Señor,
no me gustan las palabras
si Tú no me las dices.
Cada día descubro nuevos matices
del misterio que es el Verbo.
Escribo porque necesito querer (y ser querido)
más allá de la nostalgia de lo escrito.
No me basta, Señor, con la vida
-tan breve y tan leve-,
ni me basta el olvido de la muerte.

Señor, necesito que me leas
y resucites para siempre en los sonidos
y seas el sentido
del silencio que me queda.
¿Ser original? Tú eres
el Origen de todo
lo que escribo y siento y veo
en lo invisible que alienta en mí el deseo.

Y sólo quiero, Señor, llegados a este punto,
arder en Tu mismo fuego.