Es curioso como un deformado concepto de lo que es la propia Iglesia lleva a que algunos interpreten cualquier toma de posición pública contra las palabras pronunciadas por un Obispo como una manifestación de desafecto, de mala querencia que pondría a su autor —y más si se trata de un sacerdote— al borde de la rebeldía.

Ya hemos dicho en otro lugar que estas denuncias no deberían escandalizar a los fieles. Todo lo contrario, el verdadero escándalo es que se permitan y alienten los comportamientos denunciados que no hay que tolerar en silencio. Conocerlos nos ayuda a consolidar nuestra fe en la divinidad de Cristo, en la Iglesia y en los que la dirigen asistidos por Dios. Precisamente para poder seguir sus enseñanzas cuando son legítimas prescindiendo de las veces que nos hacen llegar opiniones que responden a sus defectos de hombres y no a la doctrina que deben custodiar, defender y proponer


Se me ocurre volver sobre este asunto al hilo de unas
declaraciones del arzobispo de Milán, Cardenal Dionigi Tettamanzi, hechas al periódico italiano “La Reppublica” y en las que, en sustancia, pide que se solucione urgentemente la cuestión de la falta de una mezquita en la capital lombarda:

Las instituciones deben garantizar la libertad religiosa y el derecho de culto […] Todos tienen derecho a practicar su fe en el respeto de la legalidad. La ausencia de mezquitas es un problema grave y se debe resolver ya”.

Las palabras del Cardenal han provocado la consiguiente división de opiniones: Abdel Hamid Shaari, Presidente del Centro de cultura islámica de Viale Jenner en Milán afirma que “Comparto al cien por cien las hermosas palabras del cardenal y le agradezco su toma de posición: no es la primera vez que su Eminencia dice estas cosas, el cardenal se confirma como la única voz moral de esta ciudad, mientras que la parte política sigue siendo xenófoba y dedicada a sembrar a manos llenas el miedo y la intolerancia”. El Ministro de Interior ha declarado, con toda prudencia, que él no es un constructor de mezquitas y ha puesto en relación la cuestión, acertadamente, con el problema de orden público que se encuentra detrás. Esta misma observación se encuentra detrás de las afirmaciones de Matteo Salvini en representación de la Liga Norte: “La mezquita no es una prioridad, ni podemos ceder espacios a quien usa su religión para imponer un modo de vivir con atraso de siglos”. Ignoramos, en todo caso, si Tettamanzi ha seguido las recomendaciones de Salvini: “Si el cardenal tiene prisa y ya ha olvidado la ocupación del “Sagrato” del Duomo, que albergue a los musulmanes en sus inmensos palacios. Nosotros estamos del lado de aquellos párrocos que, en Milán y con valentía también en los países islámicos, defienden a su religión y a su gente”.
 
Afortunadamente, otro obispo, Antonio Vacca, Emérito de Alghero, ha señalado públicamente cómo las declaraciones de Tettamanzi son inoportunas, generan confusión entre los fieles y favorecen la desorientación en la Doctrina. Como alternativa coherente a las descabelladas propuestas del Cardenal, Monseñor Vacca propone rezar por la conversión de hebreos y musulmanes y, recordando las palabras de Benedicto XVI, poner a Dios en el primer lugar.


El Cardenal Tettamanzi brinda en público con la "diaconisa" de una comunidad protestante

No entramos aquí en la polémica provocada por la construcción de mezquitas respaldada por eclesiásticos porque ya nos hemos pronunciado con anterioridad pero sí en la divergencia de la opinión manifestada por estos obispos. La llena de sentido común y de sentido de Iglesia dada por Monseñor Vacca y la del Cardenal Tettamanzi a medio camino entre el sincretismo religioso y el suicidio de occidente. A un católico en este y otros casos se le impone la obligación de elegir y no cabe asumir de manera indiscriminada cualquier idea que sale de unos labios episcopales.
 
Respondiendo a algunos de mis críticos, a mí también me gustaría poder estar de acuerdo con lo que enseñan los obispos y reproducir sus palabras con veneración y deseo de ser instruido en la verdad católica. Pero para eso harían falta tres cosas:

1. Que los obispos moderaran su irrefrenable tendencia a intervenir en medios y en temas que por su propia naturaleza están abiertos al debate y menos aún, expresando opiniones que son fácilmente recusables para un católico.

2. Que existiera un discurso coherente entre los diversos miembros del episcopado y no, como ocurre en España, que los obispos sean nacionalistas en Bilbao y defensores de la unidad de España en Toledo, por no hablar de otras muchas ocasiones en que existen divergencias notables.

3. Que no estuviéramos inmersos en un proceso de crisis de la Iglesia que, a diferencia de lo ocurrido en otras etapas históricas, no se debe únicamente a los ataques externos sino, de manera predominante, a lo que Pablo VI llamó la “autodemolición”. Juan Pablo II no dudó en decir que el catolicismo en Europa se encontraba como en estado de “apostasía silenciosa” (Ecclesia in Europa). Y antes de su elección, el entonces Cardenal Ratzinger invitaba a contemplar lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia: “¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!” (Via Crucis del 2005, Novena Estación).
 
A veces, para camuflar el fracaso de la Iglesia posconciliar se nos dice que tenemos que conformarnos con ser una minoría. En tal caso, la única alternativa posible pasa por ser una minoría inasequible al desaliento, anclada firmemente en la verdad, llamando a las cosas por su nombre, no admitiendo lo que no es lícito, juzgando las cosas por lo que son y no por lo que parecen o por lo que dicen los demás, por mucha autoridad de que parezcan revestidos.

Cuando no se hace así, cuando se actúa al estilo de Tettamanzi y de otros representantes oficiales de la Iglesia se acaba a medio camino del desprecio y de la persecución de ese mundo con el que intentan congraciarse. Y es muy distinto caer en la irrelevancia que ser una minoría.