario de la muerte de San Jerónimo. Con la excepción de en nuestros días, en España este tipo de fechas siempre se han celebrado con solemnidad y publicidad. Y aunque todo estaba a punto de cambiar para mal, los años 20 arrancaron entre los católicos de nuestro país con una notable profusión de noticias alrededor del santo.

Coincidiendo con este acontecimiento, Manuel entró en contacto con los escritos de San Jerónimo a través de un compañero de la Adoración Nocturna, que había tratado sin éxito de restaurar la Orden jerónima.
Durante la enfermedad de su padre, nuestro hombre profundizó en el Santo y se empapó de la espiritualidad jerónima y en la gloriosa historia de la Orden, condenada a muerte (aparente) por el laicismo del XIX. Y avituallándose con tan rico bagaje pasaron los años. Su padre falleció y sus hermanas encontraron sendos modos de vida que les permitieron independizarse. Manuel ya estaba en condiciones de dar respuesta al proyecto que el Señor le había propuesto: no sería sacerdote sino monje jerónimo.
-¡Pero si la Orden Jerónima no existe!, le dijo su director espiritual cuando Manuel le confío sus planes.
-¡Pues la restauraré!
La restauró. Con otros cinco valientes y con el apoyo incondicional de las monjas que, desde el Monasterio de la Concepción Jerónima de Madrid, llevaban décadas pidiendo al Señor el regreso de sus hermanos. Renunció a su brillante carrera profesional, a un futuro que se prometía acomodado, al éxito del mundo, y se empeñó en una tarea aparentemente insensata: recuperar una orden monástica que solo ha existido en nuestro país, con un pasado glorioso y un carisma genuinamente español. Una orden que llevaba casi 100 años extinguida en su rama masculina y de la que no quedaba más que algunos monasterios en ruinas.
Una vez realizadas todas las gestiones oportunas, en las que él tuvo parte importante incluso yendo a Roma y contemplando el agrado del papa Pío XI ante el proyecto, los nuevos jerónimos comenzaron la vida regular en El Parral en 1925. En este monasterio, al igual que otros monjes, recibió la ordenación sacerdotal e hizo profesión de sus votos, temporales primero, y solemnes después.

 
El mártir
La Orden Jerónima recuperó su vitalidad, pero su destino pareció estar lleno de pruebas especialmente duras. El Gobierno y los partidos que apuntalaban el régimen procuró desde la misma proclamación de la república la formación de un estado de opinión de tintes genocidas, que se convertirá en orgía sangrienta avalada e instigada por el poder a partir de 1931.
Sabiéndose buscado por las fuerzas del régimen republicano, Fray Manuel se proclamó libre y creyente:
“Suceda lo que suceda, doy gracias a Dios porque me ha concedido un destino grande y hermoso. Si vivo, creo que veré restaurada la Orden Jerónima, objeto de todos mis sueños. Y si muero, seré mártir por Cristo, que es más de lo que podía soñar”.
Pocos días después de pronunciar estas palabras, los representantes de los partidos políticos que aparentaban encargarse del orden público con el aval del Gobierno de la república detuvieron a Fray Manuel de la Sagrada Familia. Llevaba cerca de dos años enfermo. Lo trasladaron a la Cárcel Modelo junto a otros religiosos, sacerdotes y laicos. Nada más se supo de él.
Muchos años después se pudieron reconstruir los últimos días de Fray Manuel. El 2 de noviembre de 1942, la Causa General recoge un documento que dice así:
Don Manuel Sanz Domínguez, Religioso Jerónimo, de 49 años de edad, fue detenido el 5 de octubre de 1936 (…) siendo ingresado a la Cárcel Modelo, de donde fue sacado en una expedición el día 6 al 8 de noviembre del mismo año para ser asesinado”.
           Paracuellos fue la tumba del restaurador de la Orden Jerónima, que dedicó sus últimos días en la Modelo a evangelizar y atender espiritualmente a los presos.

Os recomiendo esta entrevista:
http://www.agenciasic.com/2013/09/06/la-beatificacion-de-un-monje-martir-en-nuestros-dias-es-un-reclamo-para-los-cristianos-de-hoy-a-vivir-confiados-en-que-dios-sigue-siendo-el-valor-mas-importante-en-la-vida/